Febrero 02, 2026 -HC-

Crónica de una celda en silencio: El hombre que tuvo un país y hoy no tiene ni una visita


Domingo 14 de Diciembre de 2025, 3:45pm




Unos lo llaman karma; otros, destino; algunos, justicia; otros, designio. En el fondo, simplemente son consecuencias de decisiones directamente individuales, aseguran los que saben de estos avatares. Luis Arce Catacora decidió. Decidió lo torcido. Optó por lo turbio. Y ahora está preso. Pero más que eso. Está solo.

Lucho ganó las elecciones de 2020 con el 55,1% de voto. El viernes, al salir de su audiencia de medidas cautelares, enmanillado, medio abrigado, con una sonrisa forzada, rumbo a la cárcel de San Pedro, solamente Marianela Prado estuvo ahí. «¡Fuerza, amigo!», le gritó en medio de insultos y empujones de sus detractores. La única de ese 55,1%, la única de ese entorno privilegiado que Arce construyó durante dos décadas. ‘La lealtad es escasa en estos tiempos’, escribía mi amigo y colega, Grover Yapura. Cuánta verdad. Los estridentes y amenazantes movimientos sociales que le juraban hermandad eterna con el puño elevado ¿por dónde andarán?

Las bartolinas de finas chalinas, desaparecieron. Juan Carlos Huarachi, su faldero incondicional, preso. Los ponchos rojos, mudos. La infame CSUTCB, cerrada. El chancero Pacto de Unidad, oculto...o quizás haciendo tratos por debajo de la mesa, como siempre. Ni los funcionarios más devotos husmearon cuando Arce era llevado preso. Cambiaron de bando. Los «guerreros azules» silenciaron sus bots. Grover García, presidente del MAS, sin sonrojarse, arengó: Pedimos la pena más dura» si se comprueba sus responsabilidades en el Fondo Indígena. Edgar Montaño y Gustavo Torrico, sus más acérrimos defensores, apenas musitaron algo en las redes. Todos sabemos que, por esta vía, cualquiera habla, cualquiera hace TikTok. «Otra cosa es estar en el lugar de los hechos», nos enseñaba un veterano docente de periodismo.

Triste y doloroso  

Sus privilegiados hijos no aparecieron siquiera en la escena de la detención ni en la de la audiencia. Ni su esposa. Ni la mamá del último peque. Triste. Doloroso.

Qué pensará Lucho Arce en estos momentos. Desde el viernes por la noche, duerme en una celda. Solo. Pero, no es aquella soledad íntima del alucinante piso 24, esa alcoba donde seguramente todo era agradable: cobijas tibias, cama suave, alfombras persas. Y todo a la mano o a pedir de boca. Recordará cuando se asomaba por el balconcillo para mirar las cosas desde arriba. Qué pequeñito se ve todo desde lo alto. Uno, seguramente, se siente grande, invencible, poderoso, incluso un poquito más cerca de Dios. Cómo son las cosas. Hoy Arce mira desde abajo, desde su catre, desde una payasa tal vez. Qué perspectiva enana más desgarradora. Todo se volvió opuesto de un día para otro. Los policías, las manillas, los barrotes. Cómo cambia la vida en cuestión de horas.

Marco Aramayo, César Apaza y otros caídos

Muchos, en las redes sociales, piden que Luis Arce reciba el mismo trato que recibió Marco Antonio Aramayo Caballero, aquel otrora director del Fondo Indígena que estuvo siete años preso, con 156 procesos, migrando de una cárcel a otra por todo el país, sin atención médica ni juez ni fiscal ni policía ni autoridad que lo escuchara siquiera. Murió sin sentencia. Murió por decir la verdad: el desfalco de 1.000 millones de bolivianos por el gobierno del MAS. Las cifras son inciertas, millones más, millones menos, murió sin doblegarse. Quizás haya que pensar un monumento a Aramayo Caballero que diga: «Por la defensa de la verdad». 

Otro damnificado es César Apaza, el dirigente cocalero de Los Yungas quien, debido a las torturas y vejámenes padecidos durante su encarcelamiento en el gobierno de Arce, hoy camina ayudado por un bastón, cojeando. Le negaron, igual que a Aramayo, atención médica. Los directores de Régimen Penitenciario, los fiscales, los jueces, todos los que permitieron tanto ultraje, deben también responder por tanta injusticia cometida. 

El abogado de Luis Arce, Jaime Tapia, alega que Lucho debe recibir un trato especial, porque padece un tipo de cáncer: «hipermetabolismo glucótico sugestivo de procesos secundarios y un linfoma». Esa enfermedad maldita que a diario se lleva a amigos, familiares, vecinos, esposos, hijos. Duele. Pero duele más cuando Lucho, aun sabiéndose con esa dolencia semejante, obrara tan duro con otros que también estaban enfermos, solo porque se atrevieron a denunciar su mal gobierno o lo corrupto que era su entorno. De hecho, hoy sería inhumano negarle atención médica a Lucho, si fuera ese el caso. Quizás no al punto de trasladarlo en vuelo de primera clase a Brasil, como él lo hizo cuando tenía poder, pero sí otorgarle los cuidados médicos que amerite, en un hospital nuestro.

Cuando suceden estas cosas, lo de los enfermos, viene a la memoria —inevitablemente— nombres como José María Bakovic, Leopoldo Fernández, Roger Pinto, que corrieron similar suerte que Aramayo. Y, sin ir lejos, Tonchy Antezana, aun preso hoy, no recibe la atención médica que necesita con urgencia.

A nombre del hermano indígena

El juez Helmer Laura Picavia, del Juzgado de Instrucción Anticorrupción y Violencia contra la Mujer Nº 12, determinó cinco meses de reclusión en el penal de San Pedro contra Arce. Los delitos por los que se le imputa son: Incumplimiento de deberes y conducta antieconómica, ambos cuando ejercía el cargo de ministro de Economía y Director del Fondioc. En ese entonces, fueron 153 proyectos jamás concluidos, millones de bolivianos direccionados a cuentas personales, grupos «oficialistas» enriquecidos, mientras los pueblos indígenas permanecían al margen, abandonados, silenciados, manipulados, como hasta ahora.

A Lucho Arce, cuando se lo vio posando para la foto en modo preso, enseñando su orden aprehensión, como si enseña un título académico, se lo notó algo sonriente. Las malas mentes dicen que —conociendo los bamboleos de la justicia boliviana—, podría tratarse de un show. Entonces, uno recuerda a Gabriela Zapata, Nemesia Achacollo y varios otros que ingresaron presos, también por corrupción, pero más tardaron en entrar que en salir. Hoy están libres, gozando los millones desfalcados. Quizás sea eso, piensan muchos. Por eso la sonrisita.

«¡Lucho, amigo, el  pueblo está contigo!»

Como sea ¿Se acordará Lucho Arce de Marco Antonio Aramayo? ¿Qué le diría si se viera con alguno de sus familiares hoy? ¿Tendría algo de compasión ahora?

Los vociferantes gritos de «¡Lucho, amigo, el  pueblo está contigo!»... «Lucho no está solo, carajo», se oyen lejanos. Es más, no se oyen. Tal vez Luis Arce esté extrañando ese griterío cuando multitudes de fanáticos y oportunistas lo recibían con ovaciones, guirnaldas, misturas y banda. Eran otros tiempos, tiempos del poder. Ese 55,1% con que ganó las elecciones de 2020 se esfumó. Lo de «volveré y seré millones», símbolo narrativo del MAS, hoy suena vacío. Una paradoja punzante, inevitable. Arce ya no tiene el poder de antes, semejante a aquel que también lo tuvo, pero hoy se hace resguardar en el monte a fuerza de presión y chantaje. Arce está solo. La más triste herencia del poder.

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