Julio 13, 2026 -HC-

Suerte de campeón


Lunes 13 de Julio de 2026, 9:30am




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La ilusión del futbolero perfeccionista es que su equipo para ganar, juegue siempre bien y para el caso de Argentina jugar bien es tan o más importante que ganar en tanto lo uno conduce a lo otro: Jugar bien y ganar son prácticamente sinónimos si a lo que se aspira es a imponer supremacía con la posesión y el dominio de la pelota.

No recuerdo otro campeón del mundo que haya defendido su cetro con tan grande conciencia de lo que significa haber alcanzado una Copa del Mundo, apegada a un estilo, conciente de la importancia que significa reinar durante cuatro años en la arena internacional. Se gana un mundial un día, y esa condición tiene que sostenerse los siguientes cuatro años que deben transcurrir, compitiendo, hasta la realización de la próxima versión.

Desde que comenzó a ganar con la obtención de la Copa América 2021, la selección albiceleste se ha erigido en un proyecto en que el colectivo de sus integrantes ha sabido rendir cada examen con una regularidad admirable, con picos de un fútbol en que mecánica -táctica- y arte -exquisiteces técnicas variadas- llevaron a Marcelo Bielsa a calificar a la escaloneta como a un “equipo de autor”. No registro otro rendimiento de selección nacional como si se tratara de un equipo que juega regularmente dos veces por semana.

Dados los picos alcanzados, los torneos ganados --dos copas América y una finalísima además de Qatar 2022--, la cantidad de partidos rayando a altísimos niveles de calidad y eficacia, la selección argentina cristalizó en su supremacía territorial y estilo, su condición de algo así como el frotamiento de la lámpara del genio, esa de la que sale Messi y los astros se encargan de ponerlo de acuerdo con sus diez compañeros. Tales astros parecen adoptar la nacionalidad argenta por lo menos en los minutos cruciales en que el momento de ir a por todas se convierte en apremio, urgencia y a ratos hasta en desesperación.

Si Breel Emboló no hubiera sido expulsado de las filas de su puntual y disciplinada Suiza, es altamente posible que Argentina no hubiera podido desnivelar el marcador durante el alargue y habría sido condenada a la tanda de los penales. Una simulación, inesperable en un futbolista que pertenece a la selección del país del reloj y el chocolate, dio lugar a la doble amarilla y a la tarjeta roja que obligó a reconfigurar el juego al seleccionador Murat Yakin, obligado a quedar contra las cuerdas hasta que se produjo otro hecho hasta ese momento improbable: El 5 argentino, Leandro Paredes, tuvo que salir del campo por acalambramiento y en su lugar ingresó el centro atacante José Manuel López (Palmeiras) que con un rodeo en inmediaciones del área grande helvética le cedió la pelota a Julián Alvarez que le pegó fuerte a la escuadra izquierda del arquero Gregor Kobel, para sellar el 2 – 1, anotación casi calcada del gol que el mismo Julián le convirtiera con la camiseta del Atlético de Madrid al otro Madrid en la Champions League de la temporada 24-25. Un golazo de otro partido le llamarían los propensos a los lugares comunes.

La expulsión de Embolo y el ingreso de López por Paredes, no por Julián, sellaron eso que en el fútbol se suele llamar suerte de campeón. Argentina jugó muy probablemente el peor de los 106 partidos de la era Scaloni. Su arquero, Emiliano Martínez, apeló continuamente a los envíos largos para intentar conseguir que la última línea suiza quedara a contrapie y de esta manera, con la movilidad de los atacantes en el último tercio del campo, se pudiera marcar la diferencia, renunciando a la traslación de la pelota por el largo-ancho de la cancha.

Hasta poco antes del inicio de esta Copa 2026, Argentina exhibía como característica innegociable una salida desde su área chica con pelota en juego  debido a la seguridad y precisión con la que se encontraba lubricada una maquinaria de pasadores que muy raramente se equivocaban, y que el sábado, sobre todo Rodrigo De Paul y algo también Enzo Fernández, sumaron varios desaciertos en la disputa y el control de la pelota en esa zona en la que ha sabido gestar grandes triunfos en estos últimos cinco años.

El sábado contra Suiza, la selección rioplatense perdió el manejo de la pelota en la mitad del campo, una de sus principales marcas distintivas, y empezó a pasar las de Caín luego de la apertura del marcador a cargo de MacAllister para que luego,  producto de la impredecible evolución del juego, tras el empate suizo, resurgiera la garra, la fortaleza anímica y eso que contra Cabo Verde y Egipto fue predominante y se le llama épica, dos hazañas al hilo en que el nervio colectivo supo compensar las carencias de juego para imponerse y en el caso de los cuartos de final, la aparición del talento personalísimo (Alvarez) para marcar la diferencia de rendimiento y de resultado final con Messi, esta vez, desaparecido en grandes tramos del juego.

¿Se puede ganar una Copa del Mundo a puro corazón, a puro ñeque, a pura suerte de campeón? Resulta dificilismo preveerlo luego de producidas estas últimas proezas argentinas. Lo que si ha quedado fuera de duda es que para ganarle a la vigente campeona, la selección posicionada como núcleo emocional de este mundial 2026, hay que redoblar y hasta triplicar esfuerzos para lograrlo, más si el rival de turno ya sabe por qué la multitud del Río de la Plata ha empezado a cantar otra vez“el que no salta es un inglés”.

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