Después de 50 días de caos y desgobierno, concluyó uno de los episodios más prolongados del cerco indígena, esta vez bajo la forma de bloqueo de caminos hacia las ciudades, especialmente hacia La Paz.
Muchas lecciones se desprenden de este acontecimiento. Nos interesa particularmente remarcar el atavismo que, una vez más, se evidenció en esta circunstancia: no hemos superado el trauma de la invasión ibérica a tierras indoamericanas. El enfrentamiento entre «conquistadores» y «conquistados» se expresó abiertamente en las calles de nuestras ciudades. Los sitiadores pertenecían al «sector popular», descendientes de los antiguos aymaras y quechuas; los citadinos, en cambio, parecían representar a los caballeros y damas de la España del siglo XVI.
Ciertamente, así parece haber sido la identificación de los bandos enfrentados, aunque haya operado de manera subconsciente. En las redes sociales abundaron los insultos y los prejuicios: por un lado, los salvajes que atentan contra la integridad y la vida de los ciudadanos; por el otro, los q’aras abusivos y aprovechadores. Esta dicotomía se agravó con la declaración del presidente Rodrigo Paz, quien afirmó públicamente que no negociaría con los vándalos, reforzando así la bifurcación del orden social: por un lado, quienes heredan el poder y se reservan la potestad de escuchar o no a quienes, según su criterio, sean vasallos dignos de ese honor; por el otro, los condenados de la tierra, dependientes de la solución de sus demandas al capricho y la buena voluntad del Señor.
Y no se trata solo de palabras o conceptos, sino, fundamentalmente, de actitudes y relaciones sociales. En las calles de La Paz, cuando bloqueadores y ciudadanos se enfrentaban, la agresión y el insulto racista emanaban naturalmente… de uno de los bandos. El «indios de mierda» y el escupir a las cholas fueron actitudes comunes. Ni siquiera un senador aymara se libró de recibir escupitajos en el rostro. ¿Cuál habría sido la reacción si el salivazo hubiese provenido de un indio dirigido a un q’ara?
En las sociedades con problemas coloniales, el racismo se expresa de ese modo. En los Estados Unidos, durante los peores momentos del supremacismo blanco, un negro podía ser linchado si se atrevía a mirar a una mujer blanca, mientras que el patrón blanco podía disponer de las mujeres negras a su antojo. En las colonias inglesas de África y Asia, las tropas encargadas de reprimir a los nativos estaban integradas, precisamente, por aborígenes; pero los oficiales eran blancos. En nuestras calles, cuando se trata de poner al indio en orden, carabineros y soldados son hijos de los reprimidos, mientras que los oficiales continúan siendo, esencialmente, criollos y mestizos.
Vivimos en una situación colonial; no es sensato negarlo. Sin embargo, ¿se aplican en nuestra realidad los criterios de lucha descolonizadora que tuvieron vigencia en otros lugares?
Durante el Cerco a La Paz encabezado por Tupak Katari en el siglo XVIII, la ciudad logró sobrevivir porque parte de los indígenas que vivían en ella socorrieron a los sitiados. Es conocida la leyenda del Eqeqo, la estatuilla emblemática de la actual feria de Alasitas. El aymara Isidro Choquehuanca habría regalado esa illa a su enamorada, Paulita, doméstica del gobernador de la ciudad, el hispano don Sebastián de Segurola. Paulita compartía alimentos y suministros con la familia de su patrón, práctica que seguramente realizaban también otros indígenas, atribuyéndose la disponibilidad de alimentos a la providencia del Ekeko.
En la actualidad, el fracaso del último bloqueo se debe, en gran medida, a su quiebre en la región de Río Abajo, proveedora de legumbres, hortalizas y otros víveres para La Paz. La participación de la región en el bloqueo originó carestía y elevación de precios. Los comunarios establecieron una feria local en la población de Las Carreras, la cual fue desalojada por los bloqueadores, dirigidos principalmente por cooperativistas mineros de la región Illimani y comunidades aledañas.
Progresivamente, los comunarios restablecieron su feria, a la que comenzaron a acudir personas provenientes de la ciudad de La Paz. La reacción de la dirigencia del bloqueo fue, esta vez, drástica: las mujeres vendedoras fueron vejadas y su mercadería destruida. Ello provocó la reacción de los comunarios, quienes desalojaron a los bloqueadores. Se produjeron violentos enfrentamientos en las poblaciones de Huaricana y Las Carreras.
Triunfantes, los comunarios de Río Abajo abrieron una nueva feria en la localidad de Avircato, a la que, cada vez más, centenares de personas procedentes de la ciudad de La Paz descendían en peregrinación para abastecerse. El «desbloqueo», efectuado días después por las autoridades civiles, la Policía y el Ejército bolivianos, fue esencialmente simbólico.
¿Qué nos enseñan estos acontecimientos? Seguramente, que cualquiera sea la fracción criolla gobernante, el desconocimiento de los intereses indígenas resulta incontestable. En Río Abajo, la agresión a los intereses de los comunarios no provino únicamente de la «derecha en el gobierno», sino también de la «izquierda» que pretendía capitalizar el descontento.
Verosímilmente, el «auxilio» al criollo sitiado no responde a una actitud sumisa o «traidora» de algunos indígenas, sino al hecho de que estos no actúan necesariamente como si el exterminio del otro fuera condición sine qua non para la vigencia de sus derechos, ello en el marco de intereses propios, en este caso de mercado. Dicho de otro modo: para la construcción de una identidad nacional auténtica y de un Estado funcional, la dirección indígena se proyecta no solo como la verdaderamente incluyente, sino también como la efectivamente funcional.
Durante varios días, centenares, quizá miles, de personas de La Paz acudieron a aprovisionarse en las ferias de Las Carreras y Avircato. Había también compradores q’aras, aunque pocos; seguramente, sus empleadas se ocupaban habitualmente de ese menester. Sin embargo, abundaban entre los jóvenes.
Algunos comunarios intentaban entablar conversación con ellos, recibiendo generalmente hermetismo como respuesta. Me tocó escuchar una de esas conversaciones fallidas. Eran tres mujeres jóvenes que cargaban pesados sacos de verduras cuando dos jóvenes aymaras se ofrecieron a ayudarlas. Las citadinas, recelosas, rechazaron el ofrecimiento.
Los comunarios intentaban conversar mediante chascarrillos y ocurrencias. Las asambleas comunarias son verdaderas justas de oratoria, donde el juego de palabras, la sátira y la argumentación desempeñan un papel importante. Uno de los aymaras comentó:
—Quizás no habría problemas para conseguir alimentos si nosotros tuviéramos congeladoras en nuestras casas y ustedes huertos en sus jardines...
Del otro lado, solo hubo silencio.
Se detuvo entonces una de las escasas movilidades que aún circulaban, conducida por personas de la comunidad. Los jóvenes y otras personas subieron. Se repitió el intento de diálogo. Fijando la mirada en dos señoras citadinas, uno de los aymaras preguntó:
—¿Por qué su presidente nos llama vándalos? Somos vándalos, es cierto, pero de los buenos.
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