La FIFA dilata su anunciada decisión de sancionar a la selección argentina de futbol por alzar, tras la semifinal contra Inglaterra y frente a la mirada del planeta, un cartel que reivindicaba un hecho histórico tan controversial como incontestable: “Las Malvinas son argentinas”.
Sea cual fuere, la sanción del establishment futbolístico llegará “a toro pasado”. Cual Jesse Owens en la Olimpiada de 1936, la imagen de Messi, gritándole al laborismo británico que los argentinos son tan soberanos de las islas Malvinas, como son los mauricianos del archipiélago Chagos, es ya una estampa en el último tomo de la historia del futbol.
El momento que Leonel, Leandro y Nicolás levantaron la pancarta, en medio de la arena del Mercedes Benz Stadium, se esfumó la liturgia oficial de la —James Ferguson dixit— máquina anti política globalista que pretendía imponer el encuadre de que el choque entre británicos y australes sería “un duelo estrictamente futbolístico”, cuando fue una de las mayores batallas de la —Douglas Murray dixit— guerra cultural contra occidente.
Brigada abigarrada de virtuosos mestizos, la Argentina de Lautaro y Nahuel fue una epopeya plebeya que se rebeló, con futbol y entrañas, contra el brulote viralizado por el periodismo canalla kirchnerista y sus pares del primer mundo de que “la Argentina de Messi había comprado el Mundial”.
¿Cuál el pecado capital del mejor jugador de la historia y su equipo para Mercer la sana del aparato de propaganda de la izquierda? ¿Fue aceptar la invitación a la Casa Blanca y recibir la distinción presidencial a su equipo, el Inter de Miami, sonriendo y posando al lado de Donald Trump? ¿Quizá no haber atendido cuatro años atrás, tras ganar su primer mundial, a la convocatoria de la decrepita CFK o—peor aún—tal vez la posibilidad de que pudiese ganar una segunda copa frente a España y esta vez sí ir a la Casa Rosada a presentársela a Javier Milei?
Todas las anteriores hipótesis se probaron correctas. La izquierda detesta a Messi por todo lo hecho y por todo lo que representa.
Y Leonel, el odiado anti-arquetipo del “nuevo hombre” idealizado por el guevarismo en Diego Maradona, ha sido un mudo pero elocuente discurso no verbal sobre cómo predicar mesura, orden y disciplina, dentro y fuera de las canchas, pueden llevar a un país a una victoria simbólica mucho más clara e inobjetable que la que le ofreció el controversial mito futbolístico de la izquierda 40 años atrás en el Estadio Azteca de Mexico.
El lienzo que reivindicó las Malvinas verbalizó un discurso mudo pero nítido que estuvo en el subtexto de las semifinales y de cada mundial desde la era Jules Rimet: que geopolítica, poscolonialismo y nacionalismo son narrativas intrínsecas del futbol; que futbol es la continuación de la política y la guerra por otros medios. La izquierda lo sabe y por eso preferirían que Argentina hubiese fracasado contra Inglaterra—y que fracase contra España—y que fuese su mito y no el de Messi el que siguiese detentando el privilegio de haberle proveído a su país la última revancha futbolística sobre el usurpador de su soberanía territorial. Diego y no Messi.
No hay error en su lógica: Leonel Messi es una amenaza existencial a las utopías y arquetipos de la izquierda. Sin entrar en la arena política, por décadas ha predicado con su forma de vida los valores antitéticos a una izquierda que, tras proscribir la superación de los individuos, perpetua la pobreza y la opresión de las sociedades. Salido de las barriadas, pero hombre de familia, provida, hetero y altamente competitivo, con solo esas pocas características Messi subvirtió a una izquierda argentina que por décadas encadenó el fútbol a la leyenda de un Maradona epitome de la idílica pobreza perenne que es caldo de cultivo de los regímenes de izquierda.
La Argentina de Messi contra Inglaterra fue fútbol, pero además voluntad, deseo y hambre de victoria, aquello que hace la diferencia en la política, en la guerra y en la arena competitiva. Su victoria no es solo deportiva sino eminentemente política y la derrota no fue de Inglaterra sino de la hegemonía de izquierda global, sus apéndices mediáticos y sus encomenderos en el fútbol confederado, que llevaron el mito del astro socialista infausto, víctima del poder, de sus vicios y amigo de los Castro, a ser el arquetipo de una Argentina que celebraba sus debilidades humanas como símbolo de lo popular pero que hoy se reimagina en Messi y una nueva selección argentina, como el arquetipo de una sociedad libre de los imaginarios del peronismo.
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