La frase «La política es el arte de engañar», atribuida a Nicolás Maquiavelo, suele citarse como una condena lapidaria de la actividad política. Sin embargo, desde un punto de vista médico y epistemológico, la afirmación merece un diagnóstico diferencial. Analicemos la frase como el síntoma de un trastorno más profundo en la relación entre el discurso público y la evidencia verificable, y examinemos sus repercusiones desde la semiología política, la psicología del engaño y la epidemiología de la desinformación, en lenguaje entendible.
El término «arte» aplicado a la política sugiere una técnica, un oficio que se perfecciona con la práctica. Cuando ese arte es consecuencia del engaño, ingresamos en el terreno de lo que en salud pública llamamos “patología de relación social”. Y así como en medicina clínica la simulación (fingir síntomas que no existen) y la disimulación (ocultar síntomas que sí existen) son fenómenos bien conocidos y documentados, en la esfera pública encontramos formas análogas de manipulación informativa que merecen ser clasificadas con el mismo rigor nosológico
Desde la propedéutica comunicacional, el engaño político puede entenderse como patología, cuando presenta los siguientes caracteres de la semiología médica: Crónicos, cuando los actos políticos no son episodios aislados, sino de un patrón mantenido en el tiempo (20 largos años). Sistemáticos, cuando el engaño responde a una metodología (no es caótico, circunstancial ni azaroso, sino ordenado y planificado como lo ocurrido en los pasados 20 años)). General, cuando afecta a múltiples ámbitos (economía, salud, educación, seguridad, etc. - Idem) y resistente al tratamiento, cuando la corrección de la información falsa, no produce remisión de la patología, como actualmente está ocurriendo en nuestro país (aunque no parece haber comenzado el tratamiento porque debió empezar por extirpar el tumor).
Estos criterios deberían permitirnos diferenciar la mentira política “fisiológica”, del engaño político patológico propiamente dicho, que constituye un trastorno del vínculo entre gobernantes y gobernados. Un postulado que en Bolivia se hace difícil de diferenciar.
Entonces, las causas y efectos (etiología y diagnóstico) del engaño político sistémico, podrían clasificarse en tres niveles: En la concentración del poder sin contrapesos efectivos (Ej. 20 años de engaño); en la baja calidad de las instituciones o “fragilizadas” a propósito (Ej. Los mismos 20 años) y en una cultura política con baja tolerancia a la incertidumbre y alta demanda de “verdades simples” (Ej. Lo posterior a los 20 años)
Y aquí vienen los factores que serían efecto del engaño político: Primero la corrupción que va de mano con el narcotráfico, la delincuencia y el racismo; luego las crisis instaladas económicas, sanitarias o generales (posteriores a los 20 años) que generan oportunidades para la desinformación y la intencional fragmentación de la información distribuida por los medios tradicionales y las redes sociales de internet (que además no tienen filtro editorial). Y, en nuestro país, en etapas inestables, habría que mencionar especialmente los bloqueos o “el país tranca” en general, que constituyen pilares del engaño porque se realizan a nombre del pueblo y el pueblo es la víctima y el que sufre. Y también las promesas electorales no cumplidas (Por ejemplo, no sabemos qué prometería el actual gobierno en etapa pre-electoral a la facción hoy opositora) y la desinformación que permanece y se prolonga en el tiempo.
¿Cómo funcionó el engaño en nuestro país? Es decir ¿cuál fue la fisiopatología del engaño? Aquí tenemos que apelar a la neurociencia, porque la información emocionalmente cargada (de miedo y esperanza principalmente) activó, en el pueblo, la amígdala cerebral antes de que la corteza prefrontal pueda realizar una evaluación racional. El engaño político administró dosis calculadas de estímulo emocional para sortear la censura crítica. El clásico ejemplo de este hecho es lo mencionado por el poeta romano Juvenal en sus “Sátiras” como “Panem et circenses” (pan y circo) para criticar al gobierno romano que mantenía al pueblo distraído y contento proporcionando comida y diversión. Además, en nuestro país, durante los insoportables 20 años, la sobrecarga de información, falsa o no, agotó los recursos de atención nerviosa del ciudadano, que terminó aceptando narrativas simples (y falsas) por “flojera mental” (ya no pensaba si las medidas tomadas por el gobierno estaban bien o mal, simplemente las aceptaba porque no la pasaba mal y también porque la protesta no producía resultados). A esto, hay que agregarle el racismo que manejó el gobierno de manera intencional.
Y el siguiente paso de la semiología médica es el pronóstico, que en nuestro país es, obviamente, reservado. En síntesis, en Bolivia, ¿la política es siempre engaño?
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