Julio 14, 2026 -HC-

La era del fin de la lectura ha llegado


Martes 14 de Julio de 2026, 7:15am




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Sócrates –eufórico y desaforado– fue el primero en levantar la voz en contra de los papiros y de la eventual aparición de la primera biblioteca de la humanidad en Alejandría.

¡Cómo podía permitirse semejante afrenta contra el conocimiento y su cimentación diaria gracias al diálogo! ¡Cómo era posible que se “atrape” o “secuestre” el conocimiento en unos adminículos guardados en estanterías dentro de un edificio en desmedro del saber colectivo, de la discusión y del intercambio de hallazgos de la vida cotidiana! ¡Cómo era posible semejante sacrilegio socrático!

​Esta negación socrática tenía sus raíces en el hecho de que para el pensador –libre y en permanente curiosidad por saber– el papiro era una brida al diálogo, al intercambio de conocimiento, a la discusión y profundización sobre uno o varios temas.

La reflexión sostenía que estos documentos ponían en riesgo la capacidad de memoria y retención natural de saberes.

Al saber que “todo” estaba contenido en un pergamino, no había razón alguna para esforzarse en retener conocimiento, por lo que el impulso natural de curiosidad estaba en riesgo frente al almacenaje de letras.

​Lo llamó la ilusión de la sabiduría.

​Ya pasaron más de dos mil años de esa maravillosa leyenda que involucra al rey Ptolomeo I de Egipto, quien pidió a su consejero de la corte que reuniera una colección completa de las obras escritas del mundo en un lugar específico. Ptolomeo, que había servido bajo Alejandro Magno, imaginó una biblioteca que salvaguarde la suma total del conocimiento de la humanidad.

Los monumentales escritos se almacenaron en el Mouseion (término griego que significa "Casa de las Musas" y que hace referencia a aquellos santuarios dedicados a estas deidades), una especie de santuario dedicado a la preservación de escritos, incluidos, claro está, los aristélicos, platónicos, entre otros grandes pensadores griegos y no griegos.

​Y fue Zenódoto de Éfeso, un célebre gramático griego considerado como el primer bibliotecario, quien tuvo a su cargo la primera documentación en orden alfabético. Todo un hito. Fue precisamente en esa biblioteca donde Eratóstenes, por ejemplo, calculó la circunferencia de la Tierra y donde se editaron los primeros manuscritos de las epopeyas de Homero. Llegó a almacenar más de 700 000 escritos. Que para la época era un logro descomunal.

​Para el año 400 d.C., la biblioteca había casi desaparecido por culpa de las llamas provocadas por invasiones y guerras. Su destrucción es, sin duda alguna, la mayor pérdida de conocimiento en la historia y marca el inicio de la llamada Edad Oscura.

​En nuestro país, las bibliotecas no están del todo actualizadas por la carencia de presupuestos, falta de ítems de bibliotecarios, ausencia de una política pública que promueva y proteja a estos santuarios del conocimiento.

Incluso los archivistas en Bolivia claman por ayuda y levantan la voz, pero sin eco alguno. Están olvidados a su suerte, siendo ellos los guardianes de la memoria institucional de Bolivia.

Las librerías sobreviven estoicamente y muchas cerraron sus puertas frente a la imposibilidad de seguir trayendo editoriales accesibles al público.

Hoy, un libro ronda los Bs 250 para arriba. La ausencia de divisas y su escalada hace casi imposible nutrirse de variedad y de los últimos lanzamientos.

​Los quioscos de barrio también están cerrando sus puertas. En España y Argentina, caminar por una avenida o calle y toparse con un revistero era y es –por lo menos para este su servidor– un oasis donde beber de libros, periódicos y revistas literarias. Hoy cada vez hay menos de estos abrevaderos literarios.

​Los libros digitales son una opción mucho más económica y abren a los lectores una plataforma de lectura casi instantánea con el acceso a cualquier libro del mundo entero. Es la nueva biblioteca de Alejandría que resucitó de entre las cenizas en cada dispositivo o pantalla digital.

​Y acá entramos en lo que se denomina “la paradoja de la lectura”, que sostiene que por un lado crece la oferta editorial; pero, por el otro, el número de bibliotecas mengua. Las librerías se metamorfosean para sobrevivir en cafetines y las redes arrasan como modelos de recomendación de lectura. Un verdadero tsunami digital.

​Hoy se lee menos, muchísimo menos. Hoy estamos viviendo la era del fin de la lectura. De la pausa, de la reflexión, del diálogo con escritores. Hoy vivimos tiempos de instantaneidad. De liquidez. El conocimiento se escurre entre los dedos. Nada es perenne. La reflexión ha muerto

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