Marzo 22, 2026 -HC-

La desigual geografía de ser mujer: No es lo mismo ser mujer en Afganistán que en Islandia


Lunes 16 de Marzo de 2026, 10:45am




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Cada rincón del mundo presenta distintos retos para las mujeres. En algunos lugares su situación es mejor que en otros; en ciertos países, nacer mujer viene acompañado de grandes desventajas en relación con los hombres y, en algunos casos, incluso puede convertirse en una variable que signifique la muerte.

En 2018 el World Economic Forum publicó un informe que —aunque ya han pasado siete años desde entonces— ayuda a dimensionar las diferencias abismales que existen entre distintos países en lo que respecta al trato hacia las mujeres.

Lo interesante de este reporte es que no solo entrega un ranking de los mejores y peores países para ellas, sino que además presenta una noticia devastadora: al ritmo actual, tomará 108 años cerrar la Brecha Global de Género, que hoy alcanza un 68%. Ante esta proyección podríamos simplemente lamentarnos —y motivos no faltan—, o bien intentar acelerar el avance desde el espacio que a cada uno le corresponde.

Sobre los países con mejores condiciones para las mujeres no me detendré en exceso. Basta mencionar que entre ellos se encuentran Islandia, Noruega, Finlandia, Suecia y Nueva Zelanda. En todos estos países existen leyes que promueven la igualdad entre hombres y mujeres, garantizan la participación femenina en la política, la educación y el trabajo, y ofrecen una protección efectiva frente a la violencia.

En las antípodas de esta realidad se encuentra Afganistán. En este país, bajo el régimen talibán, las niñas tienen prohibido asistir a la escuela a partir de los trece años. Ya en la adultez, están vetadas o fuertemente limitadas en la mayoría de los trabajos y en la vida política, y en muchas regiones no pueden salir a la calle sin la compañía de un hombre. Muchas de ellas incluso han perdido la capacidad de tomar decisiones dentro de sus propios hogares y enfrentan severas restricciones para viajar o participar en la vida pública.

Estas limitaciones no solo responden a una cultura profundamente restrictiva y retrógrada, sino que también están consagradas en sus propios códigos legales. De hecho, algo que para muchos de nosotros probablemente ha pasado inadvertido es que el pasado 7 de enero se actualizó el denominado “Código de Procedimiento Penal para los Tribunales”, cuyo contenido no hace más que ratificar el talante represivo de un gobierno hacia sus ciudadanos, siendo las mujeres las más perjudicadas.

Este código, firmado por el líder supremo Hibatullah Akhundzada, resulta éticamente inaceptable para países que avanzan en otra dirección, pues avala de manera abierta la violencia contra las mujeres. El artículo 32, por ejemplo, limita la penalidad a apenas dos semanas de prisión en casos en que un esposo golpea a su mujer con un palo y el acto produce una lesión grave, como “una herida o hematomas corporales”. El código incluso autoriza a los maridos y “amos” a aplicar castigos con el fin de disciplinar a las mujeres.

Asimismo, establece que las mujeres que salgan de sus hogares sin permiso pueden recibir penas de prisión y permite que familiares o particulares impongan castigos corporales para —según el propio texto— prevenir el “vicio”.

Desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, la situación de extrema vulneración de derechos de mujeres y niñas ha sido ampliamente documentada.

Voltear la mirada no debería ser una opción. Es cierto que miles de kilómetros nos separan de Afganistán y que, en términos prácticos, podría decirse que la situación de las mujeres afganas no nos afecta directamente en nuestro día a día. Sin embargo, existe un deber moral. A nivel individual podemos informarnos y denunciar esta situación extrema por los canales que tengamos disponibles, además de exigir a los gobiernos del mundo que ejerzan presión significativa para que estas violaciones sean revertidas.

Impulsar la mejora de la situación de la mujer, sin importar el rincón del mundo en que viva, y reconocer que la igualdad entre hombres y mujeres debe ser una prioridad no es solo una cuestión de justicia social; también es una condición necesaria para el progreso de la civilización. No cabe duda de que, mientras la mujer no esté plenamente emancipada e incorporada en los asuntos públicos de manera equitativa con los hombres, el mundo no alcanzará su completo desarrollo ni su verdadero bienestar.