Agosto 07, 2026 -HC-

¿La cultura del encuentro y dialogo es posible en Bolivia?


Domingo 31 de Mayo de 2026, 8:15am




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La escalada de conflictos sociales que nuevamente atraviesa Bolivia golpea esta vez de manera directa al occidente del país, cuya población vive un estado permanente de tensión, incertidumbre y cansancio. El efecto negativo de los bloqueos, más allá de las disputas políticas y la polarización sindical, está generando un profundo deterioro en la convivencia social, en la economía familiar y en la estabilidad emocional de una población que enfrenta una crisis prolongada, sin soluciones claras ni consensos duraderos.

Los intentos de encuentro y diálogo promovidos por la Conferencia Episcopal Boliviana todavía no logran los acuerdos deseados, seguramente por una combinación de factores políticos y sociales, además de la extrema polarización entre las partes protagonistas de esta crisis. Los actores del conflicto no deberían olvidar que las posiciones radicales y las exigencias extremas reducen las posibilidades de una negociación razonable. Tampoco los otros deberían olvidar que para dialogar es necesario dejar de lado actitudes hostiles, soberbias y meramente criticonas —no críticas—, además de discursos contradictorios y confusos.

Todo lo escuchado en estos últimos días me lleva a recordar una de las ideas fundamentales del magisterio que dejó el papa Francisco: la cultura del encuentro.
Él la propuso como respuesta a un mundo marcado por la indiferencia, la polarización, el individualismo y la exclusión social.

Las crisis modernas que viven las sociedades surgen, muchas veces, por la incapacidad de las personas para escucharse, mirarse y reconocerse unas a otras. Bergoglio proponía, frente a esta situación, la figura del poliedro: la idea de una sociedad donde las diferencias puedan convivir complementándose, enriqueciéndose e iluminándose mutuamente. De todos se puede aprender algo; nadie es inútil ni prescindible.

Es parte de la naturaleza humana tener puntos de vista distintos, pero también deberíamos tener la capacidad de guardar silencio para escuchar con interés la opinión del otro y dar el lugar que corresponde a quien no piensa como uno. A partir de ello empieza a construirse una verdadera cultura del encuentro.

Reconocer la perspectiva ajena no significa perder la propia identidad. Por el contrario, todos los puntos de vista pueden enriquecer una situación. Por eso no es sano ignorar los conflictos ni escapar de ellos bajo la ilusión de resolverlos sin afrontar las diferencias.

La “cultura del encuentro” a la que se refería Francisco no es simplemente sinónimo de paz social. Cuando hablamos de cultura, hablamos de una manera de vivir, de formas de expresión y de conocimiento compartidas por los miembros de una sociedad. Por ello, una auténtica cultura del encuentro debería promover el acercamiento entre las personas, tender puentes de diálogo y escucha, y generar espacios que involucren a todos. Hoy, el papa León XIV refiere en sus mensajes la necesidad de construir puentes para un autentico encuentro entre las personas.

Hubo otra persona, de feliz memoria, que también insistió en la necesidad de construir una “cultura del diálogo” en Bolivia: el cardenal Julio Terrazas. Él hablaba con frecuencia de este tema, especialmente en momentos de polarización política y social. Para Terrazas, el diálogo no era solo un instrumento de negociación política, sino una actitud ética y humana basada en el respeto, la verdad y la búsqueda del bien común. Muchos aún recuerdan su rol mediador en algunos de los momentos más conflictivos del país entre las décadas de 1980 y 2010.

Por eso, para que pueda existir una verdadera cultura del encuentro y del diálogo —particularmente en escenarios de tensión social— es necesario que cada actor esté dispuesto a ir más allá de sus propios intereses, convencido de que incluso el adversario tiene un lugar y merece ser escuchado libremente. Y para ello hace falta también un elemento esencial: el silencio. Silencio para escuchar auténticamente.

Hoy, observamos impotentes como de nuevo la historia de Bolivia se repite en situaciones negativas, llegando a extremos de tener a toda una ciudad cercada y limitada en su acceso a la alimentación, la salud, la libre circulación y el desarrollo de las actividades normales en la vida de sus ciudadanos. El deseo que los buenos oficios de la Iglesia Católica y otras instituciones que intentan lograr un encuentro de dialogo para salir de esta situación, sea exitosa; sin embargo, una vez más queda sentado que nuestra sociedad boliviana esta todavía muy lejos de comprender el valor de construir una cultura de encuentro y dialogo capaz de sostener acuerdos duraderos más allá de las coyunturas políticas y de los intereses sectoriales.

Por ello, el desafío no es únicamente alcanzar un acuerdo inmediato, sino construir —de manera sostenida— una cultura política y social que haga del diálogo una práctica habitual y no una excepción en momentos de emergencia. La educación en este tema es también necesaria desde la infancia, para inculcar en el seno de nuestro pueblo la cultura del encuentro.

 

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