La semana pasada tuve un colapso. Una verdadera indigestión de malas noticias. Al igual que la gran Mafalda, pedía que pararan el mundo porque me quería bajar. Seguramente muchos estarán igual y compartirán la sensación de que hoy informarse se ha convertido casi en sinónimo de malas noticias.
Los acontecimientos a nivel global dan cuenta de un mundo que parece agonizar y que enfrenta crisis en múltiples frentes: moral, económico, político, social, religioso y educativo. Da la impresión de que estamos frente a un proceso inevitable de desgaste —o incluso de destrucción— de los sistemas vigentes.
Somos testigos, en tiempo real, de una guerra en Medio Oriente que, lejos de terminar, parece tomar un impulso cada vez más peligroso. Somos testigos de casos de corrupción a todo nivel, siendo especialmente difíciles de digerir aquellos encabezados por grandes líderes mundiales, algunos vinculados al crimen y al terrorismo organizado.
Las calles de diversas ciudades del mundo se han transformado en escenarios de una creciente intolerancia hacia el otro, ya sea por diferencias religiosas, de origen social o de nacionalidad.
Sin duda, muchos podrían argumentar que a lo largo de la historia cada época ha enfrentado sus propios conflictos. La diferencia es que hoy, en un mundo profundamente interconectado, las crisis dejan de ser locales y pasan a afectarnos a todos. Lo que ocurre en un punto del planeta repercute, de una u otra forma, en la vida de millones de personas.
Al estar tan desmoralizada, traté de desconectarme de las noticias e incluso hice un pedido expreso a ChatGPT para que me mostrara algunas buenas noticias que están ocurriendo hoy en distintos lugares del mundo. Las leí atentamente, casi con necesidad, buscando confirmar si aún quedaba algo de luz en medio de tanta oscuridad.
Es así como llegué a pensar que, sin duda alguna, estamos siendo testigos de dos procesos que se desarrollan de manera paralela. El primero está relacionado con un proceso de desintegración, marcado por una profunda decadencia de las instituciones sociales y políticas.
El segundo es un proceso de construcción que impulsa un nuevo paradigma, alimentado por fuerzas creativas que —aunque silenciosas— están sentando las bases de una nueva sociedad. Una sociedad que quizás no ocupa portadas, pero que se manifiesta en pequeñas acciones, en nuevas formas de emprender, en iniciativas colaborativas y en personas que, lejos de resignarse, están decidiendo hacer las cosas mejor.
Las noticias sugeridas por ChatGPT y otras búsquedas que realicé me ayudaron a recuperar cierto optimismo y a pensar que los paradigmas negativos están en un proceso de declive —probablemente acelerado—, mientras emerge una dinámica social que comienza a cobrar impulso, aunque aún con escasa visibilidad en los medios de comunicación.
A partir de esto, la pregunta inicial cobra un nuevo sentido: ¿hay alguna buena noticia en el mundo? La respuesta no es tan evidente como parece. No porque no existan, sino porque muchas de ellas no ocupan los titulares ni captan nuestra atención con la misma fuerza que las crisis. Sin duda, una tarea pendiente de los medios es dar mayor visibilidad a lo positivo, no solo porque merece ser difundido, sino también porque puede convertirse en una fuente de inspiración colectiva.
Tal vez el mundo no solo se está desmoronando, sino también reconstruyendo. Mientras algunos sistemas muestran signos claros de desgaste, otros comienzan a emerger con nuevas formas de pensar, de relacionarnos y de construir sociedad.
La verdadera pregunta, entonces, no es si existen buenas noticias, sino si estamos dispuestos a verlas y, más importante aún, a ser parte de ellas. De allí que mi conclusión de estas reflexiones sobre el contenido en los medios es que las buenas noticias no solo se encuentran: también se construyen.
///



