En los pueblos, donde el lenguaje es más sabio que cualquier tratado de filosofía, se suele llamar «gallo» o «tigre» al hombre que no le teme a nada. El mote encierra respeto, admiración, una especie de homenaje popular a la bravura. Pero el mismo pueblo sabe cuándo esa gallardía es auténtica y cuándo no pasa de simple pantomima. Entonces, el apodo se degrada: de tigre a gato, de gallo a pajpaku.
Algo así le está ocurriendo a la dupla Paz-Lara, especialmente al expolicía convertido en candidato, Edman Lara. En sus inicios, cuando casi nadie les daba un like, se mostraban firmes, denunciaban injusticias, clamaban contra la discriminación de no ser invitados a debates ni entrevistas. Se victimizaban, pero al mismo tiempo mostraban esa insolencia del marginado que exige su lugar en la mesa. Hoy, que gozan de cierta popularidad, la bravura se ha transformado en arrogancia: Lara valientemente llama «caca» a los medios de comunicación desde las tarimas, pero teme ser entrevistado cara a cara; Paz responde a CNN con la cortesía de invitar un cafecito cuando se le pregunta si ejecutará una lucha frontal contra el narcotráfico, o, con invitar a comer un fricasé al diputado chileno que le encaró lo de los autos «chutos». Entre la evasión y el chiste fácil, se les va la oportunidad de mostrarse como lo que dicen ser: valientes.
Un grito vacío
El problema no es el insulto en sí —aunque empobrece—, sino lo que revela: ausencia de argumentos. Quien tiene ideas no necesita gritar, menos victimizarse, menos todavía insultar. Quien tiene proyecto, debate. Quien tiene ideas sustentadas, plantea. Porque el debate, nos guste o no, es la esencia misma de la democracia. Es el acto civilizatorio por excelencia: confrontar razones en vez de golpes, interpelar ideas en vez de personas, dialogar en vez de insultar. Si el ser humano se distingue de otras especies es porque inventó el lenguaje no solo para sobrevivir, sino para crear, convencer, seducir, transformar.
Pero claro, debatir exige algo que no todos están dispuestos a ofrecer: consistencia y coherencia. El insulto, en cambio, es barato y rápido, como la pólvora húmeda que hace más ruido que daño. O como los fuegos pirotécnicos: destellan y deslumbran unos segundos, pero luego desaparecen, y lo que viene es oscuridad. Lara repite que lo suyo son «valores, principios, lucha frontal contra la corrupción y fe en Dios». Y, sin embargo, cuando se le pregunta si apresará a quienes tienen mandamiento de apremio, como Evo, se refugia en el gastado recurso de juzgarse víctima de la «guerra sucia». Un hombre de principios debería responder con claridad y firmeza, aunque duela.
Guion que hastía
No es novedad. Evo nunca debatió, Arce tampoco, Andrónico menos. El masismo oficialista, desde que asumió, se acostumbró a decir que «el debate es con el pueblo». Que es tanto como afirmar que juegan fútbol solos y celebran el gol ante la tribuna plagada solo de fanáticos. Lo lamentable es que ahora algunos que se decían opositores al régimen optan por copiar esa práctica. Y lo vergonzoso es que hasta un viejo lobo de mar como Samuel Doria Medina salga en defensa de Rodrigo Paz, acusando al periodista, Fernando del Rincón, de ser «duro y agresivo» en su entrevista. ¿Acaso la política se hizo para responder preguntas suaves, débiles, mullidas como cojines de plumas? ¿O el periodismo para ser complaciente?
El debate incomoda, sí. El debate, desnuda, exige preparación, pone a prueba la autenticidad, el conocimiento, la honestidad. Pero sin debate lo que tenemos no es política, sino farsa, teatro. Y teatro de segunda, además. El verdadero «valiente» no es el que amenaza desde un atril o una tarima, ni el que reparte chistes opas para zafar preguntas. Es el que se sienta frente al adversario, al periodista o al ciudadano, mira de frente, y se mide con la única arma que no se oxida ni envejece: la palabra.
Por eso, un consejo gratis para Paz y Lara: si quieren seguir pareciendo gallos, aprendan primero a cantar en la plaza pública del debate. En democracia, el silencio, la evasión y el insulto no son valentía: son puro miedo, puro pánico disfrazado.
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