El Alto cumple 41 años como ciudad y quizá no hay otro lugar en Bolivia que genere tantas miradas cruzadas: admiración, prejuicios, curiosidad y también temor. En poco más de cuatro décadas dejó de ser la ciudad satélite de La Paz para convertirse en la segunda urbe más poblada del país y en uno de los espacios donde con más fuerza se expresa la energía —y también las contradicciones— de Bolivia.
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de visitar esta urbe desde arriba, recorriéndola en varias líneas del teleférico que la atraviesan. No lo hacía desde hacía muchos años y lo que vi me sorprendió: una ciudad en expansión permanente y, sobre todo, una energía difícil de ignorar. Sus calles están llenas de movimiento.
Para empezar, hay muchas ferias: las que reciben a los camiones con alimentos que llegan del interior y del exterior del país; la famosa feria 16 de Julio, donde hay hasta lo que usted no se puede imaginar. Un libro de crónicas que narra a El Alto, No me jodas, no te jodo, cuenta que una vez hubo hasta un pingüino en oferta. A esta feria no solo van alteños; van también los citadinos de La Paz. Antes se cubrían para no ser reconocidos, aunque esos tiempos ya pasaron porque reconocen que hay ofertas insuperables.
Pero en esta feria también hay talleres de todo tipo: metalmecánica, madera, electrónica y mucho más. Dicen que hay capacidad de crear todo tipo de artefactos a precios más bajos que los que llegan de China, Japón o cualquier lugar del mundo.
En ese breve recorrido también vi una calle pomposa, con letreros gigantes que anuncian talleres de costura de polleras y mantas, indumentaria de la chola paceña que puede alcanzar precios muy altos.
Algo sorprendente también es que, a lo largo de varias cuadras, hay una hilera de casetas de hechiceros. En fin, de todo.
Para muchos, la ciudad de El Alto es combativa y los gobernantes debían cuidarse de enojar a los alteños porque podían ser derrocados. Es más, a los pobladores de esta urbe les enorgullece esa fama, aunque también es cierto que muchas de sus organizaciones han sido clientelistas y prebendales.
El Alto va construyendo su identidad y uno de sus símbolos más visibles son los increíbles cholets que cada día se construyen e inauguran. El de Spider-Man es uno de los últimos, pero los hay para todo gusto: el de la Torre Eiffel; el del crucero inmenso que está en la cima, con timón incluido y hasta gorras de capitán para quien quiera recorrerlo y sacarse una foto.
Los paseos turísticos son cada día más abundantes y generan millones de bolivianos, de acuerdo con un reportaje publicado recientemente por la agencia ABI. Incluso ya se ha institucionalizado el Electropreste, que se realiza en una de estas edificaciones y al que llegan visitantes de todo el país y también del extranjero.
El Alto crece a pasos agigantados. Cuando yo era niña y vivía en La Paz, era apenas la ciudad satélite de la sede de gobierno. Pero se volvió ciudad hace 41 años. Es el primer lugar de llegada para los migrantes del altiplano y ahora es también fuente de trabajo para muchos paceños, incluidos varios de la zona sur.
El Alto es pujante y probablemente incomprendida. Pero ¿desde allá se comprende al resto del país? Esa mentada cualidad de ser una ciudad a la que hay que temer también muestra, a veces, un rasgo caprichoso y un afán de imponerse al resto.
Quienes conocen a El Alto dicen que en la raíz de su cultura está la esencia de los aymaras, con valores solidarios y propios, como el intercambio, que probablemente explica la intensa vocación comercial que se observa en sus calles. Hay mucho emprendimiento y también es preciso alimentar el orgullo de lo que son para que sigan creciendo y desarrollando sus infinitas posibilidades.
Autoridades de El Alto visitaron varias veces la Feria Exposición de Santa Cruz y empresarios cruceños viajaron también a esta ciudad. En esos intercambios quedó claro que ambas ciudades —las más pujantes del país— tienen mucho en común y, sobre todo, enormes posibilidades de complementar sus economías.
Sin embargo, todavía pesan los prejuicios: el sesgo regionalista y, a veces, el racismo.
Tal vez el verdadero desafío de El Alto —y también de Santa Cruz— sea mirarse sin desconfianza y entender que su fuerza no está en competir ni en enfrentarse, sino en reconocerse como motores distintos de un mismo país.
Porque Bolivia necesita menos prejuicios y más puentes. Necesita ciudades que crezcan, sí, pero también ciudadanos capaces de mirarse con respeto.
Son apenas reflexiones de una paceña que vive en Santa Cruz de la Sierra desde hace casi 40 años y que observa, con curiosidad y también con esperanza, la creciente expansión alteña.
///



