“Esto es una cloaca”. Con estas palabras, el recién asumido presidente Rodrigo Paz Pereira describió la situación del país. Su afirmación es dura y no solo revela un diagnóstico inicial lapidario, sino que también parece prepararnos para que, en los próximos meses, conozcamos con mayor profundidad el deterioro institucional que hoy se intenta revertir.
¿Dónde empezar y qué priorizar? Es evidente que, ante la apremiante crisis económica que asfixia a la ciudadanía, las primeras medidas buscarán estabilizar la economía nacional. La gente aspira a un trabajo estable, a ingresos suficientes y a la capacidad de ahorrar. Necesita oportunidades de inversión, acceso a créditos justos y la posibilidad de concretar proyectos personales y familiares, como contar con una vivienda o acceder a educación de calidad. En definitiva, lo que se espera es mejorar la calidad de vida y recuperar la confianza en el futuro.
Sin embargo, desde esta columna invito a mirar aquello que con frecuencia queda fuera del foco: la educación como el camino más sólido y profundo para transformar un país. En esa dirección, la actual ministra de Educación, Beatriz García, afirmó que su cartera impulsará un sistema educativo de calidad, transparente y eficiente, que escuche al magisterio, dialogue con las familias y forme ciudadanos capaces de transformar su entorno.
Lamentablemente, esta declaración tuvo poca resonancia y terminó diluyéndose entre el torrente informativo diario. Pero si entendemos la educación como la llave para la transformación nacional, entonces es imprescindible dar pasos más decisivos. El primero es reconceptualizar qué significa educar. Educar no es acumular información; por lo mismo, el estudiante no es un recipiente vacío en el que se depositan contenidos. Educar no es ideologizar a los estudiantes, respondiendo a esquemas políticos.
Debemos ver a los estudiantes como agentes de cambio social, como personas que entregarán a la sociedad aquello que aprendan en el sistema educativo. Por ello urge avanzar hacia una educación integral que no sólo asegure la adquisición de conocimiento, sino que despierte capacidades al servicio de la comunidad, fomente una mirada crítica, entregue herramientas para convivir en sociedad, desarrolle habilidades tanto materiales como espirituales y garantice la formación en virtudes.
La filósofa Victoria Camps sostiene que la educación es una puerta de entrada que dota a las personas del equipaje necesario para vivir en un mundo con sentido. Educar es formar el carácter y elevar la excelencia del individuo; implica enseñar a convivir, a vivir bien con los demás y a comprender el entorno para transformarlo.
Entendemos que las medidas para cambiar el estado actual de Bolivia implican acciones múltiples y enfoques diversos. Sin embargo, deposito mi confianza en que el Ministerio de Educación convoque a un equipo técnico sólido que comience, sin demora, a diseñar un nuevo sistema educativo: uno que rescate las mejores experiencias del mundo y que abra las puertas a todos quienes puedan enriquecer la tarea titánica de formar a niños y jóvenes en las escuelas, universidades como en los hogares.



