Albert Einstein decía que el ejemplo es la forma más eficiente de educar. Ante esta realidad, tanto padres como madres no solo deben ser conscientes de ello, sino también preguntarse si sus acciones constituyen un ejemplo adecuado para el proceso formativo de sus hijos.
Tal como sucede en el reino animal, parte de las conductas de las crías se desarrollan gracias a lo que observan e imitan de sus padres o de otros miembros de su grupo. Es lo que se conoce como aprendizaje por observación o aprendizaje social.
De igual manera, los niños, desde el momento en que nacen, observan constantemente su entorno. Esa observación les sirve para ir dando forma a sus pensamientos, palabras, emociones, reacciones y acciones.
Con esto queda claro que las charlas, guías, reprimendas, grandes discursos y recomendaciones verbales suelen ser poco eficientes si no van acompañadas del ejemplo, porque, al final, los hijos terminarán fijándose principalmente en nuestro comportamiento.
Durante los talleres que solía impartir a padres y madres, iniciaba con una actividad en la que les pedía que describieran cómo deseaban que fueran sus hijos al llegar a la adultez. Todas esas hermosas y valiosas descripciones daban cuenta de padres que soñaban con hijos responsables, humildes, cariñosos, honestos, trabajadores, inteligentes, exitosos y libres de vicios.
Al terminar esta actividad, les preguntaba si habían pensado cómo lograrían alcanzar esa meta; es decir, si contaban con alguna actividad, conversación o estrategia concreta que les asegurara formar hijos como los que acababan de describir. Era ahí donde un silencio sepulcral se apoderaba del espacio.
Por lo general, muchos padres sí tienen metas para sus hijos, pero no necesariamente un modelo educativo consciente para alcanzarlas. Los padres educan a sus hijos de manera intuitiva, muchas veces con enorme amor, pero con poca claridad respecto de los aspectos que realmente determinarán que sus hijos se conviertan en personas íntegras y emocionalmente sanas; adultos responsables, honestos y capaces de vivir bien consigo mismos y con los demás.
De entre todas las estrategias formativas que compartía en los talleres para padres, el ejemplo ocupaba un lugar central, pues los padres son el principal modelo para sus hijos, y la manera en que se comunican, actúan y reaccionan termina moldeando el carácter de los niños.
Si los hijos ven que sus padres mienten, que son poco solidarios, que tiran basura, que fuman, que toman alcohol, que están constantemente con su celular, que nunca leen, que critican o que al enojarse reaccionan con violencia y facilidad, ellos, en la medida en que crezcan, incorporarán muchas de esas conductas.
Por el contrario, si los padres leen, es muy probable que sus hijos encuentren un refugio en los libros. Si los padres no mienten, lo natural para los hijos será no hacerlo. Si los padres se preocupan por el medio ambiente, los hijos también se sentirán atraídos por ello; si son bondadosos con los animales, probablemente ellos también lo serán. Y así ocurre con gran parte de lo que hacen los padres.
No me cabe la menor duda de que el proceso formativo no es como las matemáticas; existen muchos factores que intervienen. Sin embargo, si los padres trabajan de manera consciente y responsable en sí mismos para convertirse en un modelo positivo para sus hijos, ya habrán realizado una enorme contribución.
Tenemos que educar más con nuestras acciones y comportamientos que con nuestras palabras y discursos.
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