Estamos en el preámbulo de un capítulo en nuestra historia que puede ser escabroso en sus formas y consecuencias. Puede significar también el umbral complejo de una reformulación de nuestra identidad nacional, preludio de mejores días para todos. Todo dependerá de si evitamos los enfrentamientos que se avizoran, si contenemos las pulsiones que marcan nuestra historia desde los primeros balbuceos de la República de Bolivia, o si dejamos sueltos a los demonios desatados desde la Colonia hasta nuestros días.
El actual panorama no es, en realidad, insólito. En la historia boliviana se exterioriza cada vez que se quiebra un ciclo, antes de que comience otro. Son los difíciles periodos de transición. Lo complejo ocurre cuando un poder político no tiene conciencia del papel que le toca jugar y confunde su rol con destinos que van más allá de sus propias competencias. Y es conveniente reflexionar en ello, pues parece ser el detonante de la actual crisis.
Al gobierno de Rodrigo Paz le correspondía asumir un rol de transición. Y ese rol requiere delicadeza, modestia y bastante tino. En lugar de ello, su administración —al parecer— se imaginó emprendedora de reformas sustanciales, especialmente en el campo económico. Esa figuración le provocó olvidar las condiciones y circunstancias de su acceso al gobierno.
Rodrigo Paz ganó gracias a Edmand Lara. Este personaje acarreó el voto de los sectores populares en el occidente del país; no fue el carisma o las propuestas de Rodrigo Paz. La razón por la cual Rodrigo aceptó a Edmand será, seguramente, aclarada en el futuro. Hay quienes ven en ello un pacto oscuro entre Rodrigo Paz y Evo Morales. La realidad seguramente es más banal: en Bolivia la decadencia política se refleja en el periodo electoral, en el que los partidos son simple formalidad y las candidaturas se deciden en conciliábulos. No olvidemos, además, que Edmand Lara debía ser el candidato vicepresidencial de Jaime Dunn, el ultraliberal que vio frustradas sus expectativas por una decisión de la Corte Electoral. Es, de todas maneras, significativo precisar que el apoyo popular provino de una consigna corporativa, a nivel sindical obrero y de organizaciones campesinas. En las regiones rurales, por ejemplo, circulaba un llamado al voto por Rodrigo Paz publicitando solamente la foto de Edmand Lara.
Sin embargo, Rodrigo Paz fomentó la ilusión de que ganó las elecciones por la sola fuerza de su figura y discurso. Miles de kilómetros por los caminos de Bolivia para conocer la realidad del campo y de las comunidades, centenares de fiestas en las que participó, prestes que asumió, le daban —en su imaginario— la certeza de que conocía la Bolivia profunda y que esta lo quería. En realidad, percepción de turista que valida la convicción de que en Bolivia coexisten sociedades que, a pesar de vivir lado a lado, no se conocen sino superficialmente, exotismo mediante.
Y es esa Bolivia profunda la que ahora se manifiesta y pone en jaque a su gobierno, amenazando con echar abajo la estructura del sistema político boliviano. En realidad, si la crisis se agudiza, puede ser el momento de resquebrajar definitivamente la inestable estructura de este país. Pero puede ser también ocasión para refundar y regenerar —en el sentido que esgrimía el willka Zárate— Bolivia… Depende de cómo asimilen las lecciones de esta coyuntura los elementos dinámicos de cada una de las sociedades ahora enfrentadas.
///



