Hace 76 años, en 1952, La Paz fue el escenario de la revolución nacional que puso las raíces de la trasformación del país. Los protagonistas de entonces, esos bolivianos que se fundieron en una alianza de clases y esa generación virtuosa de políticos, proyectaron un nuevo norte para el país, desde la minería, la agricultura, la educación, la inclusión política. Quizá ese fue el periodo más importante de la historia nacional en que el proyecto nacional abrazó a todos, incluyendo a los paceños.
La revolución nacional trajo para Bolivia enormes cambios, entre ellos el descubrimiento del potencial de la marcha a Santa Cruz, esa región que hoy nos nutre con su savia cotidiana y con un proyecto de más oportunidad para todos. El triunfo de Hernán Siles Zuazo y Juan Lechín Oquendo, como el triunfal retorno de Víctor Paz Estenssoro fueron la prueba de que en La Paz se ponía la piedra fundamental hacia un mejor futuro.
Una revisión anterior y posterior a los hechos de 1952 ubican a La Paz como el escenario de los grandes momentos para Bolivia, que el 2025 cumplió un agrio bicentenario. Esa misma revisión llevará a la conclusión de que las mujeres y hombres que viven en esta región pusieron mucho sacrificio, compromiso y actitud para un mejor país. Así ha sido cuando hubo que poner el pecho en el tiempo de la bota de las dictaduras. O cuando había que salir a las calles para sostener esa débil democracia, recuperada a principios de los 80.
La transición de la crisis de la hiperinflación hacia los tiempos de la llamada nueva política económica golpeó a todos los bolivianos, sin duda. Pero los paceños y no paceños fueron protagonistas en primera línea de las secuelas y los cambios traídos por el 21060. Ahí está el nacimiento de la ciudad de El Alto, tras la llamada relocalización
No es mi intención entrar en cada uno de los episodios de la historia reciente de Bolivia, pero recordemos como los grandes hechos ocurridos en La Paz (el alzamiento de principios de este siglo, el cambio político de 2005, el poderoso mensaje del 21-F o el levantamiento contra el fraude del evismo y el mensaje electoral de noviembre de 2025) han recibido un impulso decisivo de los ciudadanos que viven en este departamento.
Y, sin embargo, qué ha recibido La Paz, pese a su enorme aporte para el cambio y crecimiento de Bolivia. ¿Cuánto ha cambiado la situación del departamento en los últimos 50 años? ¿Qué hicieron las autoridades encumbradas desde el Estado para un nuevo porvenir para los paceños y no paceños? Hay quienes dicen que La Paz goza del centralismo. ¡Cuánta mentira!
El altiplano paceño sufre cada día del abandono estatal y de la falta de una visión para esta región. La migración hacia el área metropolitana denuncia la ausencia de ideas y de iniciativa de quienes estuvieron en el poder para reanimarlo. El Alto, tan potente desde la acción de sus propios vecinos, emprendedores y jóvenes, no conoce hasta ahora de un proyecto para que sea la capital de los Andes, la que sea el eje de la conexión con el Pacífico.
Y ahí está la siempre mencionada y jamás cumplida marcha al norte. Cada uno de los diferentes inquilinos del kilómetro Cero se lanzaron desde la plaza publica para construir carreteras, para instalar industrias, para incluso poner cimientos de nuevas urbes. Y pasado el primer cuarto del siglo XXI, los bolivianos del norte de La Paz sufren el total abandono.
Sería ocioso comentar sobre las autoridades municipales y departamentales que, una vez logrado el voto ciudadano, olvidaron sus responsabilidades para caer en la desidia. Hoy, los paceños no tenemos razones para sostener que el Estado respalda a nuestra región. Somos víctimas del olvido estatal y de los políticos que están seguros de que La Paz apuesta siempre al país, al sueño conjunto.
Hoy sí tenemos dos millones de argumentos para convencernos de nuestra fuerza enorme para el cambio común, para la resiliencia. Lo hemos demostrado en el último conflicto. Ya es hora de que pongamos más energía, más tiempo y cada vez más ideas para apostar más por nuestra región, por nuestro sueño de una nueva La Paz. ¡Ch’ukutas y no ch’ukutas, viva La Paz!
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