Febrero 15, 2026 -HC-

Cuando la política despertó


Domingo 15 de Febrero de 2026, 9:00am




Parecía dormida, aturdida por una secuencia electoral que ratificó el inicio de una nueva etapa en la que ningún actor parecía tener el cuerpo para imponerse en un campo devastado. Sin embargo, en dos semanas, los vacíos del dispositivo político del nuevo gobierno se mostraron en toda su impudicia. El conflicto político-partidario reapareció en toda su ferocidad.

La crisis de los combustibles se contaminó y quizás también fue alentada por una aguda lucha por el poder, la venganza de los dejados de lado y la llamativa fragilidad política de un gobierno que la estaba camuflando a punta de exitismos discursivos y algunos buenos resultados económicos iniciales.

Como en los mejores thrillers, todo empezó por un evento aislado, casi banal, que fue incendiando la pradera de la opinión pública y luego del campo político. Un par de mototaxistas reclamando por los daños en sus instrumentos de trabajo debido a un combustible sucio desencadenaron una seguidilla de eventos que desnudaron la debilidad del nuevo gobierno y su gran capacidad para ahogarse en situaciones no previstas.

Las peores situaciones políticas son las que combinan eventos que auténticamente generan malestar en la ciudadanía con un contexto en el que hay actores con gran deseo o necesidad de utilizarlos para hacer avanzar sus ideas o intereses, o simplemente capturar o preservar poder. La chispa es el evento, la pradera seca son las falencias de una gobernabilidad frágil, el incendio es lo que viene si no se manejan bien esos elementos.

Ya el colapso del D.S. 5503 frente a las huestes cobistas había demostrado las falencias de articulación política del oficialismo y su comunicación confusa, pese al esforzado y emotivo apoyo de la mayoría de los medios mainstream y del establishment para sostenerlo. Pero, en ese caso, la batalla y la debacle fueron callejeras, las fuerzas partidarias y sus dirigencias no tuvieron vela en ese entierro, la Asamblea se mantuvo paralizada, casi callada, intrascendente.

En cambio, en la crisis de YPFB, que sigue en curso esperando a que pase el carnaval, los principales protagonistas están siendo las diversas voces y actores de un fragmentado mundo político que se transformaron de repente en severos investigadores e inquisidores de las inoperancias y tropiezos gubernamentales. Emergió una ocasional, aunque algo extraña, coalición opositora que va desde la extrema derecha a la izquierda, incluyendo PDC y laristas decepcionados.

Al mismo tiempo, la “mayoría” oficialista en la Asamblea empezó a crujir, con algunas decisiones no esperadas, como la votación que rechazó la abolición del impuesto de grandes fortunas o la postergación de los procesos de aprobación de nuevos créditos a la espera de mayor información. Por si esto no fuera suficiente, aliados leales como Samuel Doria Medina empezaron a marcar sus distancias frente a un gobierno que, al parecer, exige solo apoyo incondicional.

Más allá de las reales deficiencias y las dudas que genera la falta de transparencia de las autoridades de YPFB y del gobierno sobre el tema de la gasolina sucia y los contratos de provisión de crudo, que merecen otro artículo, convengamos que el escándalo no habría escalado sin el activismo de parlamentarios y dirigentes políticos, de todo signo, que enfrentaron eficazmente los fallidos intentos de evadir el problema o de fingir demencia de parte del gobierno.

Aclaremos, que la reaparición de legisladores y políticos que ejercen su rol de fiscalización es una buena noticia para la democracia, pero, al mismo tiempo, no dejo de pensar que el furibundo combate mediático que se ha desatado en torno a esta cuestión no esta desconectado de las falencias de un diseño político gubernamental que no parecer tomar en cuenta la nueva realidad que emergió después del colapso del hegemonismo masista.

Hasta ahora, por ejemplo, el oficialismo no ha hecho ningún esfuerzo para construir algún esbozo de coalición política en torno a objetivos acordados y con mecanismos que le permitan gestionar los intereses de los que podrían ser parte de ellas y particularmente con alguna agenda de mediano plazo de acción parlamentaria y política conjunta que le aporte solidez, coherencia y sostenibilidad.

A la usanza del hegemonismo masista, daría la impresión que se sobreestima el poder presidencial, que evidentemente es enorme por diseño constitucional, y que se pretende gobernar sin alianzas formales, más allá de los acuerdos puntuales con algunos lideres locales, como Camacho en Santa Cruz, y con las dirigencias de las corporaciones empresariales, asumiendo que las plebes partidarias y parlamentarias deberían acompañar y satisfacerse con un rol secundario.

El problema es que pretender la hegemonía sin tener condiciones objetivas de poder para sostenerla es, al menos, muy aventurado. Parecería que no se entiende lo fragmentado que esta el poder en Bolivia en este momento histórico y que la tarea de buscar equilibrios en medio de esa maraña de intereses particulares y frecuentemente divergentes es la clave de la gobernabilidad posible. No es una labor fácil ni agradable, pero hay que hacerla, no basta con cobijarse debajo del manto presidencial.

No era, por tanto, realista pensar que las corporaciones nacional populares no representaban a nadie y que se iban a rendir sin dar batalla, el conflicto de enero demostró esa error sin vueltas, pero tampoco que los intentos de intervenir burdamente en la reconfiguración del poder regional que se producirá en las elecciones autonómicas no tendrían costos y no producirían enemigos, o peor aún suponer que no se necesitan aliados estables en la Asamblea o que todos los asambleístas se iban a cuadrar sin decir ni recibir nada a cambio.

Esos son los problemas de insistir en una visión poco realista del campo político, de no considerar el mundo fragmentado, informal y sin centro que es la tónica del momento. Seguir usando los viejos argumentos polarizadores para justificar cualquier cosa es poco efectivo y cada día menos creíble cuando lo que se te reclama son reales inoperancias y los que te critican van desde Dunn hasta Leonardo Loza.

La tarea de gobernabilidad de Paz Pereira era, desde el inicio, rehilar los fragmentos del poder dispersos después de cinco años de crisis sucesivas, trascender la polarización, buscar equilibrios y lealtades razonables entre los viejos y nuevos actores del sistema para impulsar una autentica reforma. Aún no es tarde, pero hay que tomarse en serio las tareas políticas.

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