Lo sucedido durante el acto de proclamación de Andrónico Rodríguez no debería pasar desapercibido como un simple incidente anecdótico o, peor aún, como motivo de burla. Desde una mirada superficial, puede parecer un hecho fortuito: los sullus (llamas) que se resistieron a estar de pie y una ofrenda que terminó explotando. Pero desde la lógica profunda de la cosmovisión andina, esos eventos tienen una carga simbólica poderosa que vale la pena considerar, sobre todo si se pretende recurrir a los rituales ancestrales como parte de una narrativa política.
En el mundo andino, los animales no son objetos decorativos ni accesorios ceremoniales. Son seres sagrados, con una sensibilidad espiritual que los conecta con las energías de la naturaleza. Que se nieguen a participar de un ritual puede interpretarse, según los yatiris y sabios de los Andes, como una señal clara de disconformidad. Más aún, cuando ocurre una explosión en el momento de la ofrenda, muchos entendidos afirman que no se trata de una casualidad, sino de una reacción directa de la Pachamama, una especie de advertencia espiritual ante un acto que ha perdido su esencia.
Y es que los rituales andinos no son puestas en escena vacías. Son actos profundamente sagrados que requieren respeto, humildad y, sobre todo, intención pura. El pagamiento a la Pachamama no se hace por conveniencia ni como parte de un libreto político. Se realiza desde el corazón (munay), con la convicción de establecer un vínculo de reciprocidad con las fuerzas de la tierra. Cuando esa conexión se rompe o se intenta instrumentalizar con fines de marketing o de validación pública, lo que se provoca no es gratitud, sino rechazo.
Muchos en Bolivia no creen en estas cosas, y están en su derecho. Pero también son muchos —especialmente en las zonas rurales y entre los pueblos indígenas originarios— quienes sí creen, y viven según estos códigos. Para ellos, lo ocurrido con Andrónico Rodríguez no es un accidente: es un mal augurio, una muestra clara de que la campaña nació con una señal de desequilibrio espiritual y simbólico.
Este no es un juicio sobre la validez política de Rodríguez, sino una reflexión sobre la necesidad de entender que los símbolos no se manipulan impunemente. La espiritualidad andina no es una escenografía, ni un recurso de campaña. Es una forma de vida, de relación con la tierra, con los ancestros y con el futuro.
Cuando se invoca a la Pachamama, no se puede fingir. Porque ella, como la historia, tampoco guarda silencio cuando la llaman sin verdad.
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