Junio 18, 2026 -HC-

Crónica de una primera rueda entre la gloria y el oprobio


Jueves 18 de Junio de 2026, 8:15am




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Ningún acontecimiento en este comienzo ha sido más estrepitoso, más lacerante para la memoria colectiva, que la gesta sobrehumana de Lionel Andrés Messi en las frías noches del estadio de Kansas City. El capitán albiceleste, a sus 38 años y con apenas ocho días para cumplir 39, no solo se convirtió en el primer futbolista en disputar seis ediciones de la Copa del Mundo, sino que, mediante un triplete frente a Argelia, igualó al alemán Miroslav Klose como máximo goleador en la historia del torneo con 16 tantos, y superó a Pelé como el jugador con más contribuciones directas de gol en toda la historia de los Mundiales. Es la paradoja más deslumbrante del deporte contemporáneo: mientras el tiempo, ese verdugo implacable, devora la lozanía de los mortales, Messi parece alimentarse de él como si la senectud fuera, para él, únicamente un pretexto para la magnificencia. Con este hat-trick se convirtió también en el jugador más veterano en marcar tres goles en un mismo partido mundialista, superando una marca que hasta entonces pertenecía al propio Cristiano Ronaldo desde Rusia 2018.

Y precisamente en las antípodas de tan desmesurado esplendor se erige la figura de Kylian Mbappé, ese meteoro galo que no entiende de reverencias ni de jerarquías establecidas. El astro del Real Madrid anotó sus goles números 13 y 14 en Copas del Mundo ante Senegal, superando a Olivier Giroud como el máximo goleador de la historia de la selección francesa. Si Messi es el crepúsculo más resplandeciente que el fútbol haya contemplado, Mbappé es el amanecer que ya no admite demora: dos generaciones distintas, dos formas antitéticas de conquistar la eternidad, coexistiendo en el mismo torneo con una generosidad histórica que debería conmovernos. Francia venció a Senegal por tres goles a uno en el estadio Nueva York-Nueva Jersey, y “la Equipe Tricolore” exhibió desde su estreno la arrogancia táctica y la profundidad de plantilla de quienes saben, con sobrada razón, que están destinados a algo mayúsculo.

No menos rutilante resultó la irrupción de Erling Haaland sobre el escenario mundialista, ese coloso noruego que el fútbol de clubes ya ha beatificado y que los Mundiales, hasta ahora, le habían vedado cruelmente. Noruega se impuso a Irak por cuatro goles a uno en el estadio de Boston, con un doblete del goleador del Manchester City, que marcó así su estreno en la competición que más le debía a su depredadora condición. Que los vikingos alcanzaran esta cita después de veintiocho años de purgatorio clasificatorio y que lo hicieran con tal alarde de contundencia, no es anécdota menor: es una señal inequívoca de que este Mundial asiste al nacimiento de potencias futbolísticas que vendrán a alterar el orden establecido. Messi, Mbappé, Haaland: la trinidad, que los estadios ya corean como un mantra.

Entre las selecciones que más impávida y contundentemente han dejado su impronta en esta apertura, la revelación del país anfitrión merece capítulo aparte. Folarin Balogun, con 19 goles durante su temporada en el Mónaco, anotó un doblete en la primera mitad para capitanear a los Estados Unidos hacia una victoria histórica de cuatro a uno sobre Paraguay ante su propia afición en Los Ángeles. La Selección de las Barras y las Estrellas, durante décadas ninguneada y condescendientemente relegada por el canon futbolístico europeo y sudamericano, sale ahora al paso de sus detractores con argumentos contundentes: organización sin fisuras, destreza atlética superlativa y una vocación ofensiva que augura días procelosos para quienes aún subestiman la envergadura de esta potencia en ciernes. México, por su parte, inauguró el torneo con una victoria por dos goles a cero sobre Sudáfrica en el Estadio Azteca, y la vibrante Selección anfitriona cumplió sin estridencias su primera obligación ante una afición entregada a la devoción futbolística como solo los mexicanos saben hacerlo.

Sin embargo, no todo en esta primera semana ha sido ditirambo y celebración. Donde se aguardaba magnificencia, el fútbol ha deparado perplejidad y congoja. Brasil, “la Canarinha” pentacampeona, no pasó del empate a uno contra Marruecos en Nueva York, y si bien fue Vinícius Júnior quien rescató a los suyos de una derrota que habría resultado ignominiosa, el conjunto dirigido por el cuerpo técnico brasileño mostró una fragilidad defensiva y una ausencia de ideas propias que resultan difícilmente conciliables con la condición de favorito que sus seguidores le atribuyen con fervorosa obstinación.

Más lacerante aún resultó el debut de España: los campeones de la Eurocopa, grandes señalados como candidatos al título, no pudieron doblegar a las modestas Islas de Cabo Verde y se marcharon del estadio de Atlanta con un empate a cero que suena a advertencia. El equipo de Luis de la Fuente exhibió una esterilidad ofensiva alarmante, como si el genio colectivo que los coronó en Europa se hubiera esfumado en la travesía transatlántica. Portugal, a su vez, aguarda este miércoles su debut con Cristiano Ronaldo al frente, pero los presagios no son del todo auspiciosos: la incertidumbre reina donde antes reinaba la certeza.

Y cuando los agoreros y los escépticos auguraban el fracaso logístico de esta sede tripartita, cuando las voces malintencionadas pronosticaban estadios exangües y tribunas paupérrimas, la realidad se ha encargado de desmentirlos con elocuencia. El Estadio Azteca de la Ciudad de México hizo historia al convertirse en el primer recinto en albergar tres Copas del Mundo, y lo hizo ante un estadio colmado que alentó sin tregua a la selección anfitriona. Las imágenes televisivas que han circundado el orbe retratan catedrales del fútbol vestidas de gala, pletóricas de color y de fervor, desde Los Ángeles hasta Toronto, desde Houston hasta Nueva York. Los profetas del pesimismo confundieron el precio de las entradas —que, ciertamente, ha sido motivo legítimo de controversia— con la desidia del hincha: error garrafal, pues el aficionado al fútbol es la criatura más tenaz e irreductible que el deporte haya engendrado jamás.

El fútbol, ese oráculo impenetrable que desde hace más de un siglo gobierna las pasiones del mundo, ha demostrado una vez más que sus designios no se someten a la aritmética de los favoritos ni a la tiranía de los pronósticos. Lo que estos primeros días han deparado —la epopeya de un semidiós argentino que se niega a envejecer, el naufragio de armadas que llegaron con banderas desplegadas, la irrupción de pueblos que vinieron a sorprender y se quedaron a conquistar— no es sino el prólogo de una novela cuya trama permanece, gloriosa e inquietantemente, sin escribir.

¿Qué secretos guarda aún este prodigioso verano norteamericano? ¿Qué selección, hoy anónima en la penumbra de los grupos, asomará mañana su rostro al filo de la gloria? ¿Qué estrella caerá fulminada por el peso de sus propias expectativas, y cuál otra, insospechada, incendiará los cielos de Nueva York, Los Ángeles o la Ciudad de México o las tierras canadienses? Nadie lo sabe. Esa es, precisamente, la razón por la que el mundo entero, sin distinción de lenguas ni de fronteras, continúa mirando.

 

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