Todo empezó el sábado de “peregrinación” a Oruro. Mi primo Jhonny, camba de pura cepa, que en su vida normal es un contador serio que usa Excel hasta para elegir su almuerzo, en Oruro, de pronto apareció transformado en un moreno. Llevaba un traje de 30 kilos de puro bordado y pedrería que brillaba más que el futuro que mis papás querían para mí. Yo, vestido de pepino, lo miré preocupado:
“Jhonny, ¿puedes respirar?”, le pregunté, viendo que su cara tenía un color colorado tirando a purpúreo. “Es por devoción, pariente”, me respondió mientras intentaba dar un paso y sonaba como un choque de ollas y sartenes. “Además, el traje me protege de los globos de agua”. Pobre iluso. En el Carnaval boliviano, el agua no es un elemento, es un arma de precisión. No importa si eres un Arcángel Miguel de la diablada o el mismísimo Presidente; si estás a tiro, recibirás un "globazo" en la nuca lanzado por un niño de seis años con puntería de francotirador del FBI. Acabamos sopados y temblando entre la multitud que también recibía sus globazos que parecían no tener fin.
Pasando el mediodía, volvimos a Santa Cruz. El cambio de clima, después de haber estado sometidos al frío altiplánico de Oruro, fue como meterse a un horno con ventilador. Aquí la cosa ya no era de trajes pesados, sino de "casacas" que terminan adquiriendo un color indefinido por la mezcla de barro y pintura. Jhonny, que ya se había quitado la armadura de Moreno, fue bautizado por una comparsa con una mezcla de espuma, pintura roja y algo que sospecho era mermelada.
— “¡Esto es alegría!” —gritaba Jhonny, mientras intentaba ver a través de una capa de espuma que le cubría hasta las pestañas.
El lunes de Carnaval, aparecimos en un pueblo perdido de Tarija. Ahí el peligro no era el agua, sino el vino y el singani. Jhonny terminó bailando una rueda chapaca con una señora que le doblaba la edad pero que le triplicaba en energía.
— “¡Salud, sobrino!” —le decía la señora, ofreciéndole un vaso de chuflay que tenía la potencia suficiente para poner en órbita a un satélite de la Agencia Espacial Boliviana.
Para el Martes de Ch'alla, Jhonny ya no era un contador. Era un ente, entre místico y zombi, cubierto de serpentina, con pétalos de flores pegados a la frente por el sudor, con olor a cohetillos explotados. Estaba "ch'allando" su vieja vagoneta con tanta fe que, por un momento, el auto pareció sonreír bajo los litros de cerveza que le echaba encima.
Al final, el miércoles de ceniza, Jhonny despertó con una resaca acompañada de calambres que le hacían gritar de dolor y que transformaban su cara rememorando máscaras carnavaleras. Tenía además un moretón en el tobillo de tanto saltar. Se miró al espejo, se quitó un trozo de confite de la oreja y suspiró: “Lo bueno es que ya falta poco para el Corso de Corsos de Cochabamba...” dijo en voz alta, porque en Bolivia, el Carnaval no se termina hasta que el cuerpo dice "basta" y el hígado pide asilo político en otro país… que no tenga carnavales.
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