Mayo 03, 2026 -HC-

Conspiraciones y tumultos


Domingo 3 de Mayo de 2026, 7:45am




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Los tumultos y las conspiraciones acompañan a la política desde el inicio de los tiempos. Por eso no es extraño que la imaginación complotista empiece a desplegarse en estos días en que el país está entrando a un nuevo momento de movilizaciones y conflictos sociales. El riesgo, como siempre, es que esas sospechas, algunas con cierta base, impidan ver la naturaleza de los malestares sociales, que serán, en definitiva, los que definirán el desenlace de esta coyuntura.

Cuando alguna autoridad empieza a denunciar “conspiraciones” se sabe que estamos entrando en turbulencias. Suele ser incluso una señal de la fragilidad de gobiernos que creen que se fortalecen alentando polarizaciones contra algún ente maligno, asumiendo obviamente que ellos están del lado de “los buenos”. Esa novela la hemos visto en varias versiones, la conocemos de memoria, aunque hay que reconocer que, a veces, sirve, pero en otras es apenas el preludio de tortuosos conflictos que acaban en negociaciones inevitables con “los malos” de turno.

Hasta ahí, podría ser un avatar casi costumbrista de la vida política, medio inofensivo. Sin embargo, también pasa que los propios actores pueden creerse sus cuentos conspirativos, exacerbando su importancia, lo cual los puede llevar a actuar y tomar decisiones erradas en función de esas sospechas.

Así, hacen todo lo que no habría que hacer para no agrandar el bochinche y sufrir una debacle. Hay gente capaz de crear y hacer crecer solitos los complots que sin su imaginación y torpeza quizás no serían más que anécdotas.

Por eso, sostenerse en base a lógicas complotistas precisa de mucha disciplina, sangre fría, cierta distancia escéptica sobre sus propias creaciones y sobre todo no equivocarse nunca sobre el fondo de los conflictos. Es decir, las invenciones polarizadores no debería ser nada más que un instrumento, bajo estricto control, y en ningún caso el alfa y omega de la decisión política.

A veces, el ejercicio lleva al ridículo como el intento de Arce de convencernos que Evo Morales era “la nueva derecha” o a la tragedia cuando llevó a los jerarcas gonistas a pensar que podían solucionar sus problemas de gobernabilidad derrotando militarmente a las organizaciones campesinas en el Altiplano paceño.

En concreto, en las siguientes semanas veremos hasta que punto funciona el enésimo intento del gobierno de recrear la lucha contra ”el masismo” y “el pasado”, esta vez para gestionar la oleada de conflictividad social. Esa fue la estrategia para imponer el D.S. 5503 que luego sirvió para muy poco y ahora estamos casi en lo mismo, solo que con los actores más magullados y la audiencia bastante más escéptica sobre el guion. Talvez habría que ir pensando en renovar un poco el cuento.

Por otra parte, no habría que dejar que esos avatares eviten una adecuada comprensión del tumulto en todas sus facetas. Todo indica que estamos en un momento de alza de las tensiones y malestares, hay un humor social bastante deteriorado en la gente. Para que se entienda la cosa: muchos andan emputados con el gobierno por diversas razones, varias de ellas además entendibles.

Por eso motivo, no habría que detenerse demasiado en las discusiones bizantinas sobre la representatividad de la COB, los sindicatos o los dirigentes, eso es secundario, hay que entender primero las razones del malestar y la movilización, aunque estas puedan ser, para algunos, poco realistas o incluso erradas.

Además, el problema es que hoy en día, muchos de esos malestares están igual de desarticulados y fragmentados que la política y sociedad, son difíciles de descifrar y las propias dirigencias los representan como pueden, sin mucha claridad. Ese es el signo de los tiempos, estamos lejos de las movilizaciones por grandes relatos ideológicos y acompañadas por dirigencias sólidas y con ideas claras. Todo es muy desordenado, ambiguo y complicado.

Aunque la aglomeración de quejas impresiona, cada grupo tiene objetivos diferentes. El descontento por la gasolina basura es grande pero no se conecta con las preocupaciones salariales de los cobistas. Mientras en otro flanco, los intereses de indígenas y campesinos no son siempre iguales, aunque ambos rechacen la contra revolución de los grandes agropecuarios, de ahí la dificultad de lectura de los avatares en torno a la Ley 1720 y ahora al DS 5613. Y así podríamos ir reseñando acerca del siempre eficaz oportunismo de los cooperachos, la venalidad de las dirigencias transportistas y otros vicios y virtudes de los figurantes de la obra.

Gestionar la conflictividad social, en este tiempo de desorden y desconfianza, es pues una aventura, es como vivir en una torre de babel de intereses y pasiones, sin centro ni interlocutores claros, con varias capas de problemas y actores con diversos grados de legitimidad. Si a eso le agregas, una opinión pública aficionada al inmediatismo, a las teorías conspirativas y a las soluciones fáciles, se entiende la complejidad de la tarea, que, sin embargo, el gobierno no puede eludir.

Por lo pronto, sospecho que ese carga montón está lejos de poner en riesgo la estabilidad del gobierno, básicamente porque está desarticulada políticamente y no hay ninguna señal de que algún actor o idea los pueda aglomerar en el corto plazo. Aunque muchos crean que el gobierno es débil, ninguna dirigencia tiene gran fuerza propia y todas compiten por el mismo espacio.

Así pues, el oficialismo sigue siendo esa cosa amorfa que llena una política sin eje. No hay otra opción, esa es su principal gracia en este momento. Si sabe aprovecharla podría avanzar pese a lo peludo que esta el escenario, pero para eso no debería creer demasiado en sus inventos polarizadores y más bien preocuparse en cómo transformarse en un acompañante modesto pero eficaz de la mutación desordenada que está viviendo la política y sociedad boliviana.

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