Septiembre 16, 2026 -HC-

A 11 años de los ODS, las culturas no tienen aún su propio Objetivo


Martes 15 de Septiembre de 2026, 9:45am




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Hace 11 años, el mundo aprobó la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con una idea fundamental: el desarrollo no podía reducirse al crecimiento económico, sino que también debía ser social, humano, ambiental y capaz de mejorar la vida de las personas y de los territorios.

Pero hay una pregunta que sigue vigente: ¿dónde están las culturas en los ODS? La respuesta puede parecer sencilla: están en todas partes, pero no tienen un ODS propio.

Si bien es un reconocimiento importante que dentro de las 169 metas de la Agenda 2030 exista una referencia directa en la meta 11.4, que plantea fortalecer los esfuerzos para proteger y salvaguardar el patrimonio cultural y natural del planeta, resulta insuficiente. Porque las culturas no son únicamente patrimonio que debemos conservar.

Las culturas son identidad, memoria, creatividad, conocimiento, diversidad, transmisión intergeneracional, participación, libertad de expresión y cohesión social. También generan empleo, actividad económica, economía creativa y cultural, turismo, gastronomía, emprendimientos, innovación y desarrollo territorial.

Por eso, cuando hablamos de desarrollo sostenible, no podemos pensar solamente en cuánto crece una economía, sino también en qué sociedad estamos construyendo y qué estamos dejando para las siguientes generaciones.

Una ciudad puede crecer y, al mismo tiempo, perder su memoria. Un territorio puede recibir millones de visitantes y, a la vez, comercializar y debilitar sus expresiones culturales que lo hacen único. Una economía puede generar ingresos a partir de una manifestación cultural y, sin embargo, dejar fuera a las comunidades que la mantienen viva.

Ahí aparece una contradicción que debemos enfrentar. Lo transversal explica la importancia de las culturas, no justifica su invisibilidad. Que las culturas atraviesen distintos ODS no significa que deban quedar sin indicadores, sin presupuesto, sin estadísticas y/o sin políticas públicas específicas.

Y esto no es solo una percepción: la propia Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha desarrollado los Culture|2030 Indicators, un marco que permite medir y hacer visible la contribución de las culturas a los ODS y al desarrollo sostenible en general.

Es que medir importa. Necesitamos conocer los empleos generados por las culturas, su actividad económica, su aporte al turismo sostenible, a la educación, a la cohesión social, a la creatividad y a la transmisión de conocimientos, entre otros. Porque lo que no se mide difícilmente entra en las decisiones de desarrollo.

Además, debemos recordar algo esencial: los derechos culturales son derechos humanos y forman parte de los derechos económicos, sociales y culturales (DESC). El acceso, la participación, la creación y la protección de la vida cultural no son concesiones ni beneficios secundarios, forman parte de los derechos que deben ser garantizados para una vida digna y para el pleno desarrollo de las personas y las comunidades.

Las culturas vivas existen porque hay personas y comunidades que las practican, transmiten y les dan significado. Danzas, músicas, festividades, tradiciones orales, conocimientos, prácticas comunitarias y gastronomía no existen por sí solos. Los portadores no son espectadores de su patrimonio: son sus protagonistas.

Por ello, la salvaguardia no puede construirse únicamente desde las instituciones. Debe hacerse con quienes mantienen vivas las culturas, respetando sus conocimientos, decisiones y formas de transmisión.

Y aquí aparece otro desafío que Bolivia conoce muy bien: la apropiación cultural. Que una expresión cultural viaje, sea conocida y dialogue con otras culturas no es negativo. Al contrario, las culturas deben circular y construir puentes. El problema aparece cuando una expresión es tomada, transformada, comercializada o presentada como propia, invisibilizando su origen y a las comunidades que la mantienen viva.

Entonces ya no hablamos solamente de una discusión estética. Hablamos de memoria, identidad, derechos culturales, reconocimiento, soberanía cultural y también de economía. No podemos considerar a las culturas un motor de desarrollo cuando convienen económicamente y dejarlas desprotegidas cuando ese valor genera apropiación.

Bolivia no quiere cerrar sus culturas al mundo. Queremos reposesionar nuestra identidad, queremos que nuestras danzas sean reconocidas, que nuestra música sea escuchada, que nuestra gastronomía sea apreciada y saboreada, que nuestros conocimientos sean valorados, que nuestro patrimonio sea admirado. Pero queremos que viajen con nombre, con historia, con memoria y con derechos. Porque la copia puede reproducir una imagen del hecho folklórico, pero no puede reproducir el hecho ritual y la memoria vernacular que le dio vida.

Esta discusión, sin embargo, no es solamente boliviana. ¡¡Es mundial!!

La UNESCO viene trabajando precisamente para demostrar que las culturas pueden medirse y reconocerse dentro del desarrollo sostenible. En 2025 presentó su primer Informe Mundial sobre Políticas Culturales, Culture: The Missing SDG, cuyo propio título coloca sobre la mesa una pregunta que la Agenda 2030 todavía no ha resuelto: ¿Son las culturas el ODS que falta?

También MONDIACULT 2025, la mayor Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales y Desarrollo Sostenible, ha contribuido a esta discusión, reconociendo a las culturas como un bien público mundial y promoviendo su consideración en la agenda posterior a 2030.

Esta discusión también se relaciona con el Pacto para el Futuro, adoptado por las Naciones Unidas en 2024, que postula una visión de cooperación internacional frente a los desafíos presentes y futuros, y abre el camino para repensar las prioridades del desarrollo mundial.

Por eso, al cumplirse 11 años de los ODS, la pregunta adquiere todavía mayor fuerza: ¿qué lugar tendrán las culturas en el mundo después de 2030? Y Bolivia tiene algo que decir.

Nuestro país posee culturas vivas, lenguas, músicas, danzas, festividades, conocimientos, gastronomía y formas comunitarias de transmisión que no son solamente expresiones de identidad. También pueden fortalecer el turismo sostenible, las economías culturales y creativas, el empleo, el desarrollo territorial y la diplomacia cultural. Pero para ello necesitamos pasar del reconocimiento discursivo a una gestión cultural pública transversal, holística: datos, investigación, formación, inversión, protección jurídica, salvaguardia, cooperación internacional y participación efectiva de los portadores.

Porque, quizá, la pregunta más importante no sea qué pueden hacer las culturas por el desarrollo, sino: ¿qué tipo de desarrollo queremos construir si aún dejamos fuera de los ODS a las culturas?

Las culturas continúan presentes en las comunidades, en los territorios, en la economía, en la educación, en la memoria y en la vida cotidiana. Lo que faltó hace 11 años fue reconocer plenamente su lugar dentro de la arquitectura internacional del desarrollo. Y la Agenda post-2030 debe ser la oportunidad para saldar esta cuenta pendiente porque:

Queremos que nuestras culturas viajen por el mundo, pero que lo hagan con nombre, historia, memoria y derechos.

Queremos que generen desarrollo, pero que ese desarrollo llegue también a sus portadores.

Queremos internacionalizar nuestras culturas, pero sin perder su identidad y su origen.

Queremos abrirnos al mundo, pero sin permitir que la apertura se convierta en despojo.

Porque la sostenibilidad también significa que las próximas generaciones tengan identidad, memoria, conocimientos, comunidades y libertad para crear. Y aquí volvemos al punto de partida: los ODS nacieron para construir un desarrollo sostenible para todas las personas y todos los territorios.

A 11 años del nacimiento de los ODS, el desafío mundial no debería ser solamente cumplir las metas existentes, sino preguntarnos si la arquitectura del desarrollo sostenible está completa. ¿Si las culturas atraviesan estos Objetivos, deben ser visibles? ¿Si las culturas generan desarrollo, deben ser medidas? ¿Si las culturas contienen derechos, deben ser protegidas?

Si las culturas son parte de la vida de los pueblos, deben tener un lugar claro en la agenda mundial que vendrá después de 2030. Porque los Objetivos de Desarrollo Sostenible no deberían hablarnos solamente del mundo que queremos construir. También deberían preguntarnos qué mundo, qué memoria y qué identidad queremos dejar. Lo transversal explica su importancia, no justifica su invisibilidad.

Las culturas no son un adorno del desarrollo, ¡las culturas también son desarrollo! Y el desarrollo sostenible, para ser verdaderamente sostenible, debe también tener memoria viva.

 

C. Melody Jiménez López es abogada constitucionalista, experta en desarrollo sostenible y gestora cultural.