Septiembre 28, 2026 -HC-

Educación global: PISA contra el cerco epistemológico


Domingo 27 de Septiembre de 2026, 7:45am






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Hay una razón muy clara para que Bolivia participe en el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): romper el cerco epistemológico de la educación tradicional y las incoherencias de una supuesta descolonización. Si Bolivia pudiera adherirse a PISA, entonces tendría la posibilidad de salir de su propio espejo.

Durante mucho tiempo hemos discutido la educación boliviana mirando casi exclusivamente hacia adentro: nuestras leyes, discursos, tradiciones, problemas políticos, reivindicaciones históricas y particularidades culturales. Todo esto es importante, pero existe un peligro cuando nuestra sociedad comienza a creer que su sistema educativo puede definirse únicamente desde sí mismo.

Un adolescente boliviano de quince años no vive solamente en Bolivia. Vive también en un mundo atravesado por inteligencia artificial, cambio climático, migraciones, transformaciones tecnológicas, mercados laborales globales, circulación instantánea de información, conflictos geopolíticos, epidemias, redes sociales y nuevas formas de producción del conocimiento. Su futuro profesional dependerá, en gran medida, de su capacidad para comprender problemas que no tienen nacionalidad. Hoy día se requiere una educación “global”.

El valor de PISA

PISA no pregunta solamente cuánto contenido escolar puede recordar un estudiante. Su diseño busca conocer hasta qué punto los jóvenes utilizan conocimientos, razonan, interpretan información, resuelven problemas y aplican lo aprendido en situaciones nuevas. La misma OCDE señala que el programa evalúa la capacidad de los estudiantes para extrapolar y aplicar conocimientos en contextos desconocidos, dentro y fuera de la escuela.

La educación tradicional suele preguntar: “qué aprendiste”. La educación globalizada del siglo XXI debe preguntar, además: “qué puedes hacer con aquello que aprendiste”. PISA constituye una referencia internacional para mirar la segunda pregunta.

Existe una crítica legítima a las evaluaciones internacionales: ningún instrumento puede capturar toda la complejidad cultural, histórica y social de un sistema educativo. PISA tampoco pretende hacerlo, pues evalúa principalmente a los estudiantes de 15 años en lectura, matemática y ciencias, incorporando incluso otros dominios en distintos ciclos, como el pensamiento creativo y la alfabetización financiera. Por eso, sería absurdo convertir PISA en un nuevo catecismo educativo. Pero tampoco tenemos que desprender la conclusión contraria: Bolivia debería encerrarse en sus propios parámetros de medición de calidad educativa.

Una cosa es cuestionar las limitaciones de un instrumento y otra muy diferente es rechazar la comparación internacional. De hecho, la comparación es uno de los mecanismos más poderosos para descubrir aquello que un sistema educativo no consigue ver desde adentro. La UNESCO ha utilizado los resultados de PISA para analizar tendencias, equidad y desafíos del aprendizaje en América Latina y el Caribe, precisamente con la finalidad de aportar evidencia para influir en las políticas educativas. La pregunta, entonces, no debería ser: “¿PISA sirve o no sirve?” La pregunta más desafiante es: ¿qué hacemos con la información que PISA nos proporciona?

Educación e identidades

Aquí aparece uno de los problemas más delicados del debate boliviano. La globalización educativa no significa borrar las culturas nacionales. Tampoco significa imponer una única forma de pensar. Significa reconocer que existen conocimientos universales y competencias que ningún sistema educativo puede ignorar para asumir los retos epistemológicos, con el fin de estar a la altura de la ciencia universal y los problemas transnacionales como la necesidad de erradicar la pobreza global o enfrentar el cambio climático.

La matemática no deja de ser universal porque se enseñe en Bolivia. La física no se vuelve colonial porque Newton, Einstein o la mecánica cuántica hayan sido pensadas fuera de América Latina. La biología no deja de ser científica porque estudiamos ecosistemas bolivianos. La programación informática no necesita ser “descolonizada” para que un joven boliviano pueda competir intelectualmente con otro de Corea, Finlandia, Sudáfrica, Canadá o Singapur.

La capacidad de leer críticamente, interpretar datos, formular hipótesis y resolver problemas tampoco pertenece a una civilización particular. Es parte de una imperiosa necesidad de educarnos para cultivar una visión epistemológica que abra el pensamiento hacia una ciencia compleja y orientada hacia la solución de problemas globales. El conocimiento puede tener historia, pero la verdad científica no necesita pasaporte. Este debe ser uno de los principios de cualquier renovación educativa en Bolivia.

El problema de la Ley 070

La Ley 070 Avelino Siñani-Elizardo Pérez, tuvo una aspiración ilusoria y autocomplaciente: recuperar la identidad cultural, reconocer a los pueblos indígenas, promover la interculturalidad y superar una educación históricamente desigual. El problema comienza cuando esos objetivos se mezclan con una concepción excesivamente política del conocimiento, generando una especie de cerco o “camisa de fuerza” que preserva la ignorancia local. La Ley 070 definió la educación como “descolonizadora, liberadora, revolucionaria, anti-imperialista” y orientada a la reafirmación cultural de los pueblos indígena-originario-campesinos; al mismo tiempo, proclamó que debía ser científica, técnica, tecnológica, universal e intercultural, pero como una hueca retórica. En el fondo se tenía miedo a la educación globalizada y se contentaron con los oscurantismos localistas.

La contradicción aparece cuando la identidad cultural deja de ser un punto de partida y comienza a convertirse en un límite epistemológico para acceder al conocimiento universal. Una educación intercultural debería decirle al niño boliviano: conoce quién eres, tu historia, tu lengua, tu comunidad y, precisamente por eso, aprende también a comprender el mundo entero. No debería decirle: conoce el mundo solamente desde tu identidad. La diferencia parece pequeña, pero pedagógicamente es enorme.

Una auténtica educación descolonizadora debería liberar al estudiante de cualquier forma de subordinación intelectual, incluida la sumisión frente a una doctrina oficial: la de los ignorantes que nunca podrán estar a la altura de los desafíos transnacionales. Descolonizar no debería significar reemplazar un canon occidental por un canon indígena. Tampoco sustituir una visión del mundo por otra. Mucho menos construir una lucha permanente entre “conocimiento propio” y “conocimiento occidental”.

La verdadera emancipación intelectual consiste en conocer todo y decidir críticamente qué aceptar, qué cuestionar y qué transformar. Un estudiante que solo conoce su tradición está limitado; PISA tiene, precisamente, esa virtud: obliga a mirar hacia afuera, a pesar de las tradiciones y contra la voluntad enmohecida de aquellos que se mueren de miedo al mirar la globalización de los conocimientos.

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