Se ha dicho mucho en los últimos días sobre el atentado contra Nadia Beller y la detención del estratega político argentino Fernando Cerimedo, pero, sin duda, el silencio del presidente es lo más significativo y “ruidoso” de todo.
Rodrigo Paz se limitó apenas a expresar su solidaridad con la víctima, pero no comentó nada sobre la gravísima acusación que pesa sobre su asesor principal y menos sobre las denuncias de corrupción que supuestamente involucran a su entorno más íntimo.
Desde su lecho hospitalario, Beller devolvió, con creces, los disparos recibidos. Apuntó al corazón del poder y, aunque la precisión de sus disparos es todavía discutible, porque no todas sus denuncias estuvieron acompañadas de pruebas, es innegable que dejó al descubierto el polémico e incluso sospechoso protagonismo de Cerimedo en el primer círculo de influencia que rodea al mandatario.
Cerimedo compensó con astucia las debilidades de un liderazgo “ingenuo”. Fue, supuestamente, el “cerebro” de una campaña victoriosa, en la que, en realidad, pesaron más los errores e intereses ajenos que los aciertos propios; compartió la mesa y las ilusiones familiares y se hizo de un lugar imprescindible en la errática y frágil estructura de las decisiones gubernamentales.
Para un presidente sin partido y sin plan, el argentino fue el comodín que le permitió jugar con la ilusión de un orden interno, en el que, aparentemente, se articulaban las cuestiones del Estado con un entramado de intereses, no del todo claros, que, a estas alturas del escándalo, son parte del cuadro crítico que describe la extremadamente frágil salud política del régimen.
Está claro que Paz nunca terminó de ejercer plenamente el poder. Terminó delegando buena parte de ese poder en manos de un “prestidigitador” que distribuyó las cartas por encima y por debajo de la mesa, que secuestró la agenda en función de objetivos inciertos y que trazó una línea divisoria entre los actores de “la casa” —de confianza— y aquellos que resultaban incómodos, los de fuera, los que en cualquier momento podían revelar la verdad detrás de los “trucos”.
El vacío de poder lo llenó un intruso y las consecuencias están a la vista. El silencio presidencial parece una expresión de desconcierto ante la ausencia de quien ordenaba, articulaba y, muchas veces, anticipaba las respuestas. Donde hubo “consejo”, hoy solo hay eco. Donde se insinuaban las respuestas, hoy hay agobiantes preguntas: ¿cómo salimos de esta?, ¿hay una salida?, ¿qué hacemos?, ¿hacia dónde vamos?
Paz, ya se dijo, vive sus horas más críticas y con las amenazas dentro. La puerta de escape ya no es un TikTok “ocurrente” de campaña, un discurso conmovedor, la reiteración de eslóganes y consignas agotadas, los nuevos comienzos y los desgastados diagnósticos.
A los problemas irresueltos del país deben sumarse ahora las nuevas urgencias, más cercanas, personales, íntimas. Hay un intento de asesinato de por medio, múltiples denuncias de corrupción, cercos internos, bloqueos en los pasillos del poder, sospechas en las puertas del despacho de un presidente por ahora petrificado ante el escándalo.
Los tiempos de la política pasan muy rápido y el silencio no es siempre la mejor estrategia, mucho menos cuando el ruido lo envuelve todo y una voz aislada y tardía tal vez ya no sirva para explicar nada, ni convencer a nadie.
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