Octubre 13, 2026 -HC-

Tecnología, discrecionalidad y el costo de treinta años perdidos


Martes 25 de Agosto de 2026, 7:15am






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Treinta años después de que Bolivia iniciara sus primeros intentos de digitalización estatal, el país sigue atrapado en una escena que se repite en oficinas públicas de todo el territorio: funcionarios preguntando por la firma y el sello. Esa imagen, tan cotidiana como persistente, no es solo un símbolo de atraso tecnológico; es la evidencia de un modelo de gestión que ha decidido no transformarse.

El concepto de paperless office comenzó a difundirse globalmente en los años noventa, impulsado por la expansión de Internet y los sistemas de gestión documental. En países como Chile y Uruguay, estas ideas evolucionaron hacia políticas de Estado que hoy se traducen en plataformas de compras públicas electrónicas, identidad digital y servicios completamente en línea. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) han documentado cómo estas iniciativas reducen la discrecionalidad, fortalecen la transparencia y mejoran la competitividad nacional.

Bolivia también tuvo profesionales que intentaron impulsar esa transición. Germán Labrana Grundy, uno de los pioneros del esfuerzo por digitalizar procesos desde finales de los noventa, lo resumió recientemente con una frase que debería interpelar a cualquier autoridad: “No tenemos líderes con niveles de decisión que permitan el cambio.” Su reflexión no es anecdótica; es estructural. Tres décadas después, los procesos manuales siguen siendo la norma, preservando espacios donde la decisión humana es indispensable y, por tanto, susceptible de convertirse en un punto de arbitrariedad.

La evidencia internacional es clara. Según el Índice de Gobierno Digital de la ONU (UN E-Government Survey), los países que han avanzado en interoperabilidad, identidad digital y servicios en línea muestran mejoras en eficiencia administrativa, reducción de tiempos de trámite y mayor confianza ciudadana. Chile y Uruguay figuran de manera consistente entre los primeros lugares de la región. Brasil, con su Portal da Transparência y sistemas integrados de control fiscal, ha logrado ampliar el acceso público a información y fortalecer mecanismos de auditoría. Estas experiencias demuestran que la tecnología, cuando se integra en políticas públicas coherentes, no solo agiliza trámites: elimina los puntos exactos donde la discrecionalidad se convierte en negocio.

Bolivia, en cambio, ha avanzado de manera fragmentada. Existen sistemas digitales en áreas específicas —tributación, algunos registros administrativos, trámites sectoriales— pero sin interoperabilidad plena ni trazabilidad integral. La ausencia de una política nacional de gobierno digital limita la capacidad del Estado para operar como sistema y no como suma de voluntades individuales. Cada firma física, cada sello, cada trámite que depende de “conocer a alguien”, es un recordatorio de que la burocracia manual no es solo ineficiencia: es un mecanismo que preserva valor económico en la discrecionalidad.

Las consecuencias son profundas. La falta de digitalización integral encarece la actividad empresarial, alimenta la informalidad y reduce la competitividad del país. El Banco Mundial ha señalado que los costos administrativos y la complejidad regulatoria son factores que afectan directamente la productividad y la inversión en economías emergentes. En este contexto, Bolivia ingresa a 2026 con una brecha evidente frente a los países que han entendido que la tecnología no es un accesorio, sino una política pública estratégica.

La pregunta ya no es técnica. Tampoco es de capacidad profesional. Es política. ¿Cuántas generaciones más está dispuesta a tolerar Bolivia antes de exigir que el problema se llame por su nombre? El país necesita líderes que comprendan que la digitalización no es una amenaza a su poder, sino una obligación con la ciudadanía. Necesita autoridades que reconozcan que cada proceso manual perpetuado es un obstáculo para el desarrollo y una oportunidad para la corrupción.

El llamado a la acción es claro: Bolivia debe adoptar una política nacional de gobierno digital que elimine la discrecionalidad, automatice reglas, garantice trazabilidad y convierta la tecnología en un pilar de integridad y competitividad. No se trata de modernizar trámites; se trata de modernizar el Estado. Y el tiempo para hacerlo no es “próximamente”. Es ahora.

Luis Sergio Valle es ciudadano boliviano.

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