Se considera atavismo a la pervivencia de ideas, prácticas o formas de vida añejas al interior de una sociedad moderna. El atavismo parece ser la característica de sociedades como la boliviana, con una particularidad especial: no se trata, en nuestro caso, del mantenimiento de una sola forma de conducta, sino —por lo menos— de dos, aparentemente antagónicas.
Lo que se conocía antes como el «Descubrimiento de América» y luego, pudorosamente, como el «Encuentro de dos Mundos», fue el primer caso de colonización en la época moderna. Entendemos la colonización como el proceso de asentamiento, dominación y control que ejerce un grupo humano sobre una población y un territorio extranjeros. Esa es la esencia del fenómeno colonial, y no las elucubraciones recientes a las que nos acostumbró la retórica academicista decolonial y posmoderna.
Ahora bien, aunque la colonización se inauguró en el contexto moderno en el siglo XVI con la aventura española en tierras americanas, no conoció en estos lares el fenómeno de la descolonización en los términos que se vulgarizaron en el siglo XX (con la creación de naciones y Estados nuevos en África y Asia, especialmente). En América se frustró la creación y el éxito de nuevas identidades en la medida en que las improntas nativa y española eran importante y cuantitativamente relevantes. Así, se da la curiosidad de que las naciones y los Estados mejor consolidados son aquellos de fuerte inmigración europea no hispana y con menor presencia de población indígena.
Alguna vez me pregunté por qué países como Bolivia, que tienen como constituyentes fundadores a dos entes políticos y sociales que fueron en su época referencia de grandeza y poder —el Tawantinsuyo y el Imperio español—, no lograron generar una grandeza nueva, sino que se debaten en la supervivencia y la mediocridad. Se debe, posiblemente, a la incapacidad de generar una nueva identidad nacional, con todo el andamiaje de infraestructura y superestructura que ello implica.
En Bolivia tenemos el caso de dos bloques que, desde la llegada de los españoles, se observan con suspicacia y se contactan con mesura. Se crea así una sociedad medrosa que solo puede sobrevivir en tanto un estamento esté encima del otro; no por virtud de ser el mejor, sino porque ello garantiza la permanencia de un estado de cosas al que todos se resignan y asumen como condición normal de supervivencia.
Es el atavismo que cada parte enarbola lo que caracteriza ese estado de existencia, y se manifiesta con acritud justamente cuando el desafío es la creatividad y la innovación. Así, cuando se trataba de crear una nueva identidad nacional alrededor de 1825, los fundadores de Bolivia manifestaron una ligazón y una nostalgia hacia la «madre patria» que contradecían la voluntad de independencia. Fijémonos, por ejemplo, en la bandera del departamento de Chuquisaca, que no es otra cosa que una de las enseñas de los Tercios de España. Igualmente, cuando se cacareó sobre la insurgencia indígena durante el gobierno del MAS, el empoderamiento de los nativos no se efectuó mediante la injerencia en el Estado y el dominio de lo contemporáneo, sino en una supuesta autonomía anegada en el discurso de sintaxis laberíntica propio de la jerga posmoderna.
Este atavismo frustra todo intento de cambio político, el cual termina siendo una mera repetición de conductas ya probadas en el fracaso de experiencias pasadas. El necesario quiebre será, pues, consecuencia de una contestación radical de aquello que, hasta ahora, brinda seguridad a cada actor social: el cordón umbilical con las referencias sociales del pasado. Solo rompiendo esa ligazón podremos validar nuestra capacidad de ser actores en la construcción y el éxito de una necesaria e imprescindible nueva realidad nacional y estatal.
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