Agosto 09, 2026 -HC-

Cazzu: el espejo en el que un país volvió a verse


Domingo 9 de Agosto de 2026, 9:00am




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La Paz 9 de agosto, (Carmen Julia Apaza para Urgente.bo).- “Yo me sirvo de lo vivido, hago arte que se vende y, por ende, hago dinero con lo que me dieron, lo que me quitaron y lo que me rompieron.”

Cazzu escribió estas palabras en Perreo, una revolución, pero la noche del 7 de agosto, en el Teatro al Aire Libre de La Paz, parecían estar ocurriendo delante de nosotros.

A las 21:50, Cazzu apareció sobre el escenario. Cerca de las doce de la noche, cuando terminó el concierto, quedaba una sensación difícil de explicar con una cifra, una entrada o una lista de canciones. Habíamos visto a una artista utilizar todo lo vivido como materia prima: el dolor, la maternidad, las críticas, las pérdidas, la mirada ajena y también sus propias contradicciones. Cazzu no llegó a Bolivia solamente a cantar. Llegó convertida en una especie de ave fénix: no una mujer que vuelve de las cenizas para demostrar que está intacta, sino alguien que aprendió a hacer arte con aquello que intentó romperla.

Y quizá por eso su llegada a La Paz tuvo un significado particular.

Cazzu, Julieta Emilia Cazzuchelli, nacida en Jujuy, pertenece a esa primera generación de artistas fundamentales para el nacimiento y expansión del trap argentino. Junto a nombres como Duki y Khea, ayudó a construir una escena que después se convirtió en una de las mayores exportaciones musicales de Argentina hacia América Latina. Pero reducirla a “la trapera que vino a Bolivia” sería quedarse en la superficie. Cazzu fue también una de las mujeres que abrió camino para muchas de las que llegaron después.

Su carrera, además, se construyó en un territorio particularmente cruel con las mujeres: la música urbana.

Una industria que exige sensualidad, juventud, determinado cuerpo, determinada cara y, sobre todo, una capacidad casi absurda para sobrevivir al juicio permanente.

Cazzu decidió hacer otra cosa: utilizar aquello que supuestamente debía esconder como parte de su identidad.

En Perreo, una revolución, habla incluso de su nariz. Cuenta cómo descubrió que un rasgo de su rostro podía convertirse, dentro de la lógica estética de la industria, en un supuesto defecto. Las narices grandes, escribe, han sido históricamente asociadas con las villanas, las brujas y aquello que una mujer “bonita” no debería tener. Pero después transforma esa mirada: su nariz también es herencia, memoria, familia. Le recuerda a su madre y a sus tías. Es parte de una genealogía femenina.

Y eso fue visible sobre el escenario.

Sin necesidad de convertirse en una versión domesticada de sí misma, Cazzu ocupó el espacio. Hubo momentos teatrales, cambios de atmósfera y canciones llevadas hacia sonidos cercanos al tango, mientras su voz se movía entre la fragilidad y la contundencia. Después, en una segunda parte del concierto, apareció una imagen mucho más desnuda: Cazzu, una silla y su voz.

Sin una multitud de bailarines alrededor, sin una escenografía que necesitara explicar quién era, apareció algo que la industria suele intentar esconder: una mujer que no necesita cumplir con el molde de belleza hegemónica para dominar un escenario.

Y entonces llegó Inti.

El nombre de su hija, inspirado en una palabra quechua que significa “sol”, nació también de su vínculo con Bolivia y de una visita al Salar de Uyuni. Esa historia pudo haber quedado reducida a una anécdota bonita. No ocurrió así.

Antes de la canción, el público recibió pequeñas cartulinas con soles. Cuando comenzó Inti, miles de personas levantaron aquellos papeles hacia el escenario.

La imagen era sencilla y, precisamente por eso, poderosa.

Miles de personas sosteniendo pequeños soles para una canción dedicada a una niña.

En su libro, Cazzu también recuerda las conversaciones y prejuicios que rodeaban a las mujeres de la música urbana. Habla de artistas como Nicki Nicole, Nathy Peluso y Natti Natasha y de cómo, desde ciertos sectores de la industria, se construían comparaciones entre ellas. Uno de los ejemplos que recupera es el prejuicio de que una carrera femenina podía quedar prácticamente anulada después de la maternidad.

Cazzu responde a esa idea de una manera mucho más efectiva que cualquier discusión: trabajando.

Natti Natasha continuó haciendo música después de convertirse en madre. Cazzu se convirtió en madre. Y anoche, alrededor de diez mil personas cantaron Inti en La Paz.

No hubo necesidad de una declaración grandilocuente.

La respuesta estaba ahí.

Quizá por eso el concierto también terminó hablando de Bolivia.

Tenemos una relación complicada con la forma en que somos vistos desde afuera. Y no hace falta inventar demasiado para comprobarlo. En 2024, cuando María Becerra mencionó durante una transmisión que tenía presentaciones en Bolivia, Gerard Piqué reaccionó burlándose y cuestionando su destino. La escena se volvió viral y alimentó una sensación que muchos bolivianos ya conocíamos: la de ser el país que aparece en el mapa, pero que otros parecen no recordar que existe.

Nos hacen a un lado. Y, a veces, nosotros mismos hemos aprendido a hacernos a un lado.

Por eso la presencia de Cazzu tuvo otra dimensión.

Ella nació en Jujuy. Bolivia está al otro lado de una frontera. Una línea política separa territorios que comparten historias, pueblos, lenguas, música y raíces mucho más antiguas que cualquier Estado moderno.

Cazzu habló de Bolivia con los ojos brillantes. Recordó su deseo de bailar caporales, un sueño que no pudo cumplir. Caminó por La Paz con una escarapela tricolor cerca del corazón. Y cuando cantó Muñasqetay y Negrita, canciones asociadas a Los Kjarkas, durante unos minutos la música dejó de pertenecer a cualquier disputa política.

No importó quién había escuchado esas canciones antes ni qué nombres políticos podían aparecer alrededor de ellas.

Era música.

Era memoria.

Era una forma de reconocernos.

Y quizá ahí estuvo uno de los momentos más importantes de la noche.

En una Bolivia atravesada por una crisis que no es solamente económica, sino también social y de identidad, Cazzu consiguió algo que muchas campañas patrióticas, discursos oficiales y símbolos cuidadosamente preparados no consiguen: hacer que miles de personas sintieran orgullo de algo que ya estaba dentro de ellas.

No porque una extranjera viniera a decirnos qué es Bolivia.

Precisamente porque alguien de un territorio vecino encontró en Bolivia una parte de su propia historia.

Cazzu no necesitó convertirse en boliviana para acercarse a nosotros. Bastó con reconocer aquello que compartimos.

Y entonces apareció una contradicción hermosa: una de las artistas más importantes de la música urbana argentina llegó a un país que muchas veces es tratado como una parada secundaria y terminó haciendo que miles de personas se sintieran protagonistas.

Eso también es poder.

No el poder de la farándula, ni el de la polémica, ni el de las cifras de reproducciones.

El poder de una artista que consiguió transformar lo vivido en obra y la obra en un lugar de encuentro.

“Lo que me dieron, lo que me quitaron y lo que me rompieron.”

Quizá esa sea la verdadera historia detrás de Cazzu.

No la de una mujer que salió ilesa de todo lo que le ocurrió.

La de una mujer que decidió que nada de aquello sería desperdiciado.

Y anoche, en La Paz, alrededor de diez mil personas fueron testigo de lo que puede ocurrir cuando una artista convierte sus heridas, sus raíces y sus contradicciones en música.

Durante unas horas, Cazzu no fue solamente una cantante argentina sobre un escenario boliviano.

Fue un espejo.

Y Bolivia, por una noche, se miró en él.