Agosto 09, 2026 -HC-

Discurso Presidencial: Cuando el espejo aplaude, pero los bolsillos protestan


Domingo 9 de Agosto de 2026, 8:30am




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Los discursos presidenciales tienen dos vidas. La primera ocurre mientras el Presidente habla. La segunda, mucho más importante, comienza cuando el ciudadano sale a cargar gasolina, intenta comprar dólares, hace un trámite público o simplemente abre la billetera. Es allí donde la realidad decide si el discurso fue historia… o solamente oratoria.

Durante varios días se anunció un discurso que, según algunos entusiastas, partiría en dos la historia política del país. Al final no hubo terremoto institucional. Hubo algo bastante más conocido: vino viejo servido en botellas recicladas.

El libreto comenzó donde suelen comenzar casi todos los gobiernos nuevos: el museo de las culpas. El responsable de casi todos los males volvió a ser el gobierno anterior. Que dejó un desastre económico, político e institucional es una afirmación difícil de discutir. ¡Perros estatistas! El problema no es el diagnóstico; el problema es el calendario. Nueve meses después de asumir el poder, el retrovisor empieza a perder utilidad. La ciudadanía ya no pregunta quién rompió el florero; pregunta quién piensa comprar uno nuevo o de una vez repararlo.

La mejor frase del discurso fue, probablemente, aquella que sostuvo que "la corrupción se convirtió en una ideología". Una definición tan potente exige una respuesta igualmente estructural. La creación de un Alto Comisionado, que inevitablemente recuerda al antiguo "zar anticorrupción" del expresidente Carlos Mesa, puede ser un paso, pero difícilmente será la solución. La evidencia internacional muestra que la corrupción no se reduce solo cambiando personas, sino transformando instituciones: reduciendo los espacios de discrecionalidad, reduciendo el Estado, digitalizando procesos y aumentando la transparencia. Sin una reforma profunda del Estado, la lucha contra la corrupción corre el riesgo de convertirse en buena retórica y mala política pública.

Luego llegó la avalancha estadística. Ministerio tras ministerio, programa tras programa, cifra tras cifra. Y aquí apareció la gran paradoja comunicacional del gobierno. Si realmente hizo tantas cosas, ¿por qué el país recién se enteró durante el discurso presidencial? Gobernar también consiste en comunicar. Un gobierno que trabaja pero no logra que la gente perciba su trabajo termina pareciéndose a ese árbol que cae en medio del bosque sin que nadie lo escuche.

A diferencia de la forma, el contenido estuvo razonablemente bien organizado. Cinco pilares y una yapa dieron estructura al mensaje. El problema no estuvo tanto en la arquitectura como en la distancia entre el plano y el edificio, entre el discurso y la realidad.

Primera estación: la recuperación de la confianza. Aquí el presidente tocó uno de los conceptos más importantes de toda la economía. La confianza. Sin confianza no hay inversión. Sin inversión no hay empleo. Sin empleo no hay crecimiento. Hasta ahí, impecable. El problema comienza cuando la teoría se encuentra con la fila del surtidor. Permítame hacer un pequeño examen práctico.

Cuando usted espera cuatro horas para conseguir gasolina…¿Eso le inspira confianza? Cuando finalmente llega al surtidor… ¿Carga combustible con tranquilidad o alcanza a rezarle un Padre Nuestro al santo patrono de los hidrocarburos para que no le toque gasolina de dudosa vocación energética? Cuando recibe un billete de la serie B…¿Lo guarda con tranquilidad o primero mira la cara del cajero para ver si él mismo parece convencido de recibirlo? Cuando necesita guardar dolarachos que se le están apolillando en el ColchonBank…¿Va serenamente al banco a depositarlos o primero consulta tres grupos de WhatsApp? Cuando sale a la carretera en busca de su destino…¿Confía en llegar a la meta o calcula mentalmente cuántos bloqueos podrían aparecer en el camino? Cuando quiere invertir en un emprendimiento cualquiera…¿Trae su plata a ojo cerrado y abre el negocio? ¿O cuando conoce el sistema judicial y sus laberintos le hace ras el cuerpo?

La confianza es el activo económico más importante porque no figura en ninguna estadística. Vive en la cabeza de las personas. Precisamente por eso no puede decretarse desde un podio. Puede anunciarse. Puede desearse. Pero solamente los hechos consiguen fabricarla. Quizás una dosis mayor de autocrítica habría producido un efecto paradójico: más confianza.

Segunda estación: atreverse a hacer lo que nadie quiso hacer. Aquí el discurso tuvo aciertos y deudas pendientes. Es justo reconocer decisiones políticamente valientes. Reducir parcialmente la subvención a los hidrocarburos fue una cirugía que muchos gobiernos sabían necesaria y ninguno quería practicar. También fue correcta la transición hacia un régimen cambiario más flexible, utilizando primero un tipo de cambio referencial para ordenar un mercado que ya vivía en varios universos paralelos. Son reformas incómodas. Precisamente por eso merecen reconocimiento. Pero junto a esas victorias tempranas apareció una vieja costumbre boliviana: declarar conquistada la montaña cuando apenas se llegó al primer campamento.

El llamado “Estado Tranca” sigue respirando con excelente salud. Sigue esta igual. Eliminar fotocopias del carnet de identidad (CI) en buena parte del Poder Ejecutivo fue positivo. Pero representa apenas una pequeña fracción del universo burocrático.

El verdadero maratón ciudadano ocurre en el Poder Judicial, gobiernos departamentales, municipios y decenas de entidades donde la fotocopia del CI no murió. Simplemente aprendió a reproducirse, en algunos lugares incluso evolucionó. Ahora ya no piden una. Piden dos. La fotocopia boliviana del carnet de identidad merece protección patrimonial de la UNESCO.

Algo parecido ocurre con la reducción de ministerios. Es una buena señal política. Pero cortarle ministerios al Estado puede ser como llevar al peluquero a un mamut. Sale más elegante. Sigue pesando lo mismo.

Las reformas estructurales del Estado continúan esperando en la sala de espera de YPFB y de un amplio conjunto de empresas públicas cuya eficiencia existe únicamente en los discursos oficiales.

El pacto regional: un buen comienzo. Otro aspecto destacable fue el acuerdo preliminar para distribuir recursos entre el Gobierno central y las regiones bajo la lógica del 50%-50%. Es una buena noticia. Pero distribuir la torta no garantiza que el horno produzca más pan.

La verdadera discusión recién empieza. Competencias, pacto fiscal, desarrollo territorial, capital humano, impuestos y instituciones locales y productividad. Sin esos ingredientes, un pacto fiscal puede convertirse simplemente en una mejor repartición del mismo estancamiento. El pacto con gobernadores fue un acuerdo para construir futuros acuerdos y fue una lluvia copiosa de infinitivos: Iniciar, identificar, analizar, evaluar. Calcule modestamente 36. Claro, en el valle de lágrimas de la descentralización de eso ya es un avance. Por si acaso, creo firmemente en el federalismo fiscal y el desarrollo local.

Tercera estación: proteger a las familias. Las medidas sociales, el reajuste salarial, el Bono Pepe y otros programas, son positivas y necesarias. Protegen, amortiguan y alivian, pero no sustituyen el crecimiento económico. Los bonos ayudan a llegar a fin de mes. La productividad ayuda a cambiar de década.

Uno de los puntos más altos del discurso fue, sin duda, que el Presidente pidiera disculpas a la población por los errores cometidos y por los 53 días en los que parte del país quedó prácticamente secuestrado por los bloqueos. En política, pedir perdón no es un gesto frecuente y, cuando es sincero, merece ser reconocido.

Pero el perdón, por sí solo, no recompone una economía. No devuelve los cerca de 4.000 millones de dólares que se evaporaron durante la crisis, ni reabre hoteles vacíos, restaurantes quebrados, agencias de viaje paralizadas o empresas de transporte que sobrevivieron apenas respirando. El perdón alivia la memoria; los programas de reactivación alivian los balances.

Precisamente por eso se esperaba que el discurso anunciara un plan extraordinario de recuperación para los sectores más golpeados: turismo, gastronomía, transporte, comercio y miles de pequeñas empresas que cargaron sobre sus espaldas el costo económico de aquellos 53 días. Ese anuncio nunca llegó.

Paradójicamente, el turismo, uno de los sectores con mayor capacidad para generar empleo, divisas y desarrollo regional, terminó recibiendo una noticia en sentido contrario. Pasó de tener rango ministerial a convertirse en una agencia. Paso de silla a toco como se dice en el oriente boliviano. Tal vez ese modelo funcione en economías maduras como Canadá, donde las instituciones llevan décadas consolidadas y el sector turístico opera bajo otras condiciones. Pero Bolivia no necesita administrar la abundancia; necesita construirla. Y para un país urgido de dólares, degradar institucionalmente al turismo envía una señal difícil de entender.

Peor suerte corrió el medio ambiente. Antes formaba parte del Ministerio de Planificación del Desarrollo ahora cerrado; hoy simplemente se diluyó en el nuevo microcosmos burocrático del Estado, repartido entre distintas oficinas y prioridades. Quizás sus funciones sobrevivan, pero los símbolos también importan en la política pública. Cuando una misión estratégica pierde su institucionalidad, también pierde capacidad de liderar, coordinar y movilizar. Resulta paradójico que, en pleno siglo XXI, cuando el mundo compite por liderar la transición energética, los mercados de carbono, la economía verde y la sostenibilidad, Bolivia haya decidido dejar al desarrollo ambiental sin un motor institucional propio. Las burocracias pueden absorber competencias; lo que rara vez absorben es la visión de futuro.

Ahora bien, los discursos políticos pueden pedir perdón por el pasado. Las políticas públicas son las que deben devolverle el futuro a los sectores que más perdieron.

Cuarta estación: Bolivia vuelve al mundo y viceversa. Aquí probablemente se encuentra uno de los mayores avances del gobierno. Bolivia salió del aislamiento diplomático, sin duda alguna. Reconstruyó relaciones con vecinos, Europa, Estados Unidos e Israel. Eso merece reconocimiento. Pero la política exterior tiene una curiosa costumbre. No se implementa mediante discursos. Se implementa mediante acciones diplomáticas y embajadores. Y nueve meses de gobierno no se nombró ninguno.

También mejoró la percepción internacional. El riesgo país cayó de niveles cercanos a 2.100 puntos hasta aproximadamente 447. Una reducción espectacular. Aunque el mercado sigue enviando un mensaje elegante pero contundente. “Le creemos más…pero todavía le cobramos caro.” Los bonos soberanos emitidos por el gobierno pagaron 9,45% al año.

Respecto a la CAF, el BID y el posible acuerdo con el FMI ocurre algo parecido. Los anuncios existen, las declaraciones de amor diplomáticos hay a borbotones. Las visitas de los funcionarios internacionales fueron muy coquetas y bien vehiculadas por la propaganda oficial. Los compromisos también, pero los desembolsos todavía avanzan con la velocidad de una oficina pública en viernes por la tarde. Por ahora siguen siendo, en buena medida, dólares psicológicos. El desafío consiste en transformarlos, finalmente, en dólares verdes sonantes y constantes. Tiene que decir tilín en la caja publica.

Quinta estación: una nueva gobernabilidad Quizás aquí apareció la propuesta políticamente más polémica. El Presidente sostuvo que los pactos ya no deben construirse con líderes sino con instituciones. La intención es comprensible en la búsqueda de sobrevivencia política . El problema es que Bolivia posee instituciones que muchas veces todavía buscan convertirse en instituciones. Especialmente la Asamblea Legislativa, donde la física cuántica resulta, por momentos, más sencilla de entender que las alianzas parlamentarias.

Pretender reemplazar liderazgos por instituciones todavía frágiles puede terminar produciendo exactamente lo contrario de lo que se busca. Las democracias exitosas no escogen entre instituciones o líderes. Construyen ambas simultáneamente.

La yapa. El cierre fue también un mensaje político. El Presidente recordó que hubo quienes quisieron precipitar su salida del poder y respondió que los problemas de la democracia se resuelven dentro de la democracia. En eso tiene razón. Pero la democracia no vive solamente de elecciones. Vive también de acuerdos y resultados. De confianza ciudadana. De instituciones democráticas como los partidos. Y de liderazgos capaces de construir puentes en lugar de trincheras.

Después de nueve meses, el principal desafío del gobierno ya no consiste en demostrar que heredó una crisis. Eso ya quedó suficientemente acreditado. Ahora debe demostrar algo mucho más difícil. Que Bolivia comenzó realmente a salir de ella. Porque, al final del día, la economía tiene una costumbre bastante incómoda para cualquier gobierno. Los discursos emocionan durante una hora. La realidad vota todos los días.

Los vacíos. Ciertamente quedaron varios temas fuera del discurso, entre ellos la profunda crisis del sistema judicial o la escases estructural de combustibles; pero, quizás por deformación profesional, me hubiera gustado escuchar con mayor precisión qué está haciendo el gobierno para detener tres años consecutivos de recesión, con una economía que en 2026 podría contraerse cerca del 3%; cuál es la estrategia concreta para controlar una inflación que ya no solo se come los bolsillos, sino también las entrañas de las familias; y qué se está haciendo frente al deterioro del empleo formal, que empuja cada día a más bolivianos hacia la ruleta rusa de la informalidad, donde se trabaja mucho, se sobrevive como se puede y la estabilidad, el seguro y la jubilación suelen ser especies en extinción.

Gobernar una crisis no consiste solamente en administrarla, sino en explicar cómo se piensa salir de ella. Al final, detrás de toda la épica presidencial quedan tres preguntas brutalmente sencillas: ¿cuándo volveremos a crecer?, ¿cuándo dejarán de subir los precios? y ¿dónde estarán los empleos? Porque existen silencios que pesan más que mil discursos y, en economía, terminan apareciendo inevitablemente en la billetera, en el mercado y en la caja de las empresas. Hay silencios económicos capaces de nublar hasta los patriotismos más floridos.

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