Julio 13, 2026 -HC-

El país que somos capaces de crear


Lunes 13 de Julio de 2026, 10:00am




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¿Qué entendemos por riqueza? ¿Y cuánto, en realidad, entendemos de ella?

La respuesta parece sencilla. Pensamos en recursos naturales, crecimiento económico, exportaciones, inversión o reservas. Por décadas aprendimos a asociar la riqueza con aquello que podemos extraer, producir o comercializar. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos si esa es toda la riqueza que una sociedad es capaz de generar o si, por el contrario, hemos estado mirando únicamente una pequeña parte de la ecuación.

Hoy vale la pena detenernos un momento en esta idea, porque no es un simple ejercicio teórico. Es una pregunta que define la manera en la que imaginamos nuestro futuro, como nación.

Durante mucho tiempo, el desarrollo estuvo estrechamente ligado a un modelo de economía extractiva. En términos sencillos, una economía extractiva encuentra su principal fuente de riqueza en la explotación de recursos naturales. Ha sido el camino de numerosos países y por mucho tiempo funciono muy bien, hasta que entendimos que el modelo tenía fecha de caducidad. El problema no es el modelo, sino creer que es el único posible.

Los recursos naturales tienen una característica que pocas veces incorporamos al debate: son finitos. Se agotan, cambian de valor y dependen de factores que escapan a nuestro control.

Existe, sin embargo, otra forma de generar riqueza: la economía del conocimiento o, como prefiero llamarla, la economía del talento. Mientras una economía extractiva obtiene valor de recursos limitados, la economía del talento lo genera a partir de capacidades potencialmente infinitas. El conocimiento no se consume cuando circula; se multiplica. El talento no se agota cuando se desarrolla; produce más talento, más innovación y más oportunidades.

Quizá por eso las economías globales más competitivas dejaron de preguntarse únicamente qué podían extraer y comenzaron a preguntarse qué eran capaces de crear. Comprendieron que el desarrollo sostenible depende de transformar conocimiento en valor, innovación en industria y talento en empleo.

Así aparece otro concepto que deberíamos incorporar a la conversación nacional: la sofisticación económica. Crecer no consiste solo en producir más, sino en producir mejor. Significa incorporar investigación, tecnología, diseño y creatividad a cada bien o servicio. No exportar únicamente materias primas, sino inteligencia aplicada y valor agregado.

En ese contexto, la industria deja de ser solamente un conjunto de fábricas. Se convierte en la expresión del conocimiento de una sociedad y en un vehículo para construir identidad. Cada producto que llega a un mercado cuenta una historia sobre quiénes somos y qué valor somos capaces de ofrecer. Así se construye una verdadera marca país: no con campañas publicitarias, sino con calidad, innovación y confianza.

Por eso, hablar de educación, innovación y formación técnica no es hablar únicamente del sistema educativo. Es hablar del modelo de desarrollo que queremos construir.

Tal vez ha llegado el momento de impulsar un Pacto Nacional por el Talento. Un acuerdo que conecte educación, industria, ciencia, tecnología y empleo; que dignifique la formación técnica, fortalezca la innovación y entienda que el conocimiento es el recurso más democrático que existe: cuanto más se comparte, más riqueza produce.

La agenda nacional no pertenece solo a quienes ocupan la Casa Grande. También se escribe desde las aulas, los talleres, los laboratorios, las fábricas, los emprendimientos y los hogares. El desarrollo deja de ser una promesa cuando cada ciudadano entiende que no es un espectador de la historia, sino uno de sus autores. Tal vez la mayor riqueza que podamos construir no sea la que heredemos de la naturaleza, sino la que decidamos crear juntos a partir del talento de nuestra gente.

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