Son tiempos de mucha ansiedad en Bolivia y en el mundo. Hay personas que cambian de celular y esperan que al día siguiente su vida sentimental mejore y todos sus seguidores lo vean como mami o papi churro. Otros cambian de dieta un lunes y el martes ya reclaman porque no apareció el abdomen de Cristiano Ronaldo o la cintura de abispa de Belinda. Con los regímenes cambiarios ocurre exactamente lo mismo: llevamos apenas 13 días de tipo de cambio flexible y ya hay quienes anuncian el Apocalipsis económico y otros la llegada del paraíso monetario. Ninguna de las dos cosas. En economía, casi dos semanas son apenas el avance de la película. Así que calmallawa calmallawa santus fletanaca. Traducción para karas libertarios: con calma nomás que los santos son fletados.
Para comenzar su domingo con una perla de sabiduría económica. Conviene aclarar una pequeña diferencia de palabras que, en realidad, es una enorme diferencia de conceptos. Cuando el Banco Central fija el precio del dólar, hablamos de devaluación o revaluación, porque es una decisión administrativa. Pero cuando el precio del dólar lo determina el mercado, como es en la actualidad, ya no corresponde hablar de devaluación, sino de depreciación o apreciación de la moneda. Parece un simple cambio de diccionario, pero en realidad estamos hablando de un cambio completo de las reglas del juego.
Imaginemos una feria. Si solo hay diez pollos y aparecen cien compradores, el precio del pollo subirá. No porque el pollo se haya vuelto más patriota o más neoliberal, sino porque hay más gente queriendo comprar que gente dispuesta a vender. Con el dólar ocurre exactamente lo mismo. Hoy la demanda de divisas es mayor que la oferta. Los importadores necesitan dólares para traer mercancías, mientras que los exportadores todavía no generan suficientes ingresos para abastecer completamente ese mercado. El resultado es bastante predecible: el precio del dólar sube poco a poco como decía la vieja música de Julio Iglesias. Eso es lo que esta ocurriendo en estos días, el precio del dólar subió de 9,73 Bs a 10,40 Bs.
Pero los mercados no funcionan únicamente con números. Funcionan, sobre todo, con historias o si nos podemos modernos, con narrativas.
Cabe recordar, que Bolivia carga una memoria económica histórica muy particular. Quienes vivieron la hiperinflación recuerdan que el dólar era casi un oráculo: si subía, todo los precios subían detrás de él. La hiperinflación convirtió al dólar en el idioma de los precios. Como el peso boliviano había perdido sus funciones de reserva de valor, medio de pago y unidad de cuenta, los precios relativos dejaron de expresarse en moneda nacional y comenzaron a indexarse al tipo de cambio. No era un capricho de comerciantes ni empresarios; era un mecanismo de supervivencia. En una economía donde la moneda se derretía cada día, fijar los precios en dólares era la única forma de preservar el valor de las transacciones y evitar que la inflación destruyera la lógica económica.
Posteriormente vino el Bolsín, el primo mayor el tipo de cambio flexible actual. Que se movía por la oferta y demanda de verdes, pero el Banco Central lo controlaba parcialmente. Después vinieron más de quince años de tipo de cambio fijo y el país se acostumbró a pensar que el dólar era una estatua: siempre estaba en el mismo lugar. Ahora la estatua volvió a caminar. Y eso genera nerviosismo. El 29 de junio entró en vigencia el régimen cambiario flexible.
Y ahora el problema es que muchos agentes económicos (comerciantes, importadores, empresas, bancos y personas) comenzaron nuevamente a mirar el dólar como si fuera el pronóstico del clima. Si el dólar sube diez centavos, algunos sienten el impulso irresistible de subir inmediatamente los precios, incluso de productos que jamás han visto un dólar en toda su cadena de producción, como es un servicio como un corte firpo en una peluquería o la producción de un bien que no tiene insumos importados. Ambos son lo que técnicamente conoce como no transables. Los productos transables son aquellos que pueden ser exportados e importados.
Ahora ver el tipo de cambio es una especie de deporte nacional: antes de revisar los costos, primero se revisa la cotización del dólar. Debo hacer una denuncia pública. A su seguro Nostra Chavez ya nadie lo saluda. Todo el mundo le pregunta su predicción del tipo de cambio. Es la dolarización psicológica.
En este punto aparece otro ingrediente: la política. Desde el primer día algunos sectores y los hermanos y compañeros del proceso de cambio comenzaron a repetir que la devaluación explica toda la inflación actual. Es una explicación sencilla, recupera el trauma de la hiperinflación y es fácil de entender… y precisamente por eso demasiado simplista.
La inflación nunca tiene un solo padre o madre. Intervienen la política fiscal, la política monetaria, las expectativas, los bloqueos, los costos de producción, los aumentos de salarios, la subida de los combustibles y muchos otros factores. Sin embargo, mientras unos construían una narrativa sencilla devaluación igual a inflación, el Gobierno optó por el noble deporte de guardar silencio o hablar a cuenta a gotas. Y ya se sabe que, en economía como en política, cuando uno no explica la realidad, alguien más la explica por uno. Y la mamocracia intelectual del masismo, en todas sus versiones, salieron a gritar a los cuatro vientos: las minidevaluaciones generarán hiperinflación
Pero el verdadero debate no está en el precio del dólar. Está detrás del precio del dólar. Un régimen cambiario no funciona por decreto. Funciona cuando la economía le cree. Para que un sistema de tipo de cambio flexible genere estabilidad necesita una economía capaz de producir más dólares mediante exportaciones, inversión y prestamos; un déficit fiscal bajo control; reglas claras; instituciones sólidas y, sobre todo, confianza. Mucha confianza, credibilidad, reputación y sobre todo, predictibilidad sobre el tipo de cambio.
Por eso resulta difícil construir credibilidad cuando las medidas económicas aparecen como capítulos de una serie de televisión estrenados sin calendario. Un día se anuncia una medida, tres días después otra, la semana siguiente una tercera. Es la estrategia gradualista mejor conocida como la estrategia homeopática, gota o gota. Mientras tanto, nadie termina de responder preguntas elementales: ¿intervendrá el Banco Central si el dólar se dispara? ¿Hasta dónde dejará fluctuar el mercado? ¿Cuál será la nueva ancla contra la inflación? Los mercados no exigen omnisciencia; exigen reglas.
En realidad, Bolivia no solo cambió un régimen cambiario. Está intentando cambiar la manera en que empresas, familias e inversionistas forman sus expectativas. Ese proceso no toma dos semanas. Toma meses, a veces años.
Por eso conviene bajar un poco el volumen de los profetas del desastre… y también de los vendedores de milagros. Un tipo de cambio flexible no resolverá por sí solo los problemas económicos del país, pero tampoco los creará automáticamente. Será tan bueno o tan malo como la política económica que lo acompañe.
Porque, al final del día, el tipo de cambio es como el tablero del automóvil. Uno puede obsesionarse mirando el velocímetro cada cinco segundos. Pero si el motor está fallando, el problema nunca es o fue la aguja.
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