Junio 25, 2026 -HC-

La Copa del Mundo: una metáfora de lo humano


Jueves 25 de Junio de 2026, 6:15am




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La segunda semana de la Copa del Mundo 2026 nos envuelve como un torbellino que paraliza al planeta. El fervor del aficionado se intensifica, las ciudades se detienen, los mercados se distraen, las rutinas se quiebran. El Mundial es un eclipse cultural que oscurece todo lo demás, un fenómeno irrepetible que convierte lo cotidiano en extraordinario. Como escribió Schopenhauer en El arte de tener razón: “La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad; y el tiempo, como un río, arrastra consigo las certezas y las ilusiones, dejando desnuda la esencia de lo real”. En este torneo, ese río se transforma en un balón que rueda, y cada gol es un instante de eternidad, un destello que nos recuerda que la pasión puede suspender la lógica del mundo.

Lionel Messi, a sus 39 años, desafía la biología del crepúsculo y la lógica del desgaste. Su figura es la paradoja viva: fragilidad física y eternidad simbólica. En él, lo efímero se transmuta en inmortalidad, y la vejez se convierte en un territorio fértil para la grandeza. Es el contraste entre la carne que se agota y el mito que se expande, entre el ocaso y la aurora. Messi es la prueba de que la finitud puede ser el camino hacia lo infinito, que la debilidad puede ser la antesala de la gloria. Su caminar pausado es la alegoría de un sabio que ya no necesita correr, porque su sola presencia basta para alterar el curso de la historia.

Cristiano Ronaldo, guiado por el orden que el técnico Roberto Martínez impuso en un vestuario plagado de egos, volvió a marcar. Su regreso es la traslación del eterno retorno: el héroe que parecía vencido resurge, recordándonos que la gloria nunca muere del todo, sino que se oculta en los pliegues del tiempo. La disciplina se enfrenta al caos, y el orden vuelve a dar frutos. Ronaldo es la encarnación de la voluntad que se niega a aceptar la derrota, del espíritu que se rehúsa a ser silenciado. Su gol es un grito contra la resignación, una afirmación de que la grandeza puede ser intermitente, pero nunca desaparece.

Kylian Mbappé, con 27 años, se erige como la estrella francesa que busca quebrar los récords que aún le pertenecen a Messi. Su ambición es la encarnación de la juventud que desafía a la tradición. El contraste es claro: lo nuevo contra lo viejo, lo veloz contra lo pausado, lo efímero contra lo eterno. Mbappé es el relámpago que ilumina el cielo, mientras Messi es la llama que nunca se apaga. En él, la velocidad se convierte en emblema de la modernidad, del vértigo de un mundo que no espera, que exige resultados inmediatos. Su carrera es la imagen de un futuro que avanza sin mirar atrás, pero que inevitablemente se mide contra la sombra de los gigantes.

Las selecciones, como naciones en miniatura, reflejan la diversidad de destinos humanos. Algunas, como Argentina y Francia, ya clasificadas, reafirman su rol de potencias. Otras, extraviadas, parecen incapaces de honrar su pasado glorioso, como sombras que se niegan a aceptar la luz. El Mundial es un espejo donde se proyecta la lucha entre memoria y olvido, entre grandeza y decadencia. Cada equipo es un símbolo de la condición humana: unos se aferran a la gloria pasada, otros buscan reinventarse, algunos se resignan a la derrota. El fútbol, aquí, es la representación de la historia misma: ciclos de esplendor y caída, de renacimiento y extinción.

Los debutantes —Uzbekistán, Cabo Verde, Curazao, Jordania— irrumpen como imágenes poéticas de la esperanza. Son la irrupción de lo inesperado, la posibilidad de que lo pequeño desafíe lo grande. Aquí, la vida misma se convierte en torneo: los débiles pueden vencer a los poderosos, y la historia se reescribe en cada instante. La sorpresa es la antítesis de la rutina, y en ella reside la belleza del fútbol. Estos equipos son la encarnación de la utopía: la idea de que lo imposible puede hacerse posible, de que la periferia puede ocupar el centro, de que la voz silenciada puede convertirse en canto.

Así, la Copa del Mundo 2026 no es solo fútbol: es un teatro filosófico donde se enfrentan juventud y vejez, gloria y fracaso, orden y caos. Es un ritual colectivo que nos recuerda que la pasión puede ser tan real como la razón, y que lo humano se expresa tanto en la victoria como en la derrota. En otra frase de Schopenhauer, “la verdad no necesita aliados, solo tiempo”; y el tiempo, en este Mundial, se mide en goles que se convierten en eternidad, en lágrimas que se transforman en himnos, en derrotas que se vuelven memoria. El Mundial es la figura suprema de la existencia: un instante de gloria que se desvanece, pero que deja huellas imborrables en la conciencia colectiva.

México, anfitrión por tercera vez, vive la fiesta del fútbol con la intensidad de quien conoce bien este ritual. Sus calles se llenan de colores, sus plazas se convierten en templos, sus estadios vibran como volcanes en erupción. El país que ya supo ser epicentro mundial en 1970 y 1986 vuelve a demostrar que el fútbol es parte de su identidad cultural, que la celebración no es solo deportiva sino también espiritual. Cada partido es un carnaval, cada gol un poema, cada derrota una canción de nostalgia. México no organiza un Mundial: lo convierte en una fiesta nacional que contagia al mundo entero.

Canadá, en cambio, se deja seducir lentamente por la efervescencia del torneo. Un país que no tiene la tradición futbolística de sus vecinos, pero que ahora descubre la magia de este fenómeno. Sus ciudades, habitualmente tranquilas, se transforman en escenarios de júbilo, sus estadios se llenan de voces que aprenden a cantar himnos de pasión.

Estados Unidos, por su parte, vive la locura del momento. A diferencia de 1994, cuando también fueron anfitriones, hoy han evolucionado en todo sentido: sus estadios son majestuosos, su selección competitiva, su público fervoroso. En tres décadas han convertido la indiferencia en devoción, y sus graderías abarrotadas son prueba de que el fútbol ya no es un invitado, sino un habitante permanente de su multiculturalidad. Y pensar que aún estamos en fase de grupos: lo que vendrá en las rondas finales será un estallido de emociones que desbordará cualquier frontera. ¡Qué hermoso es el Mundial!, esa fiesta que une lo diverso y lo convierte en un mismo latido.

En Bolivia vemos a través de la televisión (como siempre), que el Mundial, en su esplendor, es más que un torneo: es un latido compartido que une lo diverso en un mismo pulso. Es la celebración de lo humano en su contradicción más pura: la derrota que se convierte en memoria, la victoria que se vuelve mito, la pasión que trasciende la razón. Cuando las graderías rugen y las ciudades se transforman en epicentros de júbilo, comprendemos que el fútbol no es solo juego, sino poesía en movimiento, filosofía hecha carne. ¡Qué hermoso es el Mundial!; esa fiesta que nos recuerda que, aunque todo sea efímero, hay instantes capaces de rozar la eternidad.

 

¡Vaya que me siento feliz durante la realización de una Copa del Mundo, al igual que usted amigo lector!

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