Llevamos semanas atrapados en una espiral que ya no puede describirse como un conflicto político o social. Lo que estamos presenciando es mucho peor, es el intento de imponer la fuerza como mecanismo de decisión nacional.
Durante años hemos discutido diferencias ideológicas, proyectos políticos, modelos económicos y visiones de país. Eso forma parte natural de una democracia, pero la democracia no forma parte del uso sistemático de la violencia para doblegar a la sociedad.
No existe causa política que justifique disparar contra civiles. No existe reivindicación social que legitime la intimidación armada. No existe liderazgo que pueda reclamar legitimidad mientras grupos encapuchados convierten carreteras, comunidades y ciudades en escenarios de miedo.
Las imágenes son contundentes. Ciudadanos aterrorizados. Familias aisladas. Ciudadanos atacados por intentar cruzar puntos de bloqueo. Policías heridos. Poblaciones enteras sometidas a la incertidumbre. Y mientras todo esto ocurre, todavía hay quienes buscan relativizar lo evidente.
La violencia no se vuelve aceptable porque tenga una bandera. No se vuelve legítima porque tenga una consigna. No se vuelve democrática porque se ejerza en nombre del pueblo.
Bolivia está siendo secuestrada por la violencia.
Cuando una nación comienza a ser rehén de quienes utilizan la fuerza para imponer su voluntad, ahi el problemo deja de ser político para convertirse en una amenaza directa contra el Estado de Derecho.
Evo Morales tiene la obligación histórica de asumir responsabilidad sobre las consecuencias de un conflicto impulsado bajo su liderazgo político. La COB y todos los dirigentes movilizados tienen la obligación de responder por los hechos que ocurren en nombre de sus demandas. Y quienes participan en acciones violentas deben enfrentar las consecuencias legales correspondientes.
La responsabilidad no desaparece detrás de un discurso o una negociacion disfrazada de chantaje para un dialogo. Tampoco se oculta detrás de una consigna en "nombre del pueblo".
La historia ha demostrado que cuando los liderazgos pierden el control de la violencia que alimentan, la violencia termina controlándolos a ellos.
También existe otra responsabilidad que rara vez se menciona.
La responsabilidad de quienes observan en silencio.
La neutralidad frente a la violencia nunca ha sido una posición moralmente cómoda. Mucho menos cuando los hechos ocurren frente a nuestros ojos. Guardar silencio mientras ciudadanos son amenazados, mientras se vulneran derechos fundamentales o mientras se intenta imponer una agenda mediante la fuerza no constituye prudencia. Constituye una renuncia a alzar la voz ante lo injusto o lo ilegal.
Bolivia enfrenta una decisión que va más allá de cualquier disputa política.
Debemos decidir si aceptaremos que la violencia se convierta en un instrumento válido de presión o si defenderemos el principio elemental que sostiene toda convivencia democrática: ninguna causa está por encima de la ley y ninguna ambición política está por encima de la vida.
El Estado tampoco puede permanecer atrapado en una negociación indefinida con quienes han decidido reemplazar el diálogo por la coerción. La búsqueda de soluciones pacíficas es una obligación democrática. La renuncia permanente a ejercer autoridad legítima no lo es.
Ningún país construye estabilidad premiando la violencia. Ninguna democracia se fortalece cediendo ante quienes descubren que la fuerza produce más resultados que las instituciones.
Lo que está en juego hoy no es solamente la resolución de un conflicto. Lo que está en juego es el mensaje que Bolivia dejará para las próximas generaciones.
Si la violencia obtiene resultados, volverá.
Si el miedo funciona, volverá.
Si el Estado retrocede cada vez que es presionado por la fuerza, volverá.
Y cada vez será peor.
Bolivia no necesita más silencio. No necesita más justificaciones. No necesita más discursos que intenten explicar lo inexplicable.
Necesita ciudadanos capaces de llamar a las cosas por su nombre.
La violencia es violencia.
El chantaje es chantaje.
Y el miedo nunca puede convertirse en un método válido para decidir el destino de una nación.
La historia recordará quiénes promovieron esta escalada, quiénes la ejecutaron y también quiénes tuvieron el valor de rechazarla.
La pregunta es simple:
¿De qué lado de esa historia decidiremos estar?
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