En Bolivia al indígena se lo defiende demasiado… pero casi siempre para que siga pobre.
Suena duro decirlo, pero peor es callarlo. Porque cada vez que un indígena de tierras bajas intenta pensar por cuenta propia o decidir libremente sobre su tierra, aparecen los guardianes de la «causa indígena» a recordarle que no puede. Que debe obedecer a la dirigencia, a lo orgánico, al centralismo. Y así, la tierra en las tierras bajas se convirtió en chantaje. En coerción. En una jaula dorada que te dice: «aquí tienes tu parcela, pero no la toques mucho». Es como tener un auto y que te prohíban manejarlo. Dejó de ser libertad para convertirse en una forma moderna de esclavitud.
El occidente decide por el oriente
Lo más indignante es que el destino de las tierras bajas sigue decidiéndose desde lejos. Desde organizaciones del occidente que jamás permitirían que el oriente decida sobre el litio de Potosí, el oro de La Paz o el gas de Tarija. Entonces, ¿por qué sí pueden decidir sobre la Chiquitanía, el Chaco o la Amazonía? Le llaman justicia social. Pero no es otra cosa que colonialismo con poncho.
Cuando el populismo todavía no había penetrado las tierras bajas, las comunidades vivíamos con mayor autodeterminación. Hoy todo se consulta afuera, todo se define afuera. Y mientras tanto, el indígena sigue siendo pobre, utilizado como bandera electoral.
La pobreza como negocio político
La izquierda populista necesita pobres. Necesita necesitados. Porque si la gente progresa y se vuelve económicamente libre, deja de depender del bono, del dirigente y del favor político. Una persona libre ya no es fácil de manipular. Por eso le molesta tanto el individuo que produce solo, que trabaja su tierra, que decide sin pedir permiso. Rompe el esquema del sometimiento colectivo.
Vi, una vez más —esta vez con más bronca—, cómo la dirigencia indígena pactó con la COB, la CSUTCB, los ponchos rojos: las mismas organizaciones que avalaron y aplaudieron los avasallamientos de territorios indígenas, la invasión de áreas protegidas, la contaminación de los ríos y los incendios en la Chiquitanía. Pero son éstas las que hoy se rasgan las vestiduras hablando de defender a los pueblos originarios.
La tierra no puede ser una jaula
Defiendo el medioambiente con convicción, porque nací rodeado de bosque chiquitano, porque de ello depende la supervivencia de la tierra. Pero me pregunto: ¿por qué salvar el planeta debe significar condenar eternamente a los pueblos originarios a la miseria?
Derogar la Ley 1720 sin debatirla, sin consulta real y sin adecuaciones regionales demuestra que el objetivo fue mantener intacto el sistema de control. Tener tierra que no se puede aprovechar es como tener un auto al que no se le puede sacar ningún provecho.
La libertad del ser humano sigue siendo el derecho más sagrado. Y defenderla no es traicionar a los pueblos originarios. Es, exactamente, lo contrario.
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