El reformismo gradualista del gobierno está entrando en una nueva etapa, mucho más incierta de lo que se podía esperar. Varias situaciones contingentes están complicando su desarrollo, sin que se perciba aún cómo serán resueltas sin nuevos daños en la credibilidad del oficialismo. Sin embargo, quizás lo más complejo, es el deterioro de las condiciones que determinarán el éxito o fracaso de las difíciles decisiones que tendrán que tomarse en los próximos meses.
Hace unos meses, propuse en esta columna, en “Gradualismo y contingencias”, una hipótesis de lectura sobre el devenir del gobierno. Argumente que se había tenido que asumir un enfoque gradualista de la estabilización económica. Al final, el desenlace del conflicto sobre el DS 5503 y sus propias limitaciones de origen les obligaron a asumir un proceso paulatino y secuencial de ajustes económicos y no la tan fantasmeada vía del shock. No me pareció un mal escenario.
Sin embargo, aunque la reducción de las subvenciones a los combustibles representó una señal potente de un cambio que iba por la buena ruta y que además resultó barata en términos políticos, estaba claro que el proceso no estaría completo, al menos, hasta la normalización del esquema cambiario. El éxito coyuntural parcial no debía ser confundido con un fin de ruta, era un hito clave, pero había en el horizonte retos igual de complejos.
Sabemos que la solución de los desequilibrios económicos requiere de un conjunto integral y coherente de políticas macroeconómicas y sectoriales, que no se resuelve con una sola medida, por muy necesaria o simbólica que sea esta, como fue el fin de las subvenciones. Y la gradualidad implica que ese conglomerado de acciones no se realice de golpe, sino en un periodo largo de tiempo, dosificando hábilmente la implementación de sus varios componentes.
A priori, este enfoque suele ser políticamente menos traumático, pero exige disciplina estratégica, pericia táctica, sangre fría y reconozcámoslo… mucha suerte. El solo hecho de ampliar el tiempo de cualquier proceso decisional, introduce siempre riesgos: de creerse la historia de que somos unos cracks después del primer gol, de confundirse sobre el sentido del proceso y particularmente de ahogarse en el torbellino de contingencias imprevistas que aparecerán en la ruta.
Algo de eso se está observando en la apuesta gubernamental. Desde hace un poco más de un mes, el oficialismo no logra salir del pantano de la “gasolina basura”, día que pasa el desangramiento de su credibilidad se acelera y nada parece funcionar, a lo que se agrega el brutal ruido de las decenas de controversias, bulos y escandaletes que emergen cotidianamente. A ratos, incluso me pongo a pensar que el gradualismo se vuelve bastante imposible en el nuevo mundo de la velocidad, polarización afectiva y violencia de las redes sociales digitales.
Lo cierto es que, desde hace un tiempo, el gobierno ha perdido la iniciativa política y comunicacional, anda detrás de las malas noticias, no se le quiere escuchar y sus narrativas están envejeciendo aceleradamente. Tampoco ayuda su ya notoria dificultad para explicar el sentido del proceso completo, incluso entre sus propias filas, lo cual genera una permanente sensación de improvisación e inestabilidad.
Varios colegas insisten en la “falta de agenda” del gobierno, metiendo en una misma bolsa un montón de cosas aspiracionales que sospecho que son poco viables en conjunto: reformas constitucionales, la felicidad democrática, cuasi federalismos o transformarnos en un capitalismo avanzado, cosas así. Cuando me parece que lo crucial es volver a tener certidumbre sobre un único precio del dólar, una inflación controlada, cargar gasolina sin miedo o un sistema financiero normalizado. Creo que eso es lo que espera la mayoría y para lo que fue electo el actual mandatario.
Es decir, no parece buena idea perderse en ilusiones y aspiraciones políticamente difíciles, cuando los fundamentales están crujiendo. La estabilización económica es, para mí, el alfa y omega de la actual coyuntura, ahí se jugará todo. Y ese partido aún no acabo, falta un feroz medio tiempo donde pueden aún golearnos. Y eso hay que tenerlo claro internamente y explicarlo a la audiencia para que no se embelese con ideas tontas.
Por otra parte, tampoco se puede pretender ser inmune a las contingencias, estas introducen disonancias y rupturas, se deben tomar en cuenta y hay que actuar en consecuencia. Hacerse al loco, no sirve de mucho, no pasarán, seguirán erosionando nuestras capacidades. En cristiano, el empute por la calidad de la gasolina debe ser enfrentado seriamente, ya no solo como problema técnico o búsqueda de culpables externos, sino también como una bronca emocional legitima y un inmenso problema de confianza.
De igual modo, tampoco se puede pretender que los oleajes externos que están complicando la gestión económica de todos los gobiernos no nos afectarán, no somos marcianos ni tenemos inmunidad. El segundo semestre seguirá siendo un tiempo de petróleo caro, mercados globales inestables y un crecimiento lento y volátil. En esa cacha habrá que desplegar el segundo momento de la política económica.
A punto de entrar en la cancha, con las tribunas expectantes, el técnico no puede equivocarse, hay un segundo tiempo, por muchos goles que se hayan metido en el primero, todo se definirá en los siguientes 45 minutos. Entre tanto, está lamentablemente lloviendo, la cancha está embarrada y un par de nuestros jugadores ya están lesionados o fuera de juego, esa es la realidad. Se necesita, insisto, claridad estratégica y mucho orden táctico. Al tiempo.
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