Las elecciones autonómicas ratificaron que estamos lejos de una reconfiguración del sistema de partidos. Estos comicios terminaron siendo básicamente una etapa más de la descomposición del viejo sistema, sin que se perciban tendencias de recomposición claras o fuerzas capaces de reordenar el campo político.
Derrumbado el viejo partido hegemónico, la fragmentación del voto fue la norma, la debilidad de los partidos nacionales un dato de la realidad, al igual que una fuerte desvinculación de grandes segmentos de la población de la disputa electoral.
Los resultados agregados muestran un campo político notablemente disperso, en el cual ningún partido consiguió consolidarse como una fuerza con presencia significativa en todo el territorio nacional.
Esta fragmentación estuvo además acompañada de un porcentaje elevado de votos blancos y nulos, que alcanzaron en el caso de las elecciones de gobernador, al 17,3% del total de votos emitidos en todo el país, casi 8 puntos por encima de lo que se observó en 2021. En cuatro departamentos, La Paz, Potosí, Oruro y Pando, este tipo de preferencias alcanzaron alrededor del 21-23%. En La Paz, esos votos fueron de lejos, en conjunto, la primera “mayoría”.
Hay que tener cuidado en la interpretación de este fenómeno y sobre todo en no apropiarse arbitrariamente de ese dato. No sabemos si fue el resultado del desorden de un proceso en que muchos candidatos y fuerzas fueron inhabilitados, de la proliferación de candidatos y partidos que confundieron a muchos votantes, de la desconfianza en el sistema o de los tres factores combinados.
En cualquier caso, es llamativa la gran incapacidad del actual sistema político para generar interés y atención entre la ciudadanía. Fue un problema de fondo que afecto a casi todas las fuerzas. Aún más, el uso intensivo, por muchos de ellos, de redes sociales tampoco fue demasiado determinante ni solucionó el problema. En algunos casos funcionó, en otros no.
Al final, los grandes triunfadores parecen ser los que usaron adecuadamente las redes pero que fueron sobre todo capaces de construir un personaje o una historia plausible en torno a sus propuestas. Proceso que parece requerir de cierto tiempo y un mínimo de solidez política. En general, fueron comicios en los que se generó poco interés y en muy pocos lugares se construyeron proyectos mayoritarios, lo cual es problemático para la salud de la democracia.
Como ya se dijo, ninguna fuerza política nacional logró un buen resultado. La alianza oficialista Patria acumuló 15,7% del total de votos emitidos para gobernadores, de los cuales el 61% fueron obtenidos en La Paz y Santa Cruz. Aunque consiguió clasificar a cinco candidatos a gobernador a la segunda vuelta, su candidato en Santa Cruz salió tercero, siendo favorito, y Revilla en La Paz apenas acumuló el 15% de preferencias (en votos emitidos).
Tampoco Libre tiene mucho que festejar, consiguió ganar en primera vuelta la gobernación de Pando y clasificar a Juan Pablo Velasco a un disputado balotaje en Santa Cruz, pero su votación acumulada nacional, a nivel de gobernadores, apenas alcanza al 9,6% y su presencia resultó débil en siete departamentos. De igual modo, el “evismo” que buscaba retornar con fuerza al ruedo electoral, consiguió únicamente una notable victoria con Loza en Cochabamba, pero no pudo avanzar significativamente en otras regiones.
Ese desempeño mediocre estuvo acompañado de algunos buenos resultados de ciertas personalidades: Joaquino con Alianza Social en Potosí, Otro Ritter en Santa Cruz o los partidos de Reyes Villa o Cossio en Cochabamba y Tarija. Desempeños muy marcados por los atributos personales de esos lideres y que también explican los logros de algunas fuerzas “nacionales”, pues parece difícil atribuir a un eventual voto “oficialista” o “partidario” lo que obtuvieron Camacho o Revilla en sus respectivos distritos.
Si la dispersión y el debilitamiento de las fuerzas políticas nacionales fue una característica del voto para gobernador, la tendencia se exacerbó aún más en los comicios municipales. Aunque aún no se pudo procesar todos los datos completos, basta ver que, en los veinte (20) municipios más poblados y urbanizados del país, en quince (15) se eligieron a alcaldes pertenecientes a fuerzas de índole local o regional y en catorce (14) de ellos las y los candidatos ganadores obtuvieron menos del 30% de votos.
Aunque llamaron la atención las contundentes victorias de Mamen Saavedra, Johnny Torres, Manfred Reyes Villa, Cronembold y de algunos candidatos “evistas” a alcaldías en el Trópico cochabambino, estos fueron más excepciones que una norma. En general la votación se fragmentó fuertemente en la mayoría de municipios.
Es decir, la dinámica del voto municipal se articuló principalmente en función de los atributos personales de los candidatos o del apoyo de estructuras sociales específicamente locales, y en mucha menor medida por orientaciones políticas nacionales.
Algunas de esas tendencias se fueron desarrollando y amplificando desde hace veinte años, no son nuevas. Basta recordar que, pese a su hegemonía, casi siempre el MAS obtenía resultados mediocres en este tipo de elecciones y que siempre aparecían fuerzas alternativas para disputarle espacios en todo el país.
Sin embargo, caído el único gran partido nacional organizado, el panorama es ahora de una gran diversidad de opciones, de votaciones notablemente dispersas y posiblemente volátiles, de una gran dificultad para movilizar e interesar a la ciudadanía y de una llamativa debilidad de todas las fuerzas nacionales en el territorio.
No sabemos que tipo de gobernabilidad augura este nuevo escenario de la política territorial, tampoco si esta pluralidad, en muchos lugares caótica, traerá una mejor gestión local. Hay una gobernabilidad local a reinventar. Entramos a un nuevo mundo, sin mucha claridad si este será mejor o peor, y menos aún si este podrá evolucionar hacia otro sistema con mayor orden y estabilidad. El tiempo lo mostrará.
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