Como lector asiduo de encuestas, me he ido acostumbrando a analizar con cierta serenidad los vaivenes de la opinión pública. La gestión del Presidente se inicia con una buena evaluación, sostenida por fuertes expectativas de que la situación nacional va a mejorar. Su desafío es mantener ese clima de opinión a medida que la novedad del cambio se disipe y los buenos deseos tengan que ser contrastados con la realidad. Mientras tanto, el exitismo es una tentación que habría que evitar.
Por lo general, la aprobación de la gestión de las autoridades suele ser un indicador de corto plazo de los sentimientos de la gente sobre el desempeño del poder político. Es decir, suele ser volátil y muy sensible a cambios coyunturales. Un buen número en la pregunta sobre aprobación de la gestión gubernamental no siempre refleja la popularidad o la confianza de la ciudadanía en un dirigente o un alineamiento político de largo plazo en torno a sus ideas. Es simplemente una percepción positiva sobre el trabajo de la autoridad en un momento dado, ni más, ni menos.
Revisando series históricas, lo usual es que un presidente recién (re)electo consiga elevados porcentajes de aprobación en los primeros meses de su gestión. Es el reflejo natural de la esperanza que siempre genera una nueva etapa y se explica también porque la mayoría de las personas rara vez se desdicen muy rápido de sus decisiones electorales. Tienen que suceder eventos demasiado disruptivos para contrarrestar la “luna de miel” inicial con la que se estrena cualquier nuevo poder.
Evo alcanzó una aprobación de 80% a tres meses de su primera elección en 2006, 62% y 70% respectivamente en los primeros meses de 2010 y 2015. De igual modo, en abril de 2020, el 64% decía que aprobaba la gestión de Añez, y el 63% en el caso de Luis Arce en enero 2021. Por tanto, el 65% de Rodrigo Paz no desentona con esa serie histórica, es un buen desempeño, pero tampoco es algo demasiado excepcional.
Hay que reconocer, sin embargo, que ese resultado se logró en medio de una acción gubernamental en la que se tuvieron que ejecutar decisiones difíciles, como el fin de las subvenciones a los hidrocarburos y el posterior el conflicto social de enero. Pero, Añez y Arce tampoco la tuvieron fácil liderando un país en medio del COVID y con una sociedad brutalmente polarizada.
La volatilidad de esas opiniones es también otra enseñanza que se debe considerar: Evo era aprobado por menos del 35% a mediados del 2011 después del intento de gasolinazo y el conflicto en el TIPNIS, el apoyo de Añez se derrumbó repentinamente a los dos meses de su momento más alto y si bien Arce mantuvo una buena evaluación hasta bien entrado el 2022, al punto que de ahí emergió su ambición reeleccionista y la intensificación del conflicto interno con Evo, los siguientes años de su mandato fueron un calvario.
Me parece que la aprobación de Paz Pereira tiene que ver fundamentalmente con la estabilidad que ha logrado construir con algunos resultados bastante concretos, como el fin del desabastecimiento de combustibles, la calma en el mercado cambiario informal y paradójicamente con una solución no traumática del conflicto con la COB. Todo lo cual contrasta con el agudo clima de descomposición y de desorden del último año de Arce.
Los bolivianos son pragmáticos y muy realistas. La gran mayoría ya no espera grandes milagros y es muy escéptica frente a las promesas de los políticos, particularmente en lo que concierne a la economía. Saben que su futuro depende principalmente de su propio esfuerzo, quiere mayormente que no les molesten, que les reduzcan la incertidumbre y que nos los agredan alevosamente.
Pero, al mismo tiempo, no hay que equivocarse, hay ciertos humores y creencias sociales que hay que gestionar con cuidado. Una cosa es asumir que la subvención a la gasolina era insostenible, las colas estaban ahí para evidenciarlo, otra que no se diga nada si se percibe que sus salarios e ingresos se derrumban. Por otra parte, cuestiones como la soberanía, el uso de los recursos naturales que la gran mayoría consideran bienes públicos “nacionales” o el radical fastidio frente al abuso de los poderosos están muy instalados.
Es así que la alta aprobación presidencial no es incompatible con la reacción virulenta frente al congelamiento salarial o la eventual “venta del país” a “precio de gallina muerta” que movilizó a grandes grupos en enero y que resucito a la COB, o con el gran respaldo popular que está logrando la propuesta de reducción de salarios de los parlamentarios que impulsa el senador Nilton Condori y su torito.
En pocas palabras, el apoyo y la confianza en el sistema político siguen descompuestos. La anti política sigue siendo el estado de ánimo preferido de las mayorías. La aprobación al presidente es por sus resultados concretos, en contraste con el desastre del que veníamos y también por que no hace demasiadas olas, no es excesivamente ideológico más allá de algunos discursos furibundos, deja laburar y no irrita mucho.
Estamos, sin embargo, lejos del entusiasmo desbordante, el inicio de un nuevo ciclo o semejantes fantasías. Todo es muy contingente, aún inestable, condicionada a resultados y humores volátiles. No es carta blanca para nada. Al contrario, su mayor riesgo está en sobregirarse en la generación de expectativas y grandilocuencias a punta de golpes de efecto que intentan mantener a cualquier costo el estado de ánimo optimista.
Tarde o temprano, las esperanzas excesivas les serán cobradas en resultados constantes y sonantes, algunas ilusiones sembradas tendrán que ser satisfechas, sabiendo que la desilusión es el sentimiento más complicado en cualquier relación personal o social. Las expectativas son poderosas, pero pueden ser también un arma de doble filo, particularmente considerando que la faena estabilizadora no está concluida, que la gradualidad reformista será tortuosa y que quizás aún habrá más sacrificios a demandar al pueblo.
“Memento mori” (recuerda que eres mortal) les susurraban sus soldados a los generales romanos victoriosos durante sus desfiles de triunfo para evitar que caigan en la soberbia y la frivolidad. No está demás repetirlo a los poderosos de turno en estos tiempos tan inciertos y feroces. Al tiempo.
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