Febrero 01, 2026 -HC-

Gradualismo y contingencia


Domingo 1 de Febrero de 2026, 7:00am




En vísperas de carnaval, el país está moderadamente tranquilo, desmintiendo los peores pronósticos, pero lejos del optimismo grandilocuente de algunos. Hay resultados y el gobierno está gestionando bien las expectativas económicas. Sin embargo, varios problemas estructurales siguen ahí esperando el entierro del pepino para reaparecer, mientras se instala un gradualismo, no reconocido oficialmente, a punta de las contingencias de un país con un sistema político devastado y una sociedad vital e insumisa.  

Mike Tyson decía, con gran sabiduría, que todos tienen un plan hasta que reciben el primer puñetazo. Algo de esa malicia de peleador callejero nos puede ayudar a entender la agitada y paradójica puesta en marcha de la política de estabilización del gobierno de Paz Pereira. Suena extraño pero entretenido: casi nada salió como planificado, pero se dieron pasos valiosos y necesarios en la ruta reformista a un costo razonable.

El sueño húmedo del shock neoliberal sanador y rupturista colapso en las calles en un mes, su prematura muerte se firmó en el local de la Federación Campesina Tupac Katari, poderosa señal de que vivimos en un país complejo y que nadie está totalmente muerto en política.  Sin embargo, en esas vueltas retorcidas a las que nos acostumbra la vida, de ese hundimiento emergió un escenario de estabilidad social que terminó por viabilizar el desmantelamiento del esquema de subvenciones a los hidrocarburos, que parecía una tarea tremendamente riesgosa.

Visto con algo más de calma, casi todos los actores del conflicto ganaron algo gracias a que cedieron a sus pulsiones maximalistas, casi un ejemplo de las virtudes del dialogo y el acuerdo, pero a la boliviana, después de gases, zafarrancho, chicotazos, traiciones, amenazas de unos y otros, más de 60 puntos de bloqueo, negociaciones secretas, rupturas públicas y un sinfín de contingencias entre chistosas y tenebrosas. Para los ingenuos que andan con su idea de pactos de la Moncloa o acuerdos nacionales entre encorbatados, esa es la política real.

Así pues, el gobierno tuvo que resignarse a un gradualismo reformista, configurando queriendo sin querer una secuencia de políticas parciales, cada una con sus propias dificultades y que solo cuando se resuelven con mayor o menor conflicto recién habilitan la ejecución de la siguiente medida. Acabamos con las subvenciones, ganamos espacio fiscal para mostrar resultados y dar estabilidad de corto plazo, a la espera de armar un paquete de financiamientos externos que permitan ojalá completar la primera gran etapa del periplo con una normalización del esquema cambiario sin una gran devaluación ni un rebrote inflacionario.

Estamos aún a la mitad de ese camino, vivos, con esperanzas, pero aún con incertidumbres complicadas, conflictos salariales feroces en ciernes, deterioros sociales que no se solucionarán con unos bonos medio michis o el entusiasmo transmitido por los medios de comunicación mainstream y ad portas de negociaciones con el FMI que no serán obvias. El gradualismo tiene sus riesgos, la gestión del tiempo político es más complicada, diría incluso tortuosa y habrá siempre el peligro de que algo falle y todos retrocedamos unos pasos hacia atrás. Pero eso es lo que hay, los conflictos de enero mostraron que no es una opción elegida, fue impuesta por la realidad.

En el otro lado de la vereda, la izquierda social resucito al segundo mes después de su supuesto deceso, como siempre primero en las calles y las carreteras, redimiendo a los dirigentes de la COB y otros gremios, más por necesidad de contar con un liderazgo que por las virtudes o la moralidad de esas dirigencias. Aunque se les debe reconocer que estuvieron a la altura de las circunstancias, no solo por la manera como aprovecharon las sucesivas olas de movilización social azuzadas por los graves errores del gobierno, sino sobre todo por su capacidad de cerrar el pleito en el momento más oportuno.

Los dirigentes populares supieron poner punto final al conflicto y recoger sus ganancias sin confundirse con falsas expectativas revolucionarias, entendiendo la sensatez de las mayorías que se convencieron que las subvenciones eran un espejismo pero que eso no justificaba pérdidas de ingresos y menos aún la subasta de los recursos de la nación a precio de gallina muerta. Eligieron correctamente el sentido de la lucha, avanzaron en lo esencial, esa es una habilidad y al final tienen más poder y recursos, pero vienen nuevas rondas del juego.

En síntesis, en este mundo post-hegemónico, el juego político determinante parece, por el momento, reconstituirse entre el gobierno y la izquierda social corporativa y callejera, dejando de lado a las fuerzas que ocupan la Asamblea o la política institucionalizada, que poco o nada tuvieron que ver en el desenlace de este primer gran momento. Expresión de la implosión del sistema de partidos, que no termina de encontrar reales anclajes en la realidad social y menos aún la representación de las fuerzas que hoy configuran el poder en Bolivia.

Este fenómeno ratifica que las mayorías legislativas o las juntuchas de partidos casi son una ficción en términos de poder, representan a muy pocos y no garantizan gobernabilidad. Razones pragmáticas que ratifican la imposibilidad de un reformismo elitario, impuesto desde arriba, con acuerditos buena onda, obligando al nuevo gobierno a un tortuoso camino de reformas parciales plagado de verdaderas falsas victorias y retrocesos y éxitos más o menos pactados.

La gran cuestión es si el gobierno es consciente del sentido y de las potencialidades de este reformismo a k'ullazos y medio ch'enkoso de liberalizaciones pausadas y matizadas por pulsiones populistas y pactos non sanctos embellecidos por una comunicación grandilocuente obsesionada por alentar expectativas pero que a ratos aburre. Lógica política que es casi una oda al pragmatismo y a la adaptabilidad popular, pero que está lejos de la pureza tecnocrática a la que algunos aspiran.

Convengamos, sin embargo, que no es muy exaltante, pero sí logra resultados, tampoco está tan mal. Es quizás lo que hay en un tiempo de gran incertidumbre, de poder repartido entre corporaciones de encorbatados y nacional populares, y de una política institucional totalmente averiada. Por si acaso, este es solo el inicio, vienen nuevos episodios, agárrense, lo único seguro es que no nos aburriremos.

Aprovecho por agradecer este inicio de colaboración con el equipo de Grover Yapura, contento de la recepción y de la generosidad de los lectores.

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