Estoy en una reunión con varios amigos tomando café, en un local de la zona sur de la ciudad de La Paz, que convoca a mucha gente que toca los temas de actualidad política, pero en nuestro grupo se privilegia el fútbol. Repasamos todos las incorporaciones, contrataciones y refuerzos de los grandes del fútbol paceño y es entonces que me acuerdo de Groucho Marx y la tapa del libro de Guillermo Cabrera Infante que reza: Puro humo…
En el proscenio de un mercado de pases inflamado por la premura y la pirotecnia, conviene recordar que el ruido no siempre deviene en música. La tentación de confundir cantidad con arquitectura, y vértigo con visión, amenaza convertir la planificación en un inventario sin brújula: fichar por fichar, como quien amontona ladrillos sin trazar el plano. Publicado este jueves 15 de enero, este editorial propone mirar con lupa el ímpetu adquisitivo de Always Ready y The Strongest: distinguir el deseo de la necesidad, lo urgente de lo importante, la suma del conjunto.
The Strongest, en 24 horas, presentó seis incorporaciones, y ya avizora otras piezas foráneas para un “modelo 2026” que muta con celeridad, aun mientras programa amistosos de pretemporada y se prepara para la fase 1 de la Libertadores. La salida de referentes y el anuncio de nuevos nombres sugieren una cirugía a corazón abierto en pleno calentamiento: vigor y riesgo, impulso y prudencia, en pugna. Es un carrusel que puede acelerar el ensamblaje, o dispersar el sentido: lo uno y su antónimo conviven en el mismo vestuario.
Como puntal de ese afán, el arribo de Carmelo Algarañaz encapsula la paradoja: un delantero con recorrido, llamado a suturar vacíos dejados por partidas relevantes, entre ellas las de Joel Amoroso y Juan Godoy, que tomaron la ruta hacia Always Ready. Las cifras del atacante en Grecia y su historial local dan textura al fichaje, pero un buen argumento abundante no reemplaza el encaje táctico: experiencia y aprendizaje, sí; pertinencia y oportunidad, quizá. El refuerzo puede ser brújula o espejismo, según el uso y la dosificación.
En la otra orilla, Always Ready ha encadenado anuncios que dibujan un mosaico exuberante: siete nombres que abarcan juventud y oficio —Nicolás Villarroel, Juan Godoy, Richet Gómez, Pablo Lima, Luis Caicedo, Joel Amoroso y el argentino-boliviano Máximo Mamani—, bajo el argumento de consolidar al vigente campeón y blindar su travesía continental. El contraste aflora: sumatoria y cohesión no son sinónimos, densidad no equivale a dirección. Un plantel ancho puede resultar profundo o, por el contrario, superficial; robusto o inflado; virtuoso o redundante, según cómo se ordene la partitura.
En definitiva, gastar no es invertir, y coleccionar no es construir. Si la temporada se aproxima como un tablero de ajedrez, la urgencia por llenar casillas puede trocarse en un juego de damas: movimientos rápidos, visión corta. Fichar “como sea, lo que sea y como venga” es la receta para confundir abundancia con excelencia, cantidad con criterio, promesa con propósito. La antítesis virtuosa —menos y mejor; pausado y preciso; específico y necesario—, sigue siendo la brújula que separa el proyecto de la improvisación.
El frenesí de contrataciones que hoy agita las aguas del fútbol boliviano puede interpretarse como un signo de vitalidad interna: los clubes se mueven, invierten, renuevan, y ello, en apariencia, fortalece la competencia doméstica. Sin embargo, la paradoja se revela cuando se observa el horizonte internacional: la Copa Libertadores y la Copa Sudamericana exigen un nivel de jerarquía que no se advierte en los fichajes anunciados. Es como construir un palacio con materiales de buena factura local, pero sin mármol ni columnas que resistan el peso de la mirada continental.
La ausencia de incorporaciones de renombre internacional sugiere que el objetivo inmediato no es trascender más allá de las fronteras, sino consolidar la hegemonía en la División Profesional 2026. Se privilegia la cantidad sobre la calidad representativa, como quien llena una biblioteca con volúmenes repetidos, sin adquirir la obra maestra que otorga prestigio. El mensaje implícito es claro: avanzar hasta donde se pueda en los torneos internacionales, pero sin hipotecar recursos en figuras que podrían marcar diferencia en escenarios más exigentes.
De este modo, el plan parece proyectarse hacia un futuro diferido: competir con vigor en el campeonato nacional, asegurar un boleto a la fase de grupos en 2027, y recién entonces aspirar a un salto cualitativo. Es una estrategia de acumulación gradual, donde el presente se sacrifica en aras de un mañana hipotético. La antítesis se impone: vigor interno frente a fragilidad externa, abundancia doméstica frente a escasez continental, esperanza futura frente a resignación inmediata.
¿Y Bolívar?
La Academia paceña atraviesa un presente marcado por la resignación: en el año de su centenario no logró conquistar título alguno y ahora parece conformarse con renovar gran parte de su plantilla, prescindir de algunos nombres y sumar refuerzos de bajo perfil. El eco de los fichajes rimbombantes de antaño se desvanece, dejando en su lugar una estrategia discreta, casi austera, que contrasta con la tradición de grandeza que el club suele proclamar.
La carencia de un gerente deportivo de primer nivel se torna evidente. Sin esa figura que articule la visión técnica con la dirigencia, Bolívar ha caído en un círculo vicioso: fichar jugadores que terminan más tiempo en la enfermería que en el césped, mientras se pagan salarios elevados que no se traducen en rendimiento. La ausencia de planificación rigurosa ha convertido la inversión en gasto, y la ilusión en frustración.
A ello se suma un problema de arraigo: los futbolistas de mayor calidad prefieren emigrar, pues no se sienten cómodos viviendo en La Paz, pese a que ganan sueldos extraordinarios. Así, la Academia se ve obligada a sostenerse con quienes aceptan permanecer, aunque no siempre sean los más idóneos para competir en escenarios de exigencia. El resultado es un proyecto que se achica en ambición, mientras la hinchada observa cómo la promesa de grandeza se diluye en la rutina de la medianía.
En conclusión
El panorama revela una verdad incómoda: el fútbol boliviano, pese a sus esfuerzos internos y su dinamismo en el mercado de fichajes, continúa distante de las exigencias internacionales. La ilusión doméstica contrasta con la realidad continental, donde la falta de jerarquía y planificación estratégica se traduce en participaciones efímeras. El lector, al repasar este escenario, no puede sino asentir con la cabeza y reconocer que, mientras se privilegie la inmediatez sobre la visión, el balompié nacional seguirá siendo un protagonista menor en la escena sudamericana.
…la taza de café está vacía, el tema está terminado, cada uno se retira a su casa. Una imagen no se aparta de mi memoria… ¿Qué quiso decir Groucho Marx cuando dijo “este habano, es puro humo”?
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