En Bolivia, la violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad que se manifiesta con nuevos rostros, nuevas rutas y nuevas tecnologías, pero con la misma raíz que arrastramos desde hace generaciones. No se trata de un tema agotado ni de un problema resuelto: sigue allí, en la vida cotidiana de miles de mujeres que enfrentan obstáculos para desarrollarse, trabajar, opinar, liderar y vivir con libertad. Estos 16 días de activismo nos interpela y provoca a mirar de frente un fenómeno que se expande en distintos ámbitos y sin recibir la atención que merece.
El encuentro entre mujeres periodistas y representantes de la Unión Europea sirvió a colegas periodistas y comunicadoras para compartir sus experiencias concretas de violencia digital que intenta silenciar sus voces, presiones laborales que limitan su crecimiento, descalificaciones simbólicas que afectan su credibilidad y formas de violencia económica que siguen frenando la autonomía de muchas. No eran denuncias aisladas: eran vivencias recurrentes que muestran cómo la violencia se adapta, se infiltra y se sostiene en diferentes escenarios.
En ese diálogo, la presencia de embajadores y autoridades de la Unión Europea no pasó desapercibida. Su disposición para escuchar, comprender y analizar lo que ocurre con las mujeres en los medios reflejó un compromiso serio con la defensa de los derechos humanos. Esa escucha abre caminos para conectar nuestras realidades con agendas globales que buscan fortalecer la protección de las mujeres en todas sus dimensiones.
La violencia que enfrentamos hoy no se reduce a un solo tipo, la vemos en la pantalla cuando una mujer es atacada por opinar; en la oficina cuando su trabajo es subvalorado; en el salario cuando su aporte no recibe el mismo reconocimiento; en el lenguaje que se sigue utilizando para deslegitimarla; y en la carga de cuidados que todavía recae casi por completo sobre sus hombros; cada una de estas formas la limita, la condiciona y, en algunos casos, la expone a riesgos.
Por eso, desde los ámbitos públicos y privados se deben generar respuestas claras y sostenibles, deben convertirse en acciones que protejan, acompañen y garanticen condiciones dignas para todas las mujeres, incluidas las que trabajan en los medios y que, además de informar, suelen cargar con agresiones que buscan apagar su voz.
Lo que vivimos en este encuentro nos recordó algo esencial: cuando las mujeres hablan, se abren caminos y cuando quienes tienen capacidad de incidencia, como las y los representantes diplomáticos, que, además, escuchan con atención y sensibilidad, esos caminos pueden transformarse en políticas, programas y alianzas que realmente fortalezcan la vida de las mujeres y una construcción de equidad en la sociedad.
La violencia cambia de forma, sí, pero mientras siga existiendo, nos toca nombrarla, comprenderla y actuar; no desde la confrontación, sino desde la convicción de que una sociedad más justa no se construye sola, se construye escuchando, articulando esfuerzos y tomando decisiones que pongan la dignidad de las mujeres en el centro, y eso es algo que Bolivia sí puede lograr con voluntad, con alianzas y con la garantías para las mujeres.
///



