Estas últimas semanas he leído mucho sobre la nueva realidad que nos depara la IA. Cada vez se escuchan más voces que auguran que muchas profesiones y trabajos están en riesgo de desaparecer y que, por lo tanto, el campo laboral experimentará un cambio significativo que requerirá capacidad de adaptación.
Un área que ocupa mi atención e interés es la educación y la formación. No cabe duda de que la IA es capaz de entregar información y datos no solo de manera veloz, sino también con cada vez mayor precisión. Sin embargo, en este campo, la IA es incapaz de dar ejemplo, inspirar o tocar el corazón.
En medio de estas reflexiones, me acordé de Humberto Maturana y de sus valiosos aportes a la comprensión de la educación. Utilicé a este autor chileno en mi tesis de maestría y creo que hoy, más que nunca, su pensamiento es fundamental para poner en valor a los educadores.
Según Maturana, al momento de educar ocurre una transformación en la convivencia. En el encuentro entre el educador y los niños, ambos se transforman. Esto comienza cuando el educador configura un espacio relacional de aceptación mutua y legítima. Ninguno de los dos queda ajeno al cambio.
Es por eso que Maturana considera a los educadores una pieza clave. Son ellos quienes legitiman a los estudiantes al aceptarlos y respetarlos en su proceso de transformación, en ese tránsito hacia la adultez, pero también desde su presente. Son los maestros los encargados de gestar espacios de acción y reflexión, de tal modo que puedan contribuir a la continua creación y conservación del mundo.
El maestro deja de estar preocupado por la entrega de saberes; su interés se centra, más bien, en despertar en los niños las ganas de saber, de conocerse y de interactuar con el mundo a través del lenguaje y la reflexión.
En tiempos de inteligencia artificial, el desafío de la educación no es solo transmitir conocimientos, sino formar personas capaces de comprender el mundo, relacionarse con otros, actuar con autonomía y tomar decisiones éticas. Y en esa tarea, el maestro sigue ocupando un lugar fundamental: no solo por lo que sabe y enseña, sino por su capacidad de inspirar, de abrir espacios de reflexión y de reconocer en cada niño a una persona que, desde su presente, puede transformar el futuro.
Cierro diciendo que educar es mucho más que aprender; es aprender a ser y a convivir con otros.
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