La reciente muerte de Presley Gerber, hijo de la modelo Cindy Crawford, vuelve a poner sobre la mesa una realidad dolorosa: las adicciones y los problemas de salud mental pueden afectar a cualquier familia, sin importar su fama o situación económica.
Presley tenía 27 años y murió hace pocos días en un centro de rehabilitación de California. Había hablado públicamente sobre sus problemas de salud mental y consumo de sustancias. La causa oficial de su muerte todavía no ha sido determinada, aunque la Policía investiga una posible sobredosis. Por respeto a su familia y a la verdad, no corresponde adelantar conclusiones. Su muerte, sin embargo, obliga a preguntarnos por qué tantas personas continúan perdiendo la vida incluso cuando buscan ayuda.
La salud mental atraviesa una crisis mundial. La OMS estima que en 2023 alrededor de 1.200 millones de personas —casi una de cada siete— vivían con algún trastorno mental. La ansiedad y la depresión son los más frecuentes, pero la mayoría de quienes los padecen no recibe atención eficaz. Las adicciones forman parte de esta crisis. No son una falta de voluntad, un defecto moral, ni una conducta que pueda corregirse únicamente mediante castigos. Son problemas complejos en los que interactúan la salud mental, el trauma, la historia familiar, la pobreza, la violencia, la exclusión, el entorno y las características de cada sustancia.
El Informe Mundial sobre las Drogas 2025 calculó que 316 millones de personas consumieron alguna droga en 2023, sin contar el alcohol ni el tabaco. Millones desarrollaron trastornos relacionados con ese consumo, pero solo una pequeña proporción recibió tratamiento. El alcohol, aunque legal y socialmente aceptado, continúa siendo una de las sustancias que mayores daños ocasiona.
En Bolivia no contamos con información nacional suficientemente actualizada y periódica. Esta carencia también es parte del problema; lo que no se mide adecuadamente no puede prevenirse, ni atenderse mediante políticas públicas eficaces.
El perfil elaborado por la OPS señala que los trastornos mentales, neurológicos, por consumo de sustancias y el suicidio representan aproximadamente el 14% de la carga de enfermedad del país. En la región, entre el 75% y el 90% de las personas con estas condiciones no recibe la atención que necesita.
Los estudios disponibles muestran, la centralidad del alcohol. Una investigación sobre población universitaria boliviana encontró que el 56,8% había consumido alcohol durante el año estudiado y que una proporción importante presentaba patrones de consumo riesgosos.
A esta realidad se suma una red insuficiente de servicios públicos, pocos profesionales especializados, costos que muchas familias no pueden asumir y centros de rehabilitación con enfoques y niveles de calidad muy diferentes. Algunos realizan un trabajo responsable; otros se limitan al encierro, la disciplina, la abstinencia forzada o prácticas de orientación religiosa que no siempre cuentan con respaldo clínico.
Un centro de rehabilitación no constituye por sí mismo una solución. El aislamiento temporal puede interrumpir el consumo, pero si no existen un diagnóstico adecuado, psicoterapia, atención médica, actividades educativas y ocupacionales, acompañamiento familiar, reinserción social y seguimiento después del alta, la persona vuelve al mismo entorno y a los mismos sufrimientos que alimentaron su dependencia.
Los medicamentos psiquiátricos cuando existe un diagnóstico correcto, seguimiento profesional y evaluación periódica, pueden aliviar síntomas, evitar crisis y salvar vidas. Asimismo, determinados medicamentos han demostrado eficacia para tratar la dependencia del alcohol, los opioides y otras sustancias.
El problema aparece cuando la atención se reduce a recetar mediante diagnósticos apresurados, combinaciones de varios fármacos, ausencia de psicoterapia, falta de seguimiento o medicación utilizada para silenciar el sufrimiento sin comprender sus causas.
La recuperación requiere un modelo integral y personalizado. No existe una receta única. Una persona puede necesitar medicamentos; otra, terapia psicológica intensiva; otra, tratamiento de un trauma; y muchas necesitarán simultáneamente apoyo familiar, vivienda, educación, empleo, ejercicio, arte, vínculos comunitarios y un proyecto de vida.
En los últimos años ha crecido el interés científico por los psicodélicos y por sustancias de origen vegetal denominadas “enteógenos” empleadas en contextos tradicionales, espirituales o rituales. Entre ellas se encuentran la ayahuasca, la psilocibina presente en determinados hongos, la mezcalina y la ibogaína. No son remedios milagrosos ni sustancias inocuas. Tampoco deberían confundirse las prácticas ancestrales con la venta comercial de experiencias psicodélicas sin controles.
Estas terapias no deben ser utilizadas mediante automedicación, ceremonias improvisadas ni centros sin personal capacitado. La preparación, la selección clínica de pacientes, el consentimiento informado, la supervisión médica y la integración psicoterapéutica posterior son indispensables.
El desconocimiento y las políticas exclusivamente punitivas han colocado muchas de estas sustancias en un mismo saco, dificultando la investigación científica y criminalizando, en ocasiones, prácticas indígenas que existían mucho antes que las actuales legislaciones sobre drogas. Esto no significa legalizar indiscriminadamente cualquier sustancia, ni autorizar negocios sin regulación. Significa diferenciar entre narcotráfico, consumo problemático, investigación médica y uso tradicional. También supone reconocer los conocimientos de los pueblos indígenas, impedir su apropiación comercial y establecer protocolos rigurosos para la investigación.
Bolivia, país megadiverso y plurinacional, podría promover investigación interdisciplinaria sobre plantas medicinales y conocimientos ancestrales, con participación de universidades, autoridades sanitarias y pueblos indígenas. Pero debe hacerlo con ética, evidencia científica, protección de los saberes colectivos y sin convertir la desesperación de las familias en un mercado.
La salud mental no se recupera silenciando los síntomas. Se recupera escuchando a la persona, comprendiendo su historia y ayudándola a reconstruir vínculos, autonomía y sentido de vida.
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