Octubre 03, 2026 -HC-

El peligro de apostar por la mentira en la política


Miércoles 30 de Septiembre de 2026, 10:30am






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¿Sobre qué se miente en política? ¿Qué se intenta modificar, contrariar o tergiversar? ¿Cuál es el lugar de la mentira en el ámbito político y cuál es su relación con la verdad? ¿Por qué es imprescindible mentir? ¿Por qué para los políticos decir la verdad no es rentable, no es una opción? ¿Por qué la verdad no es atractiva? ¿No debería serlo acaso? ¿Por qué los políticos mentirosos triunfan en política?

​Para muchos es el pecado original del ejercicio de la política: hacer de la mentira una bandera de lucha, un discurso enajenado, una postura farragosa, un cinismo pendenciero y burdo que se monta en un teatro de operaciones para embaucar a la mayor cantidad de gente.

Es, sin duda alguna, una mala conducta social y política. Es un atentado consciente contra las bases mismas del tejido social que une a toda una sociedad: la confianza entre unos y otros.

​Pero esto es más rebuscado todavía. No basta con fabricar una mentira, un cuento falso. El mentiroso, en este caso el político, debe echarle muchas ganas y esfuerzo, considerable tiempo y, sobre todo, cuantiosos recursos.

​Mentir cuesta y el gasto es formidable. Es un ejercicio mental constante para evitar que descubran tu impostura. Es una actitud que amerita, a diario, un esfuerzo denodado que carcome a cualquier persona con un mínimo de sentido común.

Consume energía porque debe estar todo el tiempo alerta por si lo descubren. Debe tener estrategias de contraataque por si intentan derribar su engaño. Debe estar siempre a la defensiva, porque sabe que lo que se montó es un embuste. Debe estar dispuesto a defenderla a diestra y siniestra como si fuese una verdad. Es, sencillamente, fatigoso ubicarse en el lado de la mentira.

​Entonces, ¿por qué mentir? A diferencia de otras formas de gobierno –digamos las tiránicas, en las que la mentira, engaño u ocultamiento son una estrategia deliberada para imponer un orden desmedido o sacar una clara ventaja política, como sucede en Rusia con Putin y su enfermiza invasión en Ucrania; con los narcocorruptos hermanos Castro y su perniciosa revolución en Cuba; el grotesco matrimonio déspota Ortega-Murillo en Nicaragua; Morales en Bolivia y su burdo Estado Plurinacional y, luego, Arce-Choquehuanca, y el falso discurso indigenista e industrial–, la mentira en democracia busca filtrar, deslizar e inculcar una narrativa pérfida como verdadera, siendo, por supuesto, una clara impostura, construida de manera expresa y deliberada.

​Pero no es suficiente. Para que el resultado –la treta– sea enarbolado sin tapujos ni remilgos, el político debe defenderlo a destajo y está obligado a que todos los demás, forzosamente, acepten esa impostura a rajatabla como si fuese una verdad incontrastable.

Una suerte de puesta en escena bien guionada que sustenta una fachada apilada en el engaño y la defraudación deliberada y consciente, que termina siendo la gran maniobra, la gran opereta, para el inicio de un juego sucio, pendenciero y, por lo demás, burdo.

​Dicho de otro modo, mientras que la mentira vulgar no busca su contraste con los datos duros de la realidad, o un simple esfuerzo adicional para maquillarla como verosímil; la mentira en política y en democracia, de manera intencional y agresiva, basa sus cimientos en una conducta abiertamente premeditada.

Debe reajustar datos, maquillar y tergiversar hechos factuales, construir historias o, mejor aún, rehacer la historia en beneficio propio y machacar a diario, sin pausa ni descanso, esa mentira política sobre la verdad, hasta aplastarla en función de intereses específicos.

​¿Pero por qué esta clase de política, mentirosa y pendenciera, virulenta y estéril consigue rédito político y logra instalarse, con frecuencia, de espaldas a los intereses y las preocupaciones reales de cada sociedad? Incluso si aún lo hace, a menudo, en su propio nombre, con rebuscadas escenificaciones y hasta esquivándole al escándalo o a la vergüenza.

​Apelan a la ficción –desde la consabida falacia de que las piedras tienen sexo, relojes al revés, supuestos campesinos honestos sobre supuestos citadinos ladrones y flojos, falsas nacionalizaciones y obras corruptas, modelos económicos inexistentes, ajustes sin ajustes– y a una farsa continua y enmascaramiento de todo para asegurarse una mirada obtusa que intenta por todos los medios negar la genuina discusión política institucional.

La que debería ocuparse de debatir y planificar cómo resolver los problemas de la gente, defender sus derechos, atender su salud, garantizar su seguridad, gestionar el crecimiento y el bienestar económico, promover educación y no adiestramiento ideológico, y mejorar la calidad de vida de los bolivianos, profesionalizando la gestión pública desde un plan estratégico integral y no por copamientos.

​El resultado inmediato de abrazar la mentira, con tanto ahínco, como estrategia política es que los bolivianos ya no contamos con referentes confiables, con líderes políticos genuinos, con actores públicos coherentes y eficientes.

​Todo parecería apuntar a que todos son mentirosos por default. Porque debe ser así. Ser mentecatos del poder. Hacer de la política un oficio miserable. Un rol detestable, tanto o más que el propio ladrón y mentiroso de barrio.

​Apelar a la trampa y a la mentira para embolsillarse el poder –o para no soltarlo–, aun a costa de traicionar la confianza pública en democracia, descalificando, saboteando o agrediendo al adversario, es la mejor y más eficiente manera de dinamitar a un país entero, dejándolo sin futuro ni esperanza.

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