Septiembre 03, 2026 -HC-

El ocaso de un Dios de barrio


Jueves 3 de Septiembre de 2026, 6:30am




...

El anuncio llegó, como suelen llegar las despedidas verdaderamente históricas, sin estruendo previo y con la discreción de una carta manuscrita. Lionel Messi comunicó su retiro de la selección argentina apenas cuarenta y tres días después de la final del Mundial 2026, aquella que Argentina perdió ante España en tiempo suplementario, y semanas después de sepultar a su padre, Jorge Messi, fallecido a comienzos de agosto. La noticia, redactada el 21 de julio, pero publicada recién el 31 de agosto, cierra un ciclo de veinte años en los que el rosarino disputó 207 partidos y anotó 125 goles, cifras que lo consagran como el futbolista con más presencias y más conquistas en la historia albiceleste. No hay estadística, sin embargo, capaz de traducir lo que esa camiseta significó para un país entero.

El periodismo argentino, ese gremio que nunca ha sabido —ni querido— ser tibio, respondió con la efusividad que lo caracteriza: titulares que hablan de "el fin de una era", editoriales que rozan lo hagiográfico, análisis que oscilan entre la nostalgia y la épica. Es un periodismo que no informa: celebra, llora, invoca. Y en esa aparente falta de distancia crítica reside, paradójicamente, su mayor virtud: la honestidad de admitir que la objetividad absoluta es, ante ciertos acontecimientos, una quimera tan noble como inalcanzable.

El hincha argentino, por su parte, ha vivido estos días con la desmesura que solo el amor futbolero permite. No hay antónimo más exacto de la indiferencia que la reacción popular ante esta noticia: llantos en las plazas, homenajes espontáneos, camisetas colgadas en balcones como si se tratara de un luto cívico. Se trata de una pasión que la razón fría difícilmente podría justificar del todo, pero que encuentra su lógica propia en una experiencia colectiva: la de haber visto crecer, sufrir y finalmente triunfar a un ídolo que encarnó, durante dos décadas, las alegrías y frustraciones de una nación entera. Ni qué decir de las redes sociales y el “boom” inmediato de la “viralización informativa” sobre este hecho.

Frente a esta efervescencia emocional se erige otra mirada, más serena, que observa el fenómeno desde la distancia templada de quien entiende que ningún reinado es eterno. Esta perspectiva no niega la grandeza, la contextualiza: reconoce en Messi al último gran representante de una estirpe de futbolistas totales, comparable en dimensión histórica a Pelé, a Cruyff, a Beckenbauer, hombres que trascendieron el rectángulo verde para convertirse en metáfora de sus respectivas épocas. Pero comprende también que el tiempo —ese acreedor implacable que jamás condona deudas— le ha cobrado a Messi, como se lo cobró a todos ellos, el precio inevitable de la despedida. No hay heroísmo deportivo que escape a esta ley: se trata, más que de una excepción, de la confirmación de una regla tan antigua como el propio deporte.

Existe además una tercera mirada, minoritaria pero real, que conviene no silenciar en nombre de una imparcialidad genuina: la de aquellos aficionados que jamás reverenciaron a Messi con la devoción casi religiosa de las mayorías. Para ellos, el rosarino fue siempre un emblema mediático más que un objeto de culto personal, un símbolo institucional de la selección antes que un ídolo íntimo. Esta mirada, lejos de ser una anomalía, recuerda que ninguna gloria es unánime y que la grandeza, medida en admiración universal, es siempre una construcción parcial, nunca total.

Resulta pertinente, en este contexto, recuperar una distinción que el periodismo deportivo argentino formuló hace tiempo y que hoy vuelve a resonar con fuerza singular, pues quien la pronunció, el veterano cronista Ernesto Cherquis Bialo, ya no está entre nosotros para reformularla. En una entrevista televisiva, consultado sobre la diferencia esencial entre Maradona y Messi, Cherquis Bialo trazó una analogía memorable: mientras Maradona fue descrito como una suma contradictoria de extremos —el barro y las siete estrellas, la celebridad y la caída, el padre protector de propios y ajenos—, Messi fue definido como "la criatura lógica" que se desarrolló dentro de una contención ordenada, casi institucional. Uno, sugería el periodista, se comportó como un hombre pleno de fisuras humanas; el otro, como una entidad casi corporativa, disciplinada hasta en su desborde. Es una distinción que, sin jerarquizar talentos, ilumina dos formas antagónicas de habitar la idolatría.

Pensada desde categorías más filosóficas, esta despedida invita a una reflexión que excede lo estrictamente futbolístico: la de cómo toda existencia consagrada a la excelencia termina, tarde o temprano, confrontada con su propia finitud. No hay proyecto humano, por glorioso que sea, que pueda sustraerse a la condición temporal que lo define; el atleta, como cualquier sujeto que se realiza en el hacer, encuentra en el límite biológico no una derrota sino la confirmación de su propia autenticidad. Messi no se retira vencido: se retira consciente, en un acto que bien podría leerse como la aceptación serena de que toda plenitud contiene, desde su origen, la semilla de su propio final.

Lo cierto es que, entre el fervor y la mesura, entre quienes lloran y quienes observan con distancia, el fútbol argentino atraviesa un momento bisagra cuya magnitud solo el paso de los años terminará de dimensionar. Messi deja una selección sin su capitán histórico, pero también deja una pregunta abierta y fértil: ¿cómo se construye una identidad futbolera después de que su figura más luminosa decide, finalmente, apagar la luz? La respuesta, como toda gran despedida, no pertenece únicamente al pasado que se cierra, sino al futuro incierto que apenas comienza a escribirse.

Messi y la lógica inapelable del tiempo.

///