“A sangre fría” de Truman Capote nos enseña que comprender un crimen no significa justificarlo; la opinión pública en Bolivia debe comprender lo que está detrás del caso Beller-Cerimedo y como los seres humanos se involucran en redes de corrupción hasta configurar una cleptocracia (o si se quiere la comisión de delitos contra el Estado y contra los bienes públicos). Previo algunos prolegómenos en adelante veamos las tensiones y múltiples perspectivas que subyacen tras las denuncias de Nadia Beller, que lejos de aclarar, dificultan comprender como opera a sangre fría la cleptocracia y cuyas consecuencias deletéreas para la democracia se nuclean en torno a la consolidación de facciones en el poder, la ampliación del capitalismo de camarillas y la llegada de la jungla.
¿Qué grado de penetración de la corrupción se ha producido en el Estado boliviano? ¿Todavía podemos afirmar que la democracia puede gestionar la oscuridad de la gestión pública y proteger a los ciudadanos o, la opacidad de la autocracia ha triunfado?. Ni democracia ni autocracia son hegemónicas, así como Antonio Gramsci consideraba que la corrupción es una modalidad de poder que se encuentra a medio camino entre el consenso y la coerción, en Bolivia se ha instaurado en ese medio término una cleptocracia que viene a ser una degeneración del régimen político; la cleptocracia es el nivel último de descomposición de un gobierno; a decir del profesor italiano Giulio Sapelli (1998) la cleptocracia es “el resultado de la conexión entre monopolios/oligopolios económicos y el clientelismo político, lo que genera un neopatrimonialismo invisible pero dominante en las sociedades contemporáneas. La cleptocracia asegura que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial estén capturados, garantizando que la corrupción se perpetúe”.
El principio de razón pública en la función pública ha sido abandonado en el Estado boliviano y el reclutamiento del personal del Estado y de la propia clase política elegida para gobernar mediante meritocracia y virtudes prácticamente es inexistente; día que pasa nos alejamos más del ideal y de la praxis de la política entendida como virtud cívica o virtudes republicanas (hay que recordar que para el pensamiento político clásico el orden virtuoso era la república aristocrática y que los antiguos identificaban cuatro virtudes importantes, a saber: la justicia, la valentía, la inteligencia práctica y la templanza).
Nadia Beller ha denunciado que el presidente de Bolivia no gobierna, que es Cerimedo quien le administra todos sus negocios, que tiene operadores del narcotráfico; de lavado de dinero efectivo a dinero digital, que facciones dentro de la policía, la judicatura, las fuerzas armadas y los ministros de Estado están bajo el mando único del argentino y de la hija del presidente. El hashtag instalado por Cerimedo “Brasil fue robado” demuestra que la política hoy es una guerra de facciones organizadas a nivel internacional (como la CEPAC internacional ultraderechista) y se libra entre la desinformación, la guerra sucia y los chatbots en las redes sociales. Gurús de la desinformación, de la manipulación electoral, del uso de bots, como Steve Bannon, Brad Parscale, Tim Dunne, Javier Negre, Ricardo Salinas Pliego, Jaime Duran Barba, Fernando Cerimedo y milicias digitales de la nueva derecha han desatado una “batalla cultural” contra la izquierda y contra los gobiernos progresistas de América Latina, ayudando a llegar al poder a la ultraderecha y a gobernar con grupos facciosos y lumpen “para que nunca más la izquierda vuelva a esos gobiernos…para poder recuperar la libertad” y, cuya inmoralidad en ascenso ha contribuido a la creación de una teocracia tecno-totalitaria. La cleptocracia en el poder se puede entender como la consolidación de un hobbesiano espíritu de facción con dobles fidelidades y legitimidades que dejan fuera al grupo social o biológico al cual no pertenecen. En “De Cive” Thomas Hobbes dirá sobre el espíritu de facción “Llamo facción a una multitud de súbditos que se reúnen, bien por contratos mutuos entre ellos, bien por el poder de alguno en particular, sin la autorización de quien ostenta el poder supremo. Una facción, por tanto, es como una ciudad dentro de una ciudad…Asimismo, tener el favor del vulgo hasta el punto de poder reclutar un ejército popular, contiene también algo de faccioso, a menos que se den garantías públicas como rehenes, etc., de que no habrá sedición. Lo mismo puede decirse de las fortunas personales, si estas son excesivas. Pues todas las cosas se rinden ante el dinero” (pp. 219 y 220).
Beller afirma que el presidente, su esposa y su familia hacen negociados con los brókeres, con todos los seguros de todas las empresas del Estado, son ellos los que negocian las comisiones; dice tener pruebas en su celular de la corrupción del gobierno y que Viviana cobra Bs.1 por litro de combustible y que ella lo había filtrado incluido el oro y el tankaje de combustible que presuntamente manejaría Natalia Basil en Argentina y que es agente de la CIA. Durante la campaña política de 2025, el actual presidente hizo una oferta electoral que le llamo “capitalismo para todos”, lo cierto es que fue demagogia toda vez que se perpetua el capitalismo de camarillas o capitalismo político, que no es otra cosa que la apropiación del espacio público por pocos que impulsan la desviación de la racionalidad de mercado hacia procesos políticos articulados por prácticas corruptas y blindados por redes de parentelas y de amigotes de confianza.
La llegada de la jungla es la sensación del fin de la idea de un mundo común y el crecimiento del poder de un individualismo sumamente destructivo, violento, cínico y cleptócrata; en la jungla ya no bastan las instituciones para sostener la cohesión social y las leyes han perdido eficacia porque la gente ya no cree ni confía en ellas. En “Las instituciones invisibles” (2025), el prestigioso politólogo francés Pierre Rosanvallon utiliza la metáfora de la “jungla” para describir el estado actual de las democracias: un espacio donde las reglas formales existen, pero se ven debilitadas por la pérdida de confianza, autoridad y legitimidad, generando un terreno caótico en el que proliferan el populismo y la desconfianza. Cuando llega la jungla la constitución de lo común pierde sentido, el individuo ávido de riqueza cree que puede pisotear a los demás sin culpa ni ley que valga, no tiene culpa de organizar el sistema de los despojos (spoil system) de los bienes comunes. La cuestión de las virtudes y las preocupaciones por el bien común se evaporan frente a la codicia del individualismo posesivo y la legitimidad institucional profunda se desestabiliza porque ya no es capaz de fortalecer el vínculo social: Non aes sed fides.
Cuando el contrato social se rompe, los criminales ocupan un lugar preponderante en el Estado. ¿Acaso no causa indignación que, en los casos de las narcomaderas, las narcomaletas, el contrabando de oro, etc., no haya responsables o los criminales ya estén libres? ¿Acaso el gobierno, la burocracia, la justicia y la policía no han perdido autoridad, legitimidad y confianza ciudadana por su desvío hacia la cleptocracia?. Si la democracia ya no puede producir sentido común, ni sentido de comunidad, y si la democracia es cuestionada por falta de resultados y promesas que no se cumplen, queda solamente la jungla donde una cleptocracia puede hacer lo que quiera, su orgia sin controles ni sanciones entre pocos invitados. La produccion de lo común demanda un nuevo lenguaje, una nueva gubernamentalidad, una nueva ética pública capaz de instaurar la supresión de las asimetrías de poder e información y de las desigualdades económicas extremas, pero también de la superación de las mentiras e hipocresías del bloque en el poder a los fines de la creación de un nuevo capital social y capital humano. En la era de la posverdad donde los cimientos de lo común han sido derruidos y en tiempos de redes sociales donde reina la prolepsis y la autocomunicación de las masas (Castells, 2024) y donde los menos educados hacen del storyselling la fábrica de gobiernos y de gobernantes, no debería extrañarnos las opiniones de que una autocracia sería mejor y más eficaz. En el apocalipsis cognitivo de la era digital, hay que volver al filósofo como portavoz de la razón; el pesimismo y los bancos de ira ya están en las calles y aunque la esperanza de días mejores está lejos, no hay que dejar de luchar contra la cleptocracia y sus embusteros, ya decía Luciano sobre las mentiras y los mentirosos “No les reprocho su mentira; lo que me sorprende es que no temieran ningún descubrimiento”.
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Politólogo y abogado, Docente UMSA.




