“Abrazo de gol”. Así se despedía Roberto Perfumo, el Mariscal del fútbol argentino, cuando le tocaba cerrar el programa que compartía con el periodista y narrador Victor Hugo Morales (“Hablemos de fútbol”, ESPN, 2003-2008). Gran zaguero central de Racing de Avellaneda y de la selección albiceleste, es frecuentemente plagiado por quienes relatan partidos.
El “abrazo de gol” televisivo es de Perfumo y tiene que ser, necesariamente, un abrazo producto del desborde por la algarabía que significa sacudir las mallas del equipo adversario.
Dime cómo abrazas en la cancha y te diré quién eres. Dime a quién abrazas y podrá quedar evidenciada la sensibilidad de la gratitud o la reafirmación del yo e incluso del super yo. Dime quiénes abrazan a quiénes, y advertiremos de inmediato si el apretón se recibe desde la celebración comunitaria o desde el egocentrismo.
He tenido el cuidado, durante las cinco décadas que miro fútbol, de fijarme siempre en cómo se celebran los goles. Mi primer recuerdo es de 1970 cuando Luis Fernando Bastida, el incontrolable puntero derecho de The Strongest llegó de la Tercera de Boca Juniors para formar parte del rearmado del equipo, luego de la tragedia de Viloco.
A Bastida lo apodaban el Zorro por su astucia para desbordar y para ejecutar tiros libres que eran misiles y goles espectaculares. Se abrazaba con sus compañeros luego de anotar, pero primero corría con los brazos abiertos para treparse a la malla olímpica de la recta de general y festejar con la hinchada. Era un ritual de felicidad. El 7 atigrado era el ídolo de la época encargado de arengar con el huarikasaya kalataka en la boca del túnel que sus compañeros respondían con el hurra,hurra antes de saltar al campo de juego.
También recuerdo de los 70 que ni bien convertía, Pelé saltaba y sacudía el brazo derecho con el puño en alto mientras alguno de sus compañeros del Santos y de la verde amarilla lo levantaban y luego se arremolinaban para sumergirle la cabeza entre una docena de brazos. Una década después, Maradona levantaba los brazos con los puños bien cerrados de cara a la tribuna, aunque también lo hacía frecuentemente como Pelé. Y en este siglo XXI, Messi, dependiendo del contexto del gol anotado, levanta los brazos con los dedos índice apuntando al cielo en agradecimiento a Dios, es decir, en agradecimiento a Diego, si los creyentes del juego asumimos por unanimidad que Diego es Dios.
El mismo Messi, primero mira al compañero que le hizo la asistencia para la puntada final como diciendo este gol no es mío, es nuestro, y a continuación se producen los abrazos. Messi abraza y es abrazado, lo suyo es siempre de ida y vuelta. El segundo gol anotado por el capitán de Argentina frente a Austria en la fase de grupos de este mundial 2026, luego de una guapeada que le pudo haber costado una lesión, fue tan épico que cuando la pelota ingresó en el arco, el ahora goleador histórico de todas las copas del mundo –20 anotaciones en seis torneos-- salió disparado hacia la línea de fondo y en su carrera bordeando la línea de cal, le extendió la mano a un periodista de su país (Joaquín Bruno, TyC Sports) que todavía debe seguir temblando por el gesto: Parecía que Lío quería celebrar ese gol con toda la humanidad como para certificar que su influencia emocional ha traspasado las barreras fronterizas de su natal Rosario y de su formación futbolera catalana.
Cristiano Ronaldo, en cambio, se sitúa en las antípodas de las celebraciones grupales. Primero salta de espaldas con los puños hacia abajo para reafirmar su autoría a las graderías. Le pone firma a su festejo con ese su grito de guerra que la gente escucha como “siu”, pero que en realidad es “sim”. Si en portugués.
Cristiano anota un gol y su cabeza le informa que en ese momento es el centro del universo y por eso es un deber que los compañeros vayan a abrazarlo a continuación. De diez goles que él no convierte, se autoexcluye de la celebración en ocho. Suele no formar parte del chiverío que arman los compañeros para congratular al autor del gol que no es él. Las cámaras no lo registran porque prefiere permanece a varios metros del festejo.
Cristiano es el super yo de la historia del fútbol. Es el macho alfa tan seguro de sí mismo que se autodefine como el mejor, “por lo menos yo no he visto jugar a nadie mejor que yo”, dice este que ha superlativizado la gravitación individual en un juego por esencia colectivo, tal como nos lo demuestran los franco africanos de la selección gala con Mbappe que hace una mezcla del yo cruzando los brazos, en plan “lo hice yo” con el reconocimiento a sus compañeros y más todavía, buscando a su entrenador, Didier Deschamps, al que fue a abrazar luego del primer gol que le anotara a Suecia en los dieciseisavos de final.
No conozco otra disciplina deportiva con un repertorio tan extendido y variado de celebraciones en las que, como hasta aquí apuntamos, los abrazos mandan, con el valor agregado de las puestas en escena que nos presentan los africanos que se contonean. Hacen fiesta. Danzan. Han nacido con el ritmo en la cabeza-corazón y se expresan en consecuencia. Por eso Vinicius Junior se menea moviendo las caderas y la pelvis en el banderín del tiro de esquina, y los que no comprenden la génesis afro, asumen su gesto como una vulgaridad, una grosería innecesariamente sexualizada. Sólo los negros y las negras saben por qué celebran así. Es su privilegiado derecho, su fascinante sentir. Los racistas irremediables no se escandalizan cuando miran videos de Elvis Presley que hacía más o menos lo mismo en los escenarios del rock and roll en sus años dorados. Se entiende, Elvis era blanco y de ojos claros.
Desde las graderías, en su momento, la ola mexicana fue la primera gran manifestación celebratoria internacionalizada, una especie de abrazo simbólico de la multitud que se impuso en la copa del mundo de 1986.
Desde las graderías, los cánticos de las hinchadas del Liverpool, Borussia Dortmund y Boca Juniors fusionan música y fútbol hasta extremos que erizan la piel. El You´ll never walk alone de los Reds de la ciudad de los Beatles es la modélica expresión del patrimonio emocional de un club. Traducción del título: “Nunca caminarás sólo”, algo así como la condensación exacta para significar que en el fútbol se trata de todos o ninguno.
Pero si la ola mexicana fue tan entusiastamente practicada, los noruegos llegaron desde el frío norte europeo, para imponer el remo del vikingo que fue puesto en vigencia por un aficionado de nombre Ole Froystad hace apenas seis meses: Los antiguos guerreros nórdicos remaban juntos sus embarcaciones antes de entrar en batalla, práctica que extrapolada a las graderías de los estadios, se convierte en una resonante coreografía en la que a la mímica de remar de perfil a las cámaras se le añade el “Ro!” exclamado a voz en cuello, que significa “rema” y que se va repitiendo y acelerando al ritmo de la percusión.
Es tan motivador y contagiante el “Ro!” noruego, que luego de concluido el partido en que la selección del gigante Haland le ganó a Costa de Marfil para meterse en octavos de final, que el capitán Martin Odegaard subió a la tribuna a recoger un bombo prestado por un compatriota para practicar con todo el equipo el remo que terminó trasladándose del pueblo futbolero apostado en el estadio Dallas a los futbolistas. Si los africanos danzan, los nórdicos reman, a veces muy a contracorriente, para decir quiénes son y qué son capaces de hacer.
La diversidad de los festejos en el fútbol, como en ningún otro deporte, enseña que es bueno tener presente cómo celebras para saber cómo eres, cómo celebran para saber cómo son.
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