Noviembre 07, 2026 -HC-

‘El colonialismo de la Iglesia’ católica detrás de los crímenes en Bolivia del jesuita español Pica


Domingo 14 de Junio de 2026, 4:45pm




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En el vuelo que lo llevó a España hace pocos días, el papa León XIV recibió un regalo inesperado: el libro Padre Pica: Cartografía de un abusador de la Iglesia (Debate, 2025), del periodista español Julio Núñez Montaña (Casar de Cáceres, 1990). El presente se lo dio el también reportero Íñigo Domínguez, corresponsal del periódico El País (España) en Roma y compañero de trabajo de Núñez en el equipo de investigación que, en la última década, ha sacado a la luz horrorosos crímenes de abuso sexual perpetrados por sacerdotes católicos contra menores de edad en distintos sitios de Iberoamérica. Uno de los casos más tristemente célebres es el que recoge el libro que probablemente esté leyendo el pontífice de origen estadounidense que hizo gran parte de su vida religiosa en Perú y estuvo de visita oficial en España la semana pasada. Su protagonista fue el misionero jesuita Alfonso Pedrajas, más conocido como ‘Padre Pica’ (1943-2009), quien confesó en un diario personal haber abusado sexualmente a más de 80 niños y adolescentes bolivianos, aprovechando su condición de profesor del colegio Juan XXIII, en Cochabamba, durante las últimas décadas del siglo pasado y la primera del nuevo.

En esta segunda entrega de una entrevista a Núñez, que sigue a la primera publicada hace unos días, el periodista extremeño devela más detalles de la investigación que lo llevó a descubrir el historial del depredador sexual vestido de sotana, el sistema clerical que encubrió sus crímenes y el colonialismo residual que convirtió a los jesuitas españoles (especialmente, catalanes) en los principales victimarios de los menores que sufrieron vejaciones en Bolivia. Católico de nacimiento, monaguillo en su niñez y actualmente ateo, el autor pondera el valor de las víctimas de Pica (y otros curas pederastas), por su colaboración para la indagación que publicó en El País (“Diario de un pederasta” y otros reportajes) y su apoyo emocional durante su paso por Bolivia. Antes que satanizar a toda la Iglesia o a la Compañía de Jesús, apunta a criminales individuales y una jerarquía que ha tendido a socapar las denuncias y silenciar a las víctimas. Núñez se abre a hablar del impacto que sus coberturas sobre pederastia clerical tuvieron sobre su salud mental y reflexiona sobre el papel fundamental que deberían asumir medios de comunicación y periodistas a fin de evitar que los crímenes de la Iglesia católica mueran en la impunidad y el silencio, como Pedrajas y otros varios depredadores con hábito.

¿En tu investigación hallaste coincidencias y diferencias en la forma en que la Iglesia católica de España y Bolivia trata y encubre los casos de pederastia?

El método es esencialmente igual. En Bolivia, a diferencia de España, los archivos de la Iglesia no están protegidos por la Santa Sede. Aquí (en España), la policía no puede entrar en un archivo de la Compañía de Jesús. Allí (en Bolivia), sí. Entonces, cuando la Fiscalía entra requisan miles de documentos y yo accedo a ellos. Hay cartas de Roma donde describen cómo deben encubrirlo. Es la primera vez que sale eso. Y sale en Bolivia porque la Fiscalía entra a ver los archivos, lo que no ha pasado ni en Estados Unidos ni en Irlanda ni en Francia. Puede haber cartas de traslado, pero una carta de la Curia General, con el sello de “confidencial”, sale en Bolivia por primera vez con la investigación. Pero, el encubrimiento es igual: hay un tipo que abusa, la Iglesia se entera, lo traslada, silencia a la víctima.

¿No hay mayores diferencias?

Sí hay una diferencia y es que en Bolivia la Iglesia recién está empezando a hacer frente a este tipo de casos, reaccionando de alguna manera, pero muy despacio. Si algo está cambiando, aparte de determinados reportajes que publican otros medios, es la labor que están haciendo las víctimas. La actividad que tiene la asociación de víctimas de Bolivia, a pesar de las dificultades, es muy loable.  

Ahora bien, el abuso de determinados clérigos con la población, por lo que yo he visto y analizado, me lleva a pensar que en Bolivia todavía sigue, o seguía hasta hace poco, un colonialismo brutal de la Iglesia. En el diario (de Pica) se ve que si aquí (en España) los sacerdotes eran dioses, allí (Bolivia) eran muchísimo más. Hay otra prueba de eso y es que en Bolivia se tardan siglos, hasta bien avanzados los años 2000, en poner por primera vez un provincial de origen boliviano. O sea, el poder todavía ha seguido en manos de España y con una relación muy íntima con los jesuitas catalanes.

Ese sería el colonialismo extendido del que hablas.

Sí, de hecho, se podría llamar así porque la independencia de la provincia (eclesial) como tal, que ya depende de Roma, en Bolivia no llega hasta 1983. Hasta ese momento era viceprovincia y había viceprovinciales, no provinciales. Al final, exportaban ese modelo, que era español. Por eso, el arzobispo que a raíz de esta investigación salió acusado era español. Muchos de los obispos que en el caso de Chile fueron acusados de abusos, eran españoles también. Si la independencia de Bolivia llegó casi dos siglos antes (1825), la independencia de la Iglesia española ha tardado muchísimo más. Es verdad que la Iglesia ha tenido un papel muy importante a la hora de luchar contra muchísimas cosas, como es la pobreza, pero, claro, ahí se han colado este tipo de individuos.

¿Cómo evalúas las sentencias contra los exprovinciales jesuitas de Bolivia? Más allá del ruido que en su día levantó tu investigación en Bolivia, ¿crees que el tema se está diluyendo o ha habido alguna forma de justicia?

Falta todavía. Es verdad que el hecho de que la justicia investigue estos casos, que podrían estar prescritos así como su encubrimiento, es un triunfo. Eso en España no ha sucedido. Se cierran y ya está (...) Ahora bien, las víctimas todavía no tienen justicia. La Iglesia está obligada, por su propio derecho canónico, a investigar cada caso. En este caso que está probado (de los encubridores de Pica), aún no ha reparado a las víctimas y lo debería haber hecho. Hablo de la Compañía de Jesús. Luego, la Conferencia Episcopal Boliviana se comprometió a hacer una macroinvestigación y abrió un buzón donde llegarían algunos casos, pero no ha publicado el informe. ¿Qué sucede? Que todavía falta mucho camino por recorrer.

La comunidad de sobrevivientes boliviana está creciendo, pero es verdad que, lamentablemente, Bolivia es un país que no da ayudas a determinadas organizaciones de víctimas de abusos en la iglesia, de violencia machista y demás. Entonces, se encuentra en una situación muy difícil para poder continuar, sobre todo porque, al ser víctimas, tienen que hacer frente a su propia represión, acción que todavía se le sigue aplicando a través de la Iglesia.

El pulso se ha mantenido por la prensa. Si El País hubiese dejado el tema tras ese primer reportaje, la Iglesia no hubiese actuado o no seguiría actuando. Creo que Bolivia se merece que los grandes medios apuesten por los periodistas que tienen ganas de investigar sobre el tema y la valentía de publicar los resultados. Se debe seguir investigando para que sea un tema continuo en la agenda pública.

Hablando de los medios, en tu libro cuestionas cómo algunos de Bolivia hicieron un mal tratamiento de la información.

Sí, sobre todo en la televisión.

Más allá de ese mal manejo, ¿qué rol crees que deben cumplir los medios de comunicación frente a estos casos?

Yo creo que es vital. Está claro que la Iglesia funciona a golpe de titular: tú vas publicando información y actúas. Ha sido siempre así y en este tema no va a ser menos. El problema que me encuentro allí, cuando empiezo a ver los canales de televisión, es que empiezan a dar información no falsa, sino errónea. Me asustó muchísimo cuando me empezaron a seguir por si pillaban a una víctima. Fueron a casas de posibles víctimas. Encontré en determinados medios cosas que no me gustaron, pero es normal porque aquí en España a veces también sucede, aunque no con periodistas, sino con articulistas de opinión.

En el libro hablas de la oscuridad que trae tocar este tipo de historias. Pese a que ya llevabas tiempo cubriendo otras similares a las de Bolivia, ¿cómo afectó la experiencia a tu salud mental?

Pues he necesitado terapia hasta hace poco. Se genera un dolor intenso, en mi caso era muy extremo. La gente que se acerca a este tipo de dolores se quiebra. Es como si ahora una persona se pusiera a correr maratones de golpe. Evidentemente, va a necesitar ir a fisioterapia, tomar medicación. La salud mental es muy importante y creo que, en este tema pero también en otros, los periodistas estamos muy expuestos. Los medios no son conscientes y deberían de apostar a dedicar dinero para que tengamos salud mental.

Es verdad que en Bolivia fue muy duro el hecho de tener que enfrentarme a la escritura porque recordaba todo, no solo lo de Bolivia. Era ya lo que tenía detrás. Las víctimas de Bolivia me han ayudado mucho, hablando conmigo. La relación con el país es muy bonita. Hay algo muy profundo con ellas.

¿Y te diste cuenta de ese impacto sobre tu salud mental al hacer el reportaje, mientras estabas de viaje en Bolivia?

Antes. No diría que en Bolivia se me agrava (el dolor). Ya llevaba esa carga. Es verdad que tuve varios golpes porque estaba fuera de España, no estaba en la redacción y las historias eran muy duras también. Soportar ese tipo de historias era más complicado. En España ya hacía lo mismo, pero es verdad que allí (Bolivia) me sentía más solo. Luego, el problema no es lo que suele pensarse: escuchar cómo esa gente sufrió el abuso. El problema no es cuando la gente te cuenta lo que sufrió, cómo fue abusada, sino el dolor, la secuela, el después. Yo me sentía así. Me decía que era muy injusto. Eso es lo que duele. Es lo que me afectaba: esa impunidad.

La lectura del diario de Pica es muy compleja porque es una persona que pide perdón, que se arrepiente y que no encaja plenamente con la idea de monstruo…

Exacto, pero es que a veces esa es la realidad. Y es a lo que nos tenemos que enfrentar. Hubiese sido más fácil, por ejemplo, con el caso de Lucho Roma, un perfil más de depredador, de monstruo. En el caso de Pica era diferente porque veías su preocupación por que los niños tuvieran qué comer y por la pobreza. Evidentemente, era un abusador y un abusador no es buena persona. Aunque tenía rasgos de humanidad, no era buena persona, eso tiene que quedar claro.

En esta historia hay otras cosas que son importantes y van más allá: la valentía del familiar (sobrino) que lo denuncia, que no es una víctima, sino una persona que lo podría haber ocultado. ¿Por qué lo ha hecho? Está también el amante que envía el diario, una persona que siente amor por él (Pedrajas). Ese tipo de cosas complejas a uno lo deja sin saber qué pensar. Pero es que la vida muchas veces nos lleva a eso, a no saber qué pensar.

Algo que llama la atención es tu juventud al momento de encarar este proyecto. ¿Qué edad tenías cuando lo empezaste?

Yo empecé con 28 años. Y con 32 me dan el (premio) Ortega y Gasset de periodismo (junto a Íñigo Domínguez, por la investigación de los casos de pederastia en la Iglesia católica). Evidentemente, más allá del prestigio del premio en sí, lo que reconoce el jurado es una verdad que durante mucho tiempo la gente no quería ver.

¿Cómo ha afectado tu forma de encarar el trabajo la historia de Pica y de la pederastia católica? ¿Has aprendido a protegerte emocionalmente?

No aprendes a tomar distancia porque no puedes permitirte tomar distancia. Cuando hablas con una víctima, tú tienes que saber con quién estás hablando. Tienes que tratarla bien, tienes que tener esa perspectiva humana y no revictimizarla. Pero, luego, a la hora de escribir y trabajar, vas por otro lado. Es decir, le crees a la víctima, pero no importa lo que creas, sino lo que sabes. En ese momento, después de hablar con ella, tienes que comprobar, no atarte a todo lo que ha dicho. Y lo debes hacer también por respeto a ella, porque te has comprometido a investigar su historia. Para eso he tenido mucha suerte en Bolivia desde el minuto cero: las víctimas eran muy conscientes y me animaban a que lo corroborara, aportaban documentación y demás. Esa perspectiva siempre me acompaña a la hora de hablar ahora con la gente. También es verdad que una investigación así te obliga a ser muy meticuloso, muy detallista y eso, en futuros trabajos, te lleva a seguir siéndolo.

¿Cuál era tu vínculo con la Iglesia antes de dedicarte a estas investigaciones?

Era muy grande. Yo soy ateo, pero mi vínculo era muy grande porque mi familia es católica, no católica conservadora, pero sí creyente. Tenía dos tíos abuelos que eran curas. De pequeño fui monaguillo, me sé el Evangelio perfectamente…

¿Y en qué momento te vuelves ateo?

Cuando entro a la adultez y empiezo a dar clases de filosofía. Me parece esencial ese tipo de conocimiento, me gusta, me interesa.  

¿En esa época no tenías conocimiento directo de historias de abuso como las que luego destapaste?

No. Y no tengo una posición anticlerical. Esa era mi relación y cuando comienzo a cubrir (temas de) religión para El País, veo la otra cara de la Iglesia. Pensaba que me iban a tratar bien, pero estaba muy equivocado. Sigo teniendo amigos. En este camino también he conocido a grandes personas, grandes héroes dentro de la Iglesia. Para contar el caso de Lucho Roma fue gente de dentro de la Iglesia, de la Compañía de Jesús, la que me ayudó. A día de hoy, también hay gente dentro de la Iglesia en Roma que nos ayuda. Cuando dicen que hay curas buenos que luchan, que están al lado de los pobres, muchas veces se trata de los curas que nos escriben a nosotros para contarnos lo que pasa, porque ellos luchan también para que esto salga, acompañan a víctimas, no pueden hacer nada más. La Iglesia, en muchas ocasiones, les hace la vida imposible, les machaca.

¿La escritura de tu libro fue algo planeado o circunstancial?

Fue circunstancial porque me llamaron por teléfono de la editorial y me dijeron: "Nos han dicho que tienes esta historia y llevamos tiempo queriendo sacar un tema de abusos en un libro”. Tuve una primera reunión con la editorial. Les dije que no, que no estaba seguro, pero luego me lo pensé y es verdad que, aunque no tenía esa idea, la historia del libro es redonda para contar en un libro. Es una historia de los abusos, una historia que representa todo el problema de los abusos en el mundo: los traslados de un país a otro, de España a Bolivia, el encubrimiento, el abuso en colegios. Y te permite verlo desde dentro, desde el diario. La historia que se cuenta es muy de película: me llegó un diario, había un amante que lo mandó, un sobrino que lo descubrió.