Es cada vez más difícil que el conflicto político y social que golpea a Bolivia desde hace más de un mes y medio vaya a terminar en la mesa de negociaciones. Como también es cada vez más improbable que el presidente del Estado vaya a renunciar; de hecho, Rodrigo Paz aseguró que gobernará hasta el 2030. Tras 45 días de bloqueo, es evidente el debilitamiento del bloqueo en algunas regiones del país, el comercio ha mejorado, pero también es cierto que algunos dirigentes han optado por la radicalización de sus medidas, como era previsible.
Sin embargo, lo anterior no es una señal de alivio. Por el contrario, es apenas la punta de un panorama boliviano desolador, donde se hizo política a costa de 12 millones de bolivianos, donde los dirigentes y autoridades hicieron gala de una total ausencia de empatía con el país. Es, en realidad, el punto muerto de un conflicto profundo sin solución a la vista, y en el que la falta de empatía y la política destructiva se ha extendido sin bondad.
Desde hace un par de semanas, y en particular desde la anterior, el protagonismo de Evo Morales y sus fanáticos se ha puesto en evidencia. Tras muchos días de sostener un perfil bajo y contradictorio en el conflicto, mientras sus seguidores manipulaban tras bambalinas, el líder cocalero decidió llamar a reforzar el bloqueo. El expresidente, con el aliento de su entorno, está en campaña de retorno al poder y no va a mezquinar esfuerzos para debilitar al gobierno. Y si aun tenemos duda de aquello, recordemos lo que hizo en la gestión de Luis Arce.
Evo Morales y algunos dirigentes, como los de la Confederación de Campesinos y de la Central Obrera Boliviana, han roto su relación con la ciudadanía, aquella que vive en el campo, en las ciudades intermedias y las grandes urbes. Ellos están en una movilización para que Bolivia salte al vacío, con la pretensión infundada de que saldrán airosos en un nuevo periodo político. Su escasa visión les permite distinguir las consecuencias de sus actos: civiles muertos, población desabastecida, empresas y microempresas en quiebra y un desconcierto general. Y su falta de sensibilidad es tan crítica que no han percibido la fractura con sus raíces.
La ruptura es tan gigantesca que no tiene antecedentes la demanda de la población para que Paz Pereira dicte el estado de excepción. Otra cosa es que el gobierno no tenga la fortaleza ni arraigo en las FFAA y la Policía para aplicarlo. Los daños provocados a la población bloqueada, en especial a los más pobres, ha generado una ruptura con Morales y sus fanáticos.
No habrá diálogo ni estado de excepción. Pero, ¿habrá una autocrítica en el gobierno para interpretar lo que ha ocurrido en este periodo? O, por el contrario, ¿continuará convencido de que sus acciones han sido correctas? Hasta ahora, los bolivianos no hemos escuchados palabras del Presidente ni de sus principales autoridades para conectarse con la población que los ha elegido ni para alentar un nuevo tiempo, con una verdadera actitud para el reencuentro entre los bolivianos.
En ese escenario, se encuentran los campesinos movilizados, aquellos que no responden a Evo Morales y que rechazan el aislamiento del poder político y que se han movilizado contra los errores del gobierno. Ellos reclaman espacio para ser escuchados y para ser protagonistas y entre ellos hay actores dispuestos al diálogo, pero otros responden a la consigna destructiva y sin salida. Y tienen la razón. Bolivia no puede ser dirigida más con una visión excluyente,
Con todo esto, las preguntas son ¿quién es la mente gris que los llevó a concebir que el país había elegido la solución por el desastre? ¿en qué momento esos personajes concluyeron que el bloqueo asfixiante era la solución, cuando previamente no hubo movilización ni demandas de diálogo para un conflicto que estalló de súbito? Esa desconexión llevó a restarle crédito total a la medida de protesta llamada bloqueo, porque perdió norte, porque solo ha provocado daños, incluso a los mismos campesinos y hoy es sostenida por un grupo reducido.
Los daños del actual conflicto a la economía son gigantescos, pero las heridas al ser boliviano son mucho más estructurales. El racismo, la discriminación y el regionalismo se han acentuado. A ello hay que sumar la falta de empatía en particular de quienes tienen la tarea de sostener el liderazgo. Este conflicto sin solución nos vuelve a plantear la necesidad de reiniciar el esfuerzo para una reconciliación nacional. Y es una tarea de muchos años.



