Junio 01, 2026 -HC-

País de fallutos


Lunes 1 de Junio de 2026, 8:30am




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He perdido la cuenta de las veces en que los maestros de oficios menores me fallaron, pero que en realidad son los imprescindibles para que las cosas y las personas funcionen. Algunos de ellos me demostraron con creces sus indiscutibles habilidades para la reparación de averías eléctricas, tuberías ensarradas por el transcurso de las décadas, ajustes de tornillos y barnices impecables de maderas, sastres que han hecho de cuantos jeans han caído en sus manos, prendas de vida alargada gracias a parches perfectos y costuras que les cerraron el paso a las hilachas para que los pantalones superaran la vida útil programada por el sistema de consumo: Se gasta, se rompe y a comprar uno nuevo. Conservo pantalones de mezclilla, parchados por todas partes, que superan las dos décadas de uso, gracias a este sastre que no para de trabajar, desde dar vuelta cuellos de camisa hasta coser botones que volaron por algún descuido.

Del canaletero, ningún reproche. Gracias a su extraordinaria capacidad y precisión, arregló un alero de mi techo para que nunca más en tiempos de aguacero se me inundará la casa. Tengo pendiente sentarme un día con el para que me cuente dónde, cómo y en cuánto tiempo aprendió ese tipo de arreglos contra tempestades, granizos y nevadas. Creo no equivocarme si digo que es el único de todos estos genios que facilitan la vida cotidiana, que nunca me plantó, que llegó puntual cuando dijo que estaría, que arregló lo que tenía que arreglar cuando dijo que lo haría para evitarme un nuevo dolor de cabeza por una lluvia que se filtra por los resquicios menos pensados e inunda de desesperación e impotencia.

El sastre me falló muy pocas veces y el experto en canaletas nunca, pero los demás, todos los demás, que no son pocos, me fallutearon siempre, y de todos ellos, algunos incluso se robaron unos peniques con el consabido “adelantame para el material” para desaparecer hasta el día de hoy.

Casi todos, desde los talentosos hasta los mediocres que venden verdura podrida, son, somos fallutos en este país de históricas promesas incumplidas, y esto cuando se verifica en los escenarios de las grandes decisiones ya resulta cosa seria como ese ofrecimiento de campaña electoral que inauguraba el uso del marketing político boliviano en 1989: Los estudios de opinión encomendados por Goni Sánchez de Lozada informaban que la más alta expectativa de la gente estaba centrada en el deseo de contar con una actividad laboral estable. Consecuencia: Goni ofreció 250 mil empleos a los incautos bolivianos que le creyeron, le creímos, votaron, votamos por el (para evitar el triunfo de Banzer) y eso le permitió llegar al primer lugar del podio, aunque todavía no a la presidencia. Cuatro años más tarde el mismo personaje alcanzaba la silla del Palacio Quemado, pero por supuesto que ya se había olvidado de su apantalladora promesa.

Los 250 mil puestos de trabajo ofrecidos quedarán en el recuerdo de los ingenuos que votaron, votamos por el candidato de la casilla rosada y que años después tuvo que salir rajando en helicóptero por esa autosuficiencia muy característica de los poderosos convencidos de su infalibilidad.

También nos falluteo Evo. No fue luego del referéndum de 2016, cuando en principio, resignado, aceptó su derrota en el referéndum del 21 de febrero y empezó a buscar relevo. Sucedió 20 meses después, en noviembre de 2017. Junto con su entorno palaciego decidió inventar el “ser candidato como derecho humano”, una grosería mayúscula validada por un arbitrario e incongruente Tribunal Constitucional. De esta manera, Goni y Evo resultaron en este sentido, igual de fallutos. El primero hizo una promesa de campaña incumplida y más tarde llegarían otras con el “Plan de todos”. El segundo metió a Bolivia en el túnel de la crisis institucional desde hace casi una década, y las consecuencias nos siguen sacudiendo como replicas de un terremoto que nos trajo hasta 2025 en que el oriundo de Isallavi le facilitó los caminos a Rodrigo Paz para ganar las dos instancias electorales que le permitieron llegar a la presidencia.

De esta manera Evo, por anular sus ex hermanos y compañeros, Andrónico y Del Castillo, endiablado de ira por haber quedado inhabilitado como candidato, instruyó en primera vuelta el voto nulo que siempre favorece al primero de la tabla, y en la segunda, ordenó voto comunitario por Paz-Lara para cerrarle el paso a Tuto al que considera el más distinguido agente del imperialismo norteamericano. A siete meses de instalado el nuevo gobierno, para Evo y la gran mayoría de la Bolivia popular, Paz es ahora el nuevo lacayo del norte.

Así de falluta es Bolivia. Evo con la disminuida, pero cualitatitva influencia sobre una porción del electorado, ayudó a Paz Pereira a ser Presidente, y este que se benefició del voto, con el valor agregado obtenido por el Capitán Lara, ni bien alcanzó el triunfo, tomó como decisión inaugural de su mandato, eliminar el impuesto a las grandes fortunas, beneficiando a ese puñado de millonarios fuga capitales que tiene Bolivia.

Con estos antecedentes, quedará claro que si hay algo que aquí no falla, es el falluterío, puntualmente practicado por el electricista, el plomero, el sastre y el Presidente del Estado, en mi caso con esa excepción que confirma la regla: La del canaletero que con su trabajo un día supo rehacer los aleros y ajustar los bajantes para cerrarle el paso a nuevas probables inundaciones en mi casa. Felizmente, siempre habrá uno que no nos falle. En la política todavía no lo hemos encontrado.

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