La Paz, 24 de mayo (Texto de Ramiro Aranda, comunario de Zongo).- En Bolivia, muchas veces el debate sobre identidad se ha reducido a etiquetas: indígena, originario, campesino, mestizo, criollo o blanco. Sin embargo, la realidad social y cultural del país es mucho más compleja que una simple clasificación política o racial.
Ni tú ni yo necesariamente somos “indígena originario campesino” en el sentido estricto del término. Muchos somos descendientes de colonos, mestizos o familias con apellidos españoles. Nuestros propios apellidos reflejan procesos históricos de mestizaje, migración y transformación social. Pero eso no nos quita ciudadanía, derechos ni pertenencia a Bolivia.
También existen muchas personas con apellidos españoles que se identifican plenamente como indígenas y mantienen vínculos culturales, comunitarios y territoriales profundos. La identidad no puede reducirse únicamente al apellido, al color de piel o a una definición política impuesta desde arriba.
En Bolivia no debería existir ciudadanos de primera, segunda o tercera categoría. Todos somos bolivianos: cambas, collas, chapacos, mojeños, potosinos, mestizos, indígenas, criollos y afrobolivianos. Tanto en la República como en el actual Estado Plurinacional, la Constitución reconoce igualdad de derechos para todos.
El racismo y la discriminación existen en múltiples direcciones. Puede ir del blanco hacia el moreno, pero también del moreno hacia el blanco; del rico hacia el pobre y del pobre hacia el rico. Incluso dentro de los propios sectores indígenas y populares existen jerarquías sociales, económicas y culturales.
Un ejemplo visible está en ciertas expresiones sociales y culturales urbanas, como las fiestas del Gran Poder, donde algunos sectores económicamente ascendidos buscan prestigio, estatus y reconocimiento social. Allí también aparecen contradicciones sobre identidad, apariencia física y aspiraciones sociales. Muchas veces el ascenso económico viene acompañado de una búsqueda de aceptación en espacios históricamente elitistas.
Por eso, el discurso del indigenismo no puede manejarse de manera superficial o solamente política. No basta con proclamarse “indígena originario campesino” si en la práctica no existe una conexión real con el idioma, la comunidad, el territorio o las formas de vida ancestrales.
En mi caso, por ejemplo, soy comunario afiliado a una organización social sindical. Vivo en Zongo, produzco y trabajo en actividades agropecuarias, participo de usos y costumbres y convivo dentro de normas comunitarias. Eso me otorga pertenencia social y derechos colectivos. Pero también reconozco honestamente mis limitaciones culturales: apenas puedo hablar aymara, y hacerlo muchas veces me genera inseguridad porque no crecí plenamente dentro de ese idioma.
¿Eso me hace menos boliviano? De ninguna manera.
Ser boliviano no depende del color de piel, del apellido ni del dominio perfecto de una lengua originaria. La bolivianidad también se construye desde la convivencia, el trabajo, la historia compartida y el respeto mutuo entre diferentes.
Bolivia es, en esencia, una nación profundamente mestiza, diversa y contradictoria. Pretender encerrar a todos en categorías rígidas solo profundiza divisiones. El desafío verdadero no es demostrar quién es “más indígena” o “más blanco”, sino construir un país donde nadie tenga que justificar su identidad para ejercer plenamente sus derechos.
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