Hay formas de conocer nuestra historia. Está la radical, por medio de la presencia en las calles. Está la ideológica, a través de la militancia. Y esta la académica, centrada en la investigación y el estudio de hechos puntuales del acontecer nacional. Cada una presenta ventajas y desventajas. Ninguna da una versión de Bolivia por completo. Y está bien que así sea. Porque cuando eso sucede nace una nueva forma de comprensión de la realidad.
Una forma que transversaliza todas ellas, desde la escritura convertida en ficción y en cierto modo, distorsiona la realidad. La realidad se alcanza a entender de manera global cuando se la representa uniéndola con la ficción, porque sólo de ese modo logra darnos un entendimiento completo y complejo de una serie de acontecimientos que las demás formas de entendimiento sólo alcanzan de manera fragmentaria. Y es por ello que, El comunista del flequillo metálico (Editorial Subtterránea, 2026), es una manifestación creativa, lucida y virtuosa de esta última manera a través de la cual la sociedad puede conocerse a sí misma.
Cuestión que no es fácil de resolver en un país donde todos tienen una interpretación sobre los acontecimientos sucedidos en Bolivia desde finales de la década de los noventa. Pero si esto es así, este libro ha llegado para plantear un debate en distintos niveles sociales y políticos, porque lo que está escrito, manifiesta un país que todavía no se conoce por completo.
Con una prosa que enlaza ficción con realidad alcanza un nuevo límite en la comprensión de la realidad, porque nos sumerge en la identidad, los pensamientos, ilusiones, miedos y deseos de los personajes que están en el libro y de forma diagonal, habitaron la Bolivia de los últimos cincuenta años. Aunque el énfasis del libro está en los sucesos de los treinta años recientes. Hacer este corte en nuestra historia no es una licencia poética.
Es el énfasis que el autor -Julio Peñaloza Bretel- demarca para hacer un subrayado en ese lapso temporal porque en él se cifran como resumen, todas las pulsiones de una Bolivia, atravesada por el cambio y la política.
El autor nos toma de la mano para llevarnos por pasajes de la historia nacional que de otro modo no podríamos conocer de primera mano. En ese sentido tiene algo de etnografía y algo de crónica, pero nunca deja de ser entretenido, ameno y cordialmente sugerente, tanto a un nivel teórico como político.
Sus personajes se parecen peligrosamente a intelectuales, políticos y periodistas que hemos visto en la televisión, leído en la prensa y escuchado cuando hablaban desde los balcones de Palacio de gobierno. Pero no son ellos. Son seres de ficción con sus propias dimensiones emocionales porque cuentan la historia de una Bolivia alterna. Una Bolivia que informa a través de sus crisis a esta otra Bolivia donde habitamos.
El comunista del flequillo metálico es el esfuerzo más sagaz por entender desde la ficción una Bolivia que estuvo en tensión, entre lo nuevo por nacer y lo viejo que no terminó de morir. Es un libro que se puede leer como la memoria de una generación que estuco cargada de ideales y pragmatismo por dosis iguales. Una generación que todavía hoy pugna por hacerse del relato oficial de la historia y la memoria que se teje entre todas las identidades. Porque este es el libro donde esas identidades también convergen sin miedo. La conciencia de clase y las revanchas étnicas aparecen para dotar de sentido la acción y el pensamiento de sus personajes.
Los personajes entonces se pueden confundir con lo real, porque terminado el libro parece que emergieran de él y empezaran a poblar las calles de nuestras ciudades. Pero no termina la historia.
Y es que para el autor la historia también es una cuestión que convive entre lo oral y lo escrito. Este libro recupera la oralidad de las dos primeras décadas del siglo XXI y hace de la escritura una herramienta para fijar hechos que de otro modo se olvidarían. Escribe, entonces, para ayudarnos a entender por qué estamos aquí como país y cuáles fueron las dudas, tropiezos y virtudes que existieron en el proceso de cambio.
Por ello es posible leer este libro de muchas maneras y esto es un logro en tiempos donde el discurso, la literatura y el análisis apuestan por la simplificación. La complejidad es abrazada por este libro, poque sabe que sólo así se podrá entender la complejidad de un país y de un momento en su historia; historia que, por otra parte, no termina, pero encuentra su álgido punto en los eventos que El comunista del flequillo metálico narra con pasión y minuciosidad, haciéndonos parte del lado B de la historia con tanta intensidad que este libro se convierte en documento de cultura y de historia a partes iguales, transformando nuestra percepción de lo que sabíamos del pasado, enriqueciéndolo y con ello, profundizando en lo que Bolivia es.
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