Es común el criterio de que los partidos políticos son esenciales para la democracia moderna. Sin embargo, es también habitual el convencimiento de que la opinión popular suele serles contraria. Esto último sucede porque se entienden como formas de perpetuar el poder de grupos minoritarios —de clase o de etnia— que alejan a las mayorías del poder efectivo en lugar de acercarlas.
No obstante, en Bolivia y varios otros países del denominado Tercer Mundo, la relativización de los partidos políticos como garantes de la democracia es un discurso y una práctica privilegiada de quienes siempre detentaron el poder; presentan la desarticulación de las organizaciones políticas como una concesión a la demanda popular. Pese a ello, los sectores populares parecen tener nostalgia de estructuras que ordenen y regularicen el ejercicio del poder político.
A esta confusión contribuye la reinterpretación contemporánea, abreviada y banalizada, de la cosmovisión andina que se ha llegado a conocer como pachamamismo. Es cierto que los pueblos originarios poseen concepciones propias; empero, estas están íntimamente vinculadas a formas y estructuras sociales específicas. Cuando estas se alteran, aquellas se modifican necesariamente. De ahí que, a veces, lo que se considera "pensamiento indígena" sea solo la forma colonial en que el dominador observa y concibe al oprimido.
Cualquier cosmovisión es dinámica. Al ser la manera en que se encara el entorno, varía de acuerdo con los contextos. En ese transcurso se mantiene la esencia, pero se adquieren y pierden elementos. En condiciones de contacto entre culturas diferentes, se dan procesos de acomodo y adopción de elementos ajenos. Es lo que la antropología define como aculturación: ocurre cuando dos culturas distintas entran en contacto directo y continuo. Si ese contacto es compulsivo, los cambios culturales suelen favorecer al interés del colonizador, volviéndose el sistema refractario a todo cambio que pueda propiciar la independencia del colonizado.
De ahí que, curiosamente, la colonización implique "respetar" la cultura del subyugado solo en la medida en que ello sea funcional para su dominio. La modificación de la cultura del colonizado puede ser un elemento de resistencia e incluso de liberación, siempre que involucre el entendimiento y dominio de los aspectos que otorgan fuerza al colonizador.
Mantener "estacionada" una cultura argumentando su especificidad suele ser un recurso del colonizador, nunca del colonizado. En el siglo XVI, en Valladolid, se dio un debate fundamental sobre la naturaleza de la conquista española de América. Se enfrentaron Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Mientras Sepúlveda defendió la reducción de los indígenas por su supuesta índole diferente a la humana, Las Casas defendió su racionalidad y nuestra humanidad compartida.
Los partidos políticos en su forma moderna surgieron en Europa y Estados Unidos en el siglo XIX como grupos organizados en busca del poder. Rápidamente se diferenciaron entre partidos de notables y partidos de masas. Ambas formas compartían aspectos comunes: ideologías diferenciadas y estructuras organizativas rígidas, precisas y funcionales.
Hace no mucho, en Occidente se asumió la crítica posmoderna: lo que antes fue motor de poder se convirtió en objeto de repudio. En el campo político se idealizó la falta de organización y la espontaneidad. Esta ideología, presentada como "decolonialidad", se impuso en los medios subalternizados mediante mecanismos propiamente coloniales. Las agencias de cooperación internacional, las ONG y la academia occidental sirvieron para implantar esas políticas en el Tercer Mundo.
Esa arbitrariedad fue asumida por la izquierda, aunque en sus inicios fue propiciada por la derecha local. En Bolivia, el pachamamismo —con sus afanes de autonomías, reivindicación de símbolos indígenas y desorganización de los aparatos políticos— fue iniciado por los gobiernos neoliberales de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997 y 2002-2003). En el tema específico del desmantelamiento conceptual y legal de los partidos, el "honor" le correspondió al gobierno de Carlos Mesa Gisbert con la promulgación de la Ley de Agrupaciones Ciudadanas N.º 2771 del 7 de julio de 2004. Los resultados están a la vista: el desorden y la barahúnda de las últimas elecciones subnacionales, cuyas consecuencias aún nos tocará sufrir.
Señalábamos que estas arbitrariedades se cometen como tributo a formas imaginadas de organización indígena. Sin embargo, estos sectores "parecen tener nostalgia de formas que ordenen y regularicen el poder político". Los pueblos indígenas mayoritarios en el país, y los sectores sociales que de ellos se originan, poseen una memoria histórica que no se agota en la asamblea comunitaria; también incluye la estructura rígida y estatal del Tawantinsuyu. Proyectar ambos elementos en las formas políticas contemporáneas, en conjunción con los otros sectores poblacionales del país, podría contribuir a estabilizar un proyecto nacional conjunto y eficiente.
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